'Girlboss': capitalismo, feminismo y privilegios

Una de las últimas producciones de Netflix, Girlboss, se anunció como una comedia feminista sobre el mundo de la moda.

La serie se basa en el libro de memorias #Girlboss de Sophia Amoruso, la fundadora de la marca de ropa Nasty Gal, que nació en 2008 como una tienda en eBay y convertida en menos de una década en un negocio multimillonario. En 2016, Sophia Amoruso aparecía como la segunda más joven en la lista Forbes de mujeres que habían creado su propia fortuna, sólo superada por Taylor Swift.

Sophia Amoruso, la fundadora de Nasty Gal.

Sophia Amoruso, la fundadora de Nasty Gal (BT.com).

La primera temporada de la serie de Netflix muestra cómo Sophia (Britt Robertson), una chica de 23 años que vive en San Francisco, construye poco a poco una tienda de ropa de estilo vintage en eBay. ¿Qué tiene la historia de Sophia para ser vendida como “feminista”? Según han publicado revistas como Glamour, la serie contiene un obvio mensaje feminista, y Amoruso ha sido elogiada por poner de moda el feminismo y hacerlo “cool”. Pese a que la mayoría de gente que lea esto a estas alturas ya se lo ve venir y estará rodando los ojos, el público esperaba, razonablemente, una serie feminista. Y como no podía ser de otra manera partiendo del material que adapta, Girlboss ha decepcionado.

El mensaje de fondo en Girlboss pretende ser que emprender un negocio siendo mujer es un acto intrínsecamente feminista. Y es que dependiendo de las formas, sin duda podría serlo. Quizás lo sería si la protagonista de Girlboss no fuera una chica blanca dispuesta a explotar sus privilegios al límite para conseguir enriquecerse a costa del trabajo de otros. Sophia es una caricatura de todo lo que despectivamente se asocia a los millenials: una joven narcisista, egoísta e irresponsable, cuyo único objetivo es demostrarle a su padre que es capaz de ganarse la vida por sí misma. Sí, se trata de un personaje femenino desagradable, pero ni siquiera funciona como crítica a las expectativas de género que fuerzan a la mujer a ser dulce y simpática con los demás, ya que su comportamiento es simplemente infantil e irritante.

El feminismo, en manos de Sophia, significa la consecución del éxito individual a través del capitalismo. El dinero es sinónimo de felicidad, sin importar cómo ha sido ganado. El mensaje encaja a la perfección en la lógica capitalista entrepreneur, y Girlboss no es ni mucho menos el primer producto cultural que intenta colarlo como feminismo (el libro de Ivanka Trump sobre mujeres trabajadoras tiene pinta de ser una joya posfeminista). Pero esta lógica sólo funciona porque las mujeres que la inspiran parten de situaciones privilegiadas y escogen representar tan sólo los aspectos del feminismo más superficiales, en absoluto desafiando el status quo.

La jaqueta que dóna la idea d'obrir el negoci a la Sophia.

La chaqueta que da la idea de abrir el negocio a Sophia.

Si Sophia fuera simplemente una figura emprendedora y la serie se promoviera como (otra) historia de éxito económico, no habría problema. Pero en el momento en que un producto que se afirma como feminista ignora descaradamente las bases del feminismo y parodia el movimiento como una vía de empoderamiento individualista que pasa por menospreciar a otras mujeres y grupos marginalizados… Algo falla. Y aquí se trata de la versión ficticia de Sophia, pero la real no se queda atrás: en 2015 Nasty Gal fue denunciada por extrabajadoras que habían sido despedidas tras quedarse embarazadas o caer enfermas, y a finales de 2016 (con la serie ya en producción) la empresa quedó en bancarrota y el supuesto feminismo de Amoruso desacreditado.

En Girlboss, Sophia hace lo que quiere, cuando quiere y como quiere, sin preocuparse de cómo afecta a su entorno y sin enfrentarse a repercusiones. En el primer capítulo es despedida de su puesto de trabajo por ignorar sus responsabilidades, faltar el respeto a su jefa y robarle comida, razones totalmente legítimas para cualquier persona pero inaceptables en el mundo privilegiado de Sophia, acostumbrada a salirse con la suya una y otra vez. Sophia va por la vida literalmente robando (una alfombra, un libro, vino…) y, cuando alguien le intenta parar los pies patalea como una niña pequeña. Aparentemente, el carnet de feminista te abstiene de pagar… siempre que seas una chica blanca, joven y guapa. Todo esto se desarrolla en la serie con Rebel Girl de Bikini Kill como banda sonora, canción emblemática del movimiento riot grrrl, oda a la solidaridad feminista y subversión de la heteronormatividad de la música pop, reducida aquí a la ridícula rebeldía infantil de Sophia.

Sophia (Britt Robertson), a la sèrie de Netflix.

Sophia (Britt Robertson), durmiendo entre billetes.

Otras perlas de la protagonista: negarse a pagarle a su mejor amiga por trabajar en Nasty Gal y amenazarla con sustituirla por un becario, pelearse con su padre cuando éste no le facilita el dinero que necesita para alquilar una oficina, pelearse con su novio cuando trabaja y no está por ella el 100% del tiempo, atacar a otras vendedoras que le hacían la competencia en eBay, atacar a una mujer mayor metiéndole un burrito en la boca para que se callara, ridiculizar a otros por estudiar para ser empresarios en lugar de emprender con el dinero de papá, aprovecharse de sus amistades para enriquecerse a sí misma… La lista es larga.

De vez en cuando, los guionistas le dan a Sophia una línea de diálogo que nos recuerde que es, supuestamente, una heroína del feminismo. Como se da en muchas series que pretenden subirse a la ola del “feminismo de moda” sin realmente aplicar una visión de género al conjunto de su narrativa (Las chicas del cable), Girlboss acaba provocando vergüenza ajena cuando intenta ser Feminista™. “Soy una chica, y eso no debería ser nada malo”, grita Sophia cuando quiere alquilar una oficina y le ponen problemas. “Las chicas son colaborativas, empáticas, trabajadoras. Las chicas son fantásticas”, afirma, como si hubiera viajado en el tiempo a 1996 y acabara de escuchar Wannabe de las Spice Girls.

Los momentos girl power en Girlboss son pocos y quedan desconectados de la trama, sobretodo considerando el poco sentido que tiene cuando la propia Sophia no es ni colaborativa, ni empática, ni trabajadora. Su egoísmo y su ceguera ante el propio privilegio hace que hasta el feminismo de eslogan, vacío de significado y de escritura vaga, quede fuera de lugar.

Imágenes: Netflix.


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Irina Cruz

Irina Cruz

Comunicadora audiovisual, doctoranda en cine contemporáneo con visión de género.

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