'Snowpiercer' y la futilidad de la violencia: Todos moriremos congelados

Snowpiercer es una película sudcoreana basada en la novela gráfica francesa Le Transperceneige, de la que tan sólo toma la idea inicial, presentando un futuro cercano (año 2031) en el que el plan para detener el calentamiento global lleva la Tierra a una nueva edad de hielo. En la película dirigida por Bong Joon-ho (director también de la más reciente Okja), sólo sobreviven al apocalipsis los pasajeros del Snowpiercer: un tren que se auto-impulsa cíclicamente siguiendo un camino cerrado que tarda exactamente un año en recorrer. Cinco años después del estreno de la película, el universo se expandirá en una serie protagonizada, entre otros, por Jennifer Connelly, Daveed Diggs y Alison Wright.

Además de los anuncios de casting que van llegado con cuentagotas, Snowpiercer es noticia por la decisión del director del piloto, Scott Derrickson (Doctor Strange), de contratar únicamente a mujeres para los roles clave de la producción. La decisión, hecha pública en un tweet en conversación con la actriz Heather Matarazzo, supone para el director un primer paso para generar espacios de alianza para las mujeres profesionales que, como se está demostrando con la oleada de denuncias públicas, lo tienen difícil para sentirse seguras en Hollywood. Al contrario que en otros casos, el gesto queda retratado en un tweet sin apenas repercusión, y parece que no se quedará en una anécdota a utilizar como campaña de promoción.

Llegados a este punto creo adecuado confesar que todo esto es una excusa para hablaros de Snowpiercer, la película, y de por qué deberíais entrar al culto antes de que llegue la serie. ¿Es Snowpiercer la película más maravillosamente bizarra de los últimos años? ¿Debería Bong Joon-ho dar explicaciones? ¿Habéis podido, los que la hayáis visto, olvidar la escena del pescado a cámara lenta? ¿O la cancioncita de la profesora asesina? Yo no. ¿Qué pasa si se para el motor del tren? Todos moriremos congelados.

Aviso: Spoilers de la trama de la película, así que corred a verla y volvéis.

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Quien controla la máquina controla el mundo

En Snowpiercer, la película, el tren (utilizado tradicionalmente en narrativa como símbolo de escape), se convierte en un universo cerrado y claustrofóbico donde la diferencia de clases es evidente: aquellos que pagaron por viajar en primera clase viven privilegiadamente en el lujo, mientras que los pasajeros del final del tren son retenidos en condiciones precarias en una cárcel de hierro. El elemento ecológico, clave en muchas de las películas apocalípticas del cine mainstream, queda aquí en segundo plano al centrar la acción en la violenta revuelta de clases que lidera Curtis (Chris Evans), un hombre que después de 17 años viviendo en el tren (la mitad de su vida), cree conocer la manera de hacer caer el régimen de Wilford (Ed Harris), el genio emprendedor que diseñó y controla la máquina.

Wilford plantea una sociedad totalitaria en equilibrio precario, que considera tanto el alimento como la privacidad lujos sólo alcanzables para un sector de su población. En un marco así, la violencia se convierte en una necesidad como herramienta de control, y la película lo muestra tanto a nivel narrativo como estético. Bong pone en escena una violencia física salvaje y primitiva que actúa a dos niveles. En primer lugar, refuerza la ambientación claustrofóbica e incluso carcelaria del tren y la desesperación por el cambio de los protagonistas. Por otro lado, gracias al enfoque paródico que Bong consigue transmitir, la violencia se convierte en un reflejo de la futilidad de la lucha de Curtis y su frustración, ya que pese a avanzar vagón tras vagón y sin él saberlo, sigue un recorrido tan cíclico como el del propio tren.

Un pèl violenta sí que és.

Un poco violenta sí que es.

Mujeres y hombres violentos

Snowpiercer cuenta con variedad de personajes femeninos interesantes, pese a que siempre se mantienen en un segundo plano respecto a los líderes masculinos. Por ejemplo, Tanya (Octavia Spencer) es parte del equipo que lidera la revuelta y, pese a que su motivación es bastante tópica (recuperar a su hijo), se trata de un tipo de personaje que raramente protagoniza narrativas de ciencia ficción. Por otro lado, Mason (Tilda Swinton), es la mano derecha de Wilford y la encargada de ejecutar su autoridad en el tren. El personaje, sin duda memorable, es según Swinton una mezcla de Thatcher, Gaddafi, Hitler y Berlusconi. Casi nada.

En una visión del todo soreliana, la violencia es el principal arma tanto del Estado (representado aquí por Wilford), como de la revolución, y las mujeres están presentes en ambos bandos. En una escena que transcurre en el vagón-aula infantil, muestra perfecta de la complejidad del sistema, Curtis y sus compañeros asisten perplejos a un muestrario de los niveles de violencia estructural y cultural impuestos, ya no sobre ellos mismos, sino sobre los pasajeros más privilegiados que viven también, aunque en diferente forma, bajo el control de Wilford. En un sistema basado en el orden y el balance, cada persona ocupa una posición determinada, y el sistema fuerza su regulación a través de una manipulación política que sustituye la selección natural, para la que según el propio Wilford, no hay tiempo. Así, los pasajeros privilegiados son instruidos para odiar y temer a la sección trasera con el objetivo de mantener la tensión entre clases, necesaria como método político.

Esta violencia estructural toma representación física en la figura de la profesora del colegio (Alison Pill): una chica joven, de apariencia dulce y con un embarazo avanzado que acompaña al piano a los niños cantando juntos himnos de idolatría al líder, Wilford, y su creación, el motor  el tren. La escena, que resulta del todo surreal, se convierte en terrorífica cuando la propia profesora se arma con un fusil para disparar contra los rebeldes, hasta que es derribada por ellos con un tiro en la frente. Aquí, el contraste entre lo sanguinario de la violencia y la apariencia inocente y absolutamente femenina de la joven (la representación mítica de la madre) crea una sensación de horror en el espectador que convierte la escena en una de las más impactantes de la película, a la vez que transmite perfectamente la intención de Bong de señalar, a través del exceso paródico tanto estético como narrativo, lo fútil y ridículo de la violencia.

Los rebeldes avanzan vagón tras vagón descubriendo el mundo de privilegio que se les tenía prohibido y la realidad injusta de su existencia en el tren. La sensación de injusticia se convierte, como diría Hannah Arendt, en fuente de rabia y más violencia, y tras un encuentro extremadamente sanguinario (e hilarante) con las fuerzas del orden, Curtis llega colérico a las puertas de la cabina de comando de Wilford. El protagonista se confiesa entonces ante Minsu (Song Kang-ho) , un prisionero político liberado por los rebeldes, desvelándole al espectador la absoluta crueldad del régimen que, durante el primer año en el tren, ignoró por completo la existencia de los pasajeros de última clase. Cuando creíamos que nada podía ir a peor, en una escena que alude al catálogo de horrores más absoluto, Curtis narra cómo la desesperación por la supervivencia les llevó a recurrir a los asesinatos, la auto-amputación y el canibalismo. Babies taste best.

Curtis i Wilford, al motor del tren.

Curtis y Wilford, en el motor del tren.

El liderazgo, al final, es masculino

Finalmente, Curtis consigue entrar a la cabina de comando de Wilford, donde descubre la realidad pesimista de toda revuelta: en última instancia, ha sido manipulada por los intereses del poder. Si bien los pasajeros de la sección delantera son instruidos para temer a los vagones traseros, no se podría mantener la tensión social sin insuflar esperanza de cambio en los oprimidos por el sistema. Al final de la película, Curtis descubre que la revolución que ha liderado, así como las 3 últimas revueltas producidas desde la sección trasera del tren, no son más que estrategias del poder para mantener el balance social. Wilford hace apología del determinismo social y de clase al revelar que esperaba aprovechar el levantamiento para justificar la eliminación del exceso de población en el tren. “Precisamente un 74% de vosotros debe morir”, anuncia el líder con frivolidad, aludiendo al balance necesario que debe mantener entre la ansiedad y el miedo, el caos y el horror, todas ellas herramientas necesarias de control bajo el totalitarismo.

El final de la película, polémico, presenta tres puntos de vista en relación a la revolución, encarnados en los tres personajes (masculinos) que tienen poder de decisión sobre ella, ya que como mencionaba más arriba, los femeninos quedan en segundo plano. El primero es Wilford, representante del status quo y el miedo al cambio del privilegiado. Él mismo revela que su intención desde el principio era atraer a Curtis para que ocupara su puesto como líder. Es Curtis entonces, el segundo personaje, quién representa el relevo mitológico pero no revolucionario del poder. Pese a ser el líder de la revuelta, Curtis descubre de forma traumática la imposibilidad de cambio en el sistema. Por último se encuentra Minsu, un rebelde esperanzado que considera como revolución real un salto a la incertidumbre de lo desconocido: quiere hacer volar la puerta del tren, creyendo posible la vida en el helado mundo exterior.

Els únics supervivents.

Los únicos supervivientes.

Reventar el sistema

“Controlamos la máquina, controlamos el mundo”, predecía Curtis al principio de la película, sin ser consciente de que él y el resto de pasajeros no eran más que piezas del sistema (de nuevo, niños son usados como piezas literales de la máquina). Así, la única opción realmente revolucionaria es romper el sistema, salir de él. Tras la explosión del Snowpiercer, Bong presenta un final ambiguo: la hija de Minsu y el hijo de Tanya sobreviven al impacto y la avalancha que la explosión genera. Al salir al mundo exterior, descubren que hay vida más allá del tren cuando divisan, en la lejanía, un oso polar. Si bien parecería en primera instancia un desenlace optimista, resulta poco verosímil pensar en la posibilidad de regeneración de la especie humana en dichas condiciones. Con ello, la película cierra un ciclo más, apelando a una visión posthumanista donde no sólo se condena a los humanos como destructores de la Tierra, sino que también se ridiculiza la visión antropocéntrica del mundo que desvincula la especie humana del resto de habitantes del planeta. Snowpiercer reflexiona sobre la verdad de la naturaleza y la violencia humanas, hasta qué punto la supervivencia justifica un acto y, en última instancia, sobre la falibilidad de la especie humana que nos lleva a repetir sin cesar los errores del pasado: si tuviéramos la oportunidad de resetear el sistema sin un cambio ético radical, como hizo Wilford, probablemente lo reconstruiríamos con sus mismas injusticias.

Imágenes: CJ Entertainment


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Irina Cruz

Irina Cruz

Comunicadora audiovisual, doctoranda en cine contemporáneo con visión de género.

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