Feminismo arqueológico en 'El Ministerio del Tiempo'

Hace tiempo que la ficción televisiva estatal despertaba más risas por lo bajini que recomendaciones sinceras -un desprecio tal vez fundado en estereotipos-, y todo apuntaba a que las amantes de la ficción de género no íbamos a encontrar nada que nos llamara la atención.

En febrero del 2015, sin embargo, el estreno de El Ministerio del Tiempo cambió el panorama con una estrategia interesante y pulida en las redes sociales y sorprendió, simplemente, por no oler a rancio.

Creada por Pablo Olivares -que falleció en noviembre del 2014- y su hermano Javier, la serie cuenta con dos temporadas de veintiún capítulos en total. El formato largo característico de la televisión española         -cada episodio dura una hora y cuarto- permite un buen desarrollo de tramas y protagonistas, además de vistosos personajes invitados -incluso un cameo de Jordi Hurtado que demuestra la buena conexión de la serie con las comunidades online-. Algunos clásicos no mueren. El Ministerio del Tiempo sigue las aventuras de un auxiliar médico viudo del siglo XXI, Julián (Rodolfo Sancho, Isabel); un soldado condenado a muerte del Siglo de Oro, Alonso (Nacho Fresneda, Amar en Tiempos Revueltos), y Amelia (Aura Garrido, Stockholm), estudiante universitaria del siglo XIX.

Los personajes quedan claramente retratados en les primeras escenas del piloto. Los dos hombres se convierten en agentes del Ministerio del Tiempo -una sección secreta del gobierno español que vigila las puertas entre épocas desde los tiempos de Isabel la Católica- porque no les queda otra, mientras que Amelia lo hace voluntariamente. Se siente limitada por las convenciones de su tiempo, según las que se la menosprecia en clase y sólo se la considera como futura madre y esposa. Cuando Irene (Cayetana Guillén Cuervo) le ofrece un puesto, lo acepta de inmediato. Amelia se convierte en el cerebro y líder de la patrulla, y se la describe como una mujer “moderna”, que si hubiera vivido en el siglo XXI podría haber sido lo que quisiera. Aquí es donde El Ministerio del Tiempo entra en terreno pantanoso.

Amelia Folch. Fuente: Facebook de 'El Ministerio del Tiempo'

Amelia Folch. Fuente: Facebook de 'El Ministerio del Tiempo'

El progreso está sobrevalorado

En cada capítulo se suelen discutir los roles de las mujeres en la sociedad española a lo largo de los siglos, y el equipo de guionistas, investigación y marketing parece haber hecho un esfuerzo consciente tanto para superar el test de Bechdel desde las primeras escenas como para recuperar figuras femeninas de la historia como Las Sin Sombrero de la Generación del 27, que no sólo aparecen en la serie sino que también protagonizan material documental extra compartido mediante redes sociales. Además, El Ministerio del Tiempo jamás cae en la trampa posfeminista* de la mujer empoderada como mujer sexy con tres pistolas, sino que presenta personajes femeninos de orientaciones sexuales, clases sociales y edades distintas, todas con su arco propio.

La segunda temporada ha mejorado en representación femenina, más variada y sutil, con episodios como “Separadas por el Tiempo”, centrado en la Vampira del Raval y su relación con Amelia, teñida de tensiones de clase, o “El Monasterio del Tiempo” donde Angustias, hasta ahora limitada al personaje plano de secretaria mayor, participa en una misión en un convento y traba amistad con Napoleón (sí, es difícil de explicar). En estos capítulos se disipa el énfasis sobre las Grandes Mujeres de la Historia; en vez de presentar a las mujeres del pasado como una masa de madres y esposas con un puñado de excepciones        -con certificado de excelencia- marca del feminismo liberal, se exploran comunidades y relaciones femeninas con diferencias de poder y posición socioeconómica. La relación de apoyo mutuo entre Irene y Amelia crece a lo largo de las temporadas, y los personajes femeninos de fondo pasan al primer plano.

Más Angustias, menos Isabel

El último capítulo de la segunda temporada, “Cambio de Tiempo”, expone las virtudes y los defectos de la serie de forma clara y cristalina. En este episodio Felipe II evita la derrota de la Armada Invencible en el 1588 tomando posesión de las puertas del tiempo. Así se convierte en monarca absoluto e infinito, y crea un universo donde España nunca ha tenido una constitución y la Inquisición jamás ha desaparecido. Amelia es la primera en darse cuenta del cambio; en vez de respetarla, le dicen que “puede volver a administración” -el “hasta luego, guapa” queda implícito-. Cuando descubre que en esta nueva realidad Irene no es la mujer abiertamente lesbiana y segura de sí misma que conoce, le explica que existe una Irene “dura, independiente, que lucha por sus derechos y que no es sólo una servil secretaria”. El ejercicio deliberadamente feminista de El Ministerio, pues, es admirable, pero se queda corto.

El Ministerio del Tiempo tiende a un feminismo de la igualdad, donde la libertad y el empoderamiento de las mujeres se limitan al acceso a los cargos de autoridad institucional. Al hablar de las mujeres de su época tanto Amelia como Irene repiten que ellas son distintas a las demás; son más avanzadas, más empoderadas, hacen cosas más importantes que hablar de maridos e hijos todo el día. La insistencia constante en que todo tiempo pasado fue peor y la exageración de la sumisión femenina en realidades distópicas como ocurre en el último capítulo invisibilizan las desigualdades actuales -por no hablar ya de micromachismos. En el piloto se dice que “nuestra historia no es la mejor posible, pero podría ser peor”, y esta idea no se cuestiona a lo largo de la serie. El feminismo de El Ministerio del Tiempo, aunque necesario y bien intencionado, parece atrapado en la segunda ola.

La serie suele plantear el totalitarismo resultante de la obediencia ciega a las instituciones, y los personajes principales cuestionan con más frecuencia las órdenes recibidas. Ha llegado la hora, pues, de que los creadores de la serie cuestionen estos valores individualistas que perpetúan. Igual que El Ministerio del Tiempo explora narrativas sobre el honor, el resentimiento, la épica nacional o la lealtad con sus personajes masculinos, hace falta que abran estas tramas a los femeninos, que hasta ahora han protagonizado mayoritariamente tramas sobre sus limitaciones como mujeres (matrimonios forzados, pérdida de un hijo, pobreza feminizada). Más allá de defender el derecho de las mujeres a acceder a espacios de prestigio público -hasta aquí todo bien- hace falta cuestionar qué mujeres acceden a ellos.

Todavía no se sabe si a El Ministerio del Tiempo le espera otra temporada, pero si tiene esta oportunidad, es momento de incluir personajes trans, de minorías étnicas, mujeres con cuerpos fuera del canon estético y de edades más diversas. El tiempo no tiene por qué ser el que es, y El Ministerio del Tiempo empieza a darse cuenta de ello.

Angustias e Irene. Fuente: Facebook de 'El Ministerio del Tiempo'.

Angustias e Irene. Fuente: Facebook de 'El Ministerio del Tiempo'.

Imagen destacada: promocional en la página de Facebook de 'El Ministerio del Tiempo'.

* La noción de posfeminismo utilizada en este artículo se basa en la aparecida en la tira cómica de Kate Beaton et al. Strong Female Characters. La utilización de esta acepción ha generado un intenso debate en la redes sociales, es por eso que hemos introducido esta aclaración. Aprovechamos, también, para enlazar otras definiciones de posfeminismo para que se pueda seguir debatiendo:

1. 'Postfeminism' en la Wikipedia.

2. Definición en The Urban Dictionary.

3. "Post feminism in popular culture: A potential for critical resistance?". Fien Adrianens, Politics and Culture.

4. "Postfeminism vs. the Third Wave". Alison Piepmeier, Electronic Book Review.

5. Postfeminismos: representaciones de género en la cultura popular neoliberal. Ignacio Moreno. Universidad Complutense de Madrid.


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Jana Baró

Jana Baró

Doctoranda en literatura inglesa de entreguerras. Investigando sobre historia, moda, fandom y comunidades lectoras.

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