Nostàlgia| La canción del verano

Llega mayo. Pese al cambio climático, en el Mediterráneo hace solecico.

Los chiringuitos van plantando los carteles descoloridos de Frigo. Los cuñados con los sombreros de paja de Salou van plantando las barbacoas. Señoras de toda España bailan en la fiesta mayor del pueblo el Bimbó, que está causando sensación. David Civera llora en una esquina.

¿Por qué llora David Civera? Porque la canción del verano ha muerto. Probablemente por culpa de Enrique Iglesias… o los millenials, porque si a alguien hay que culpar, siempre es la opción que queda a mano. Si no fuera por los internets y los spotifais, si la única fuente musical de la península fuera Radio Teletaxi, esto no habría pasado. Esto es un réquiem por la canción del verano.

Los años sesenta: época de dramas

Ni historiadores, ni científicos, ni eurofans, nadie sabe con exactitud dónde y cuándo empieza el fenómeno de la canción del verano. Está claro que fue hacia la década de los sesenta, cuando el Dúo Dinámico empezó a petarlo fuerte imitando la música que llegaba de Estados Unidos. Quizás podríamos marcar, como primer hit veraniego de la historia de España, su tan mítica como problemática Quince años tiene mi amor (extra: señores cantando sobre colegialas), incluida en la banda sonora del remake (franquista) de Botón de ancla que protagonizaron en 1960. En el mismo disco deleitaron a la patria con “Guardiamarina soy”, que tampoco tiene pérdida (“Por el honor y por la patria morir [...] No hay chica que resista nuestro querer”).

Per si voleu anar-hi. (Palaciodelaopera.com)

Por si queréis ir. (Palaciodelaopera.com)

Pero el Dúo Dinámico no eran las únicas celebrities de la época, ya que pronto apareció Marisol, la niña prodigio de la sección femenina de la Falange. Cuando Marisol tenía once años un productor de cine pagó 40.000 pesetas a sus padres para llevársela a Madrid a vivir a su casa, rodar películas a tutiplén, merendar chocolate con las nietas de Franco y cantar canciones del verano, como Estando contigo (1961) o Tómbola (1962). Varias úlceras por estrés, abortos e intentos de suicidio después, cuando ya no podían disimular sus pechos con vendas para venderla como niña y no mujer, Marisol desapareció de la vida pública.

Pero no todo en la historia de canciones del verano es tan turbio: Concha Velasco llega en el 1965 con Chica Ye-Ye, una canción originalmente compuesta como Chico Ye-Ye para Luis Aguilé y que Concha robó sin miramiento alguno, desmontando todos mis argumentos de analizarla como ejemplo de hombres enfrentando feminidades normativas. Tristemente, el Chico Ye-Ye no lleva medias de color, sino calcetines. Pero Concha Velasco no sería la única en apropiarse de temazos de hombres: en el 1968 Massiel representó a España en Eurovisión con La, la, la, que también viene acompañada de #Drama (así con hashtag): no sólo la canción debía ser cantada por Joan Manuel Serrat (quien se negó a cantar si no era en catalán), sino que Massiel, que venía de la canción protesta, rechazó el Lazo de Isabel la Católica que le ofreció Franco y fue vetada en TVE. El drama sigue, con (el máquina) José María Íñigo insinuando que Franco compró votos para que Massiel ganara Eurovisión ese año, y otros acusándolo de “urdir todo para favorecer al Chikilicuatre”. La historia viva de España.

De los años sesenta queda por destacar Limón limonero (1968) de Henry Stephen, más que nada por el baile que la acompaña. También Cristina, de Cristina y Los Stop, que iluminó para siempre la sabiduría popular española con Tres cosas hay en la vida (1967): salud, dinero y amor. Gran consejo y mejor peinado.

Los 70: invasión europea

Con el cambio de década, dejamos los dramas atrás y vamos a lo importante del verano: el sol y los “sha-la-la-lás”. Los Diablos marcan para siempre la historia de la canción del verano con Un rayo de sol (1970), tres minutos y medio de las y ohs. Porque todo el mundo en los años setenta era increíblemente feliz gracias al amor, como canta Palito Ortega en La felicidad (1971), aunque habría que estudiar si los ja-ja-ja-ja-jas son una marca de ironía o no. Probablemente por la sobredosis de amor hetero y peinados horteras, Tony Ronald se puso su mono de elfo de Papá Noel y deleitó al país con Help (Ayúdame) - ya no se hacen videoclips como el suyo.

Tendría que llegar Fórmula V para recuperar la esencia de la canción del verano: mencionar los rayos del sol, el amor y la felicidad. Todos los temas de Fórmula V son imprescindibles en cualquier guateque (¡La fiesta de Blas!), pero aunque todos suenan exactamente igual, Vacaciones de verano (1972) y su secuela, Eva María (1973), conforman la fórmula definitiva del éxito.
Los setenta fueron una gran época, España se abrió al mundo, al destape, a las corrientes artísticas e intelectuales que recorrían Europa e influenciaron a pensadores, académicos, jóvenes revolucionarios y virtuosos: Georgie Dann y Raffaella Carrà llegaron a España.

En 1975, Georgie Dann llevaba ya años escribiendo hits para la historia. Mi favorito personal es El casatschok (1969), que sigue la fórmula de la canción del verano pero habla del invierno ruso, la balalaica y el vodka. Con baile incluido y minifaldas poco adecuadas para la nieve en Moscú. Georgie Dann nació en París, donde estudió ocho años en el conservatorio y demostró ser un genio del clarinete. El rey de la canción del verano llegó como un mesías a España en 1972 con El dinosaurio (cara A del vinilo, la cara B era “Para el fin del mundo” - algo nos estaba comunicando aquí Georgie Dann), pero se ganó el corazón de todas las señoras con El bimbó (1975), y con ese movimiento de tupé no me extraña. Entrar a analizar las canciones de Georgie Dann requeriría de espacio y ganas, pero como no los tengo voy a limitarme a recordaros algunos de sus títulos, y dejar que saquéis conclusiones: El negro no puede, Cachete, pechito y ombligo, La Cortina (“su mamá le dio un consejo, el día que quiera casarse, que se case con un viejo”), La colegiala (“colegiala no seas tan coqueta, colegiala decirme que sí”) o El chiringuito (“las chicas en verano no guisan ni cocinan, se ponen como locas si prueban mi sardina”).

Si la historia de Georgie Dann ya es trascendental, la de Raffaella Carrà no se queda atrás. Habiendo trabajado como actriz en Hollywood durante los años sesenta, decidió que esa vida no era suficiente para ella y su verdadera vocación era cantar sobre lo caliente que iba 24/7/365. Ídola. Rompió Italia a principios de los setenta al enseñar el ombligo, ¡EL OMBLIGO!, en la televisión, y el mismo Papa salió a prohibir el baile del Tuca Tuca. En 1975 entró a España por la puerta grande, con La hora de Raffaella Carrà en la misma TVE, y en 1977 pasó oficialmente a la historia de la canción del verano con Fiesta (“qué fantástica esta fiesta, con amigos y sin ti” -ya os digo que es ÍDOLA, así en mayúsculas). Raffaella nos trajo infinitos temazos, desde 53 53 456 (“mi dedo está enrojecido de tanto marcar, se mueve sólo sobre mi cuerpo y marca sin parar”) hasta Caliente caliente (“por la noche me despierto abrazada a la almohada y con deseos de amar”, importantísimo detalle el uniforme de los bailarines), pasando por Hay que venir al sur, que sin duda se convirtió en la canción del verano de 1979, cerrando la década a lo grande.

Los ochenta: cosas turbias

Vamos a ver. Que vaya por delante que los años ochenta fue una época maravillosa, con un sentido estético insuperable. Pero algo raro pasó en España para que, en 1981, la canción del verano llegara de la mano de María Jesús y su Acordeón. El baile de los pajaritos ni siquiera era una canción suya, ya que fue un tema difundido por toda Europa. Las actuaciones de María Jesús rodeada de niños y adultos haciendo el idiota por igual son lo más terrorífico que TVE ha emitido en su historia (y eso es mucho decir, considerando que el programa de Cárdenas está en antena). No se sabe qué fue del acordeón después de los pajaritos, pero María Jesús fue concejala del Partido Popular en La Nucía.

El mismo año en que los pajaritos atrofiaron las caderas de medio país, Ana Torroja y los hermanos Cano fundaron Mecano. Pese a que Mecano merece un "Nostalgia" exclusivo, y que sus canciones no entran dentro de la categoría “canción del verano” como tal, no puede faltar en esta lista Me colé en una fiesta (1982). La incluyo, no tanto por lo mucho que marcó la época, sino porque me gustaría que alguien me explicara el videoclip, ya que tengo muchas preguntas. Por imposible que parezca competir con tal obra de arte, 1982 es el año de ni más ni menos que Bailando de Alaska y Los Pegamoides. Dos apuntes sobre el video: (1) las vloggers de ahora no tienen ni idea de lo que es el verdadero contouring y (2) no me responsabilizo de las pesadillas que puedan causar los músicos con esas máscaras.

Claramente los ochenta es la época de los videoclips más turbios de la historia de la música, porque si, como yo, nunca habíais valorado buscar el videoclip de Escuela de calor de Radio Futura (la canción de verano de 1984), os aseguro que no tiene absolutamente nada que ver con lo que esperábais. Momento para recordar que estamos en Zena, y que un bar donde drogan a las mujeres para secuestrarlas a punta de pistola y marcarles en el culo como ganado… está mal. Después de muchos años de confusión la letra ha cobrado sentido (“Vas por ahí sin prestar atención y cae sobre ti una maldición”).

Tras este turbio giro de los acontecimientos, la misoginia sigue fuerte en 1985 con Devuélveme a mi chica de Hombres G, que así por lo bajini amenaza de muerte al “marica” que le ha “quitado” a su chica. Es imposible ir a peor, y es por eso que Puturrú de Fúa, grandes cantantes y mejores bailarines, recuperaron lo más puro de la esencia veraniega en 1986 con No te olvides la toalla cuando vayas a la playa. Volviendo a las cosas importantes. Igual que The Refrescos, que en 1989 contestaron así sin meterse con nadie ni nada que Aquí no hay playa. El mismo año, alguien decidió que llegaban los años noventa y era hora de empezar a restregarse, y convirtió la Lambada en canción del verano. Pero no iba a acabar la década sin drama: el tema era un claro plagio a una canción de un grupo boliviano.

Los noventa: vida más allá de la Macarena

Sí, la década de los noventa es la década de La Macarena (1995), y a La Macarena le debemos todas las coreografías ridículas que la siguieron. Pero más allá de Los del Río, se trató de una época increíblemente fructífera para la música hortera: empezó con Tractor amarillo (1991) de Zapato Veloz, imprescindible en cualquier verbena de pueblo y clase de aeróbic, y siguió con El tiburón (1993), que empieza así tal cual con “fui a la discoteca a ver si me conseguía una fresca”, porque para qué usar metáforas si puedes hablar claro.

Azúcar Moreno, adelantadas a su tiempo y con un videoclip con la paleta de colores del Microsoft Paint de la época, cantaban en 1996 YOLO. Y Ricky Martin, a parte de esconderse en armarios de adolescentes (y salir después), iniciaba la tradición de cantantes latinoamericanos que llegaban a España a enseñar cómo escribir temazos. Viendo que María, compitiendo en 1996 con Azúcar Moreno no conseguiría el título de “canción del verano”, volvió en 1998 con La copa de la vida. Gracias por tanto, Ricky Martin. Chayanne seguiría su estela el verano siguiente, con Salomé, de la cual simplemente os pediré que miréis el videoclip y me neguéis que Chayanne merece un papel en  Star Trek: Discovery.

 ¿Qué pasó el año 2000?

El año 2000, con eso de que se iba a acabar el mundo, se produjo una explosión en el universo de la canción del verano y, como en Eurovisión de 1969, hay tantos temazos que es imposible declarar un solo ganador. Está La Mosca Tse Tsé con la estética más perturbadora de todas y desnudos femeninos gratuitos en Para no verte más, está Follow the leader, está Raúl cantando Sueño su boca con cara de extra de Crepúsculo, está La Mayonesa, mejor historia de amor que Crepúsculo, está El Símbolo que no contento con instaurar las bailarinas de pechos desproporcionadamente grandes como paisaje de fondo en Nunca te decides lo petó también con Levantando las manos, “moviendo la cintura, un movimiento sexy”. Sin duda sería ese el tutorial para bailar del año 2000, porque también fue el verano de La Bomba de King África, con “la mano en la cintura” y “el movimiento sexy”. Cuidado con la… señora… que ilustra la coreografía junto al videoclip. King África intentó arrebatarle el puesto de Rey de la Canción del Verano a Georgie Dann, pero los tiempos habían cambiado y esta vez el país sí que se dio cuenta de que absolutamente todas las canciones tenían la misma base. Aún así, siento el deber de comunicar que King África está de gira en pleno 2017.

Todos hombres, sí. Pero el panorama cambia en 2001, cuando pasa a haber hombres... y mujeres bailando en bikini: Paulina Rubio con Y yo sigo aquí y (redoble de tambores) Sonia y Selena con Yo quiero bailar, que no fue seleccionada para representar a España en Eurovisión pero sólo porque fue el año en que el Príncipe de la Canción del Verano, David Civera, se enfundó en sus pantalones de plástico brillante para luchar por la patria con Dile que la quiero. Trágica historia la suya: saltó a la fama en Lluvia de Estrellas imitando a Enrique Iglesias, y sería el mismo Enrique quien se apropiaría de los veranos acabando con el legado de estribillos pegadizos y coreografías molonas de Civera. Rest in peace.

Con No rompas más de por medio enseñándonos las maravillas del country, el resto de la década fue invadida por los triunfitos: Ave María (las mujeres bailando en la playa gratuitamente, cada una a su aire, ¿qué?), Devuélveme la vida (Bustamante con pelazo y tremendos outfits, momento rapeado incluido) y Te quiero más (con tres triunfitos caídos en el olvido y un cuarto que trabaja para Cárdenas, que es peor). Por allí andaban también el Papi Chulo (2003 - ¿cómo sobrevivimos a esto?), Hasiendo el amor (2003 - a día de hoy no sé quién es Dinio y por qué se le permitió seguir viviendo), Obsesión (2004 -telita con la trama de “no es amor, es una obsesión”) o La camisa negra (2005, Juanes, el rey de los pelazos). Pero si los 90 los marcó La Macarena, la década del 2000 se debe a Las Ketchup y el ritmo ragatanga del Aserejé (2002), que coge el estribillo de Rapper’s Delight y lo arrastra por la vuelta de la esquina para hacerlo spanish-friendly.

Agonía sin esperanza

Pese al esfuerzo titánico de Las Ketchup para recuperar la maravilla que es la coreografía del verano, el fin estaba cerca. Los males de la globalización llevaron a Los 40 principales a Carlinhos Brown, el Dale Don Dale, el Dragostea Dintei, Daddy Yankee y la fase vendida de Shakira. Micromanía (2008, marcado en el tiempo por el Motorola V3) fue un rayo de luz en la oscuridad, pero símbolo de la agonía del fin.

Muchos señalan Colgando en tus manos, con la que Carlos Baute y Marta Sánchez nos torturaron el verano del 2008, como la última verdadera canción del verano. He venido anunciando que Enrique Iglesias es, oficialmente, el asesino de la canción del verano, pero responsabilizarlo completamente sería injusto considerando cómo Estrella Damm arruinó para siempre los veranos al convertir Summercat, que ni tiene estribillo estúpido ni baile ridículo, en la canción más escuchada del verano del 2009. Inaceptable. Boicot ya.

¿Hay esperanza? ¿Vivimos en una distopía sin canciones del verano? Quién sabe. Tenemos a Ivan Zayas, que cumple todos los requisitos para coger el relevo de David Civera (con extra de racismo), pero la cosa no pinta bien. Fueron visionarios La Banda del Capitán Canalla cuando en plena ebullición de éxitos veraniegos a principios de milenio, daban voz al pueblo: Que vuelva ya Georgie Dann, queremos a Georgie Dann.

Imagen principal: Genius.com

Irina Cruz

Irina Cruz

Comunicadora audiovisual, doctoranda en cine contemporáneo con visión de género.

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