Una serie de catastróficas (y generacionales) desdichas

A mediados de enero, Netflix lanzó la primera temporada de su adaptación de la saga juvenil Una serie de catastróficas desdichas.

Teatral, divertida y rocambolesca, es una muy buena opción para pasar unas cuantas tardes, aunque tal vez no para ver de una sentada. Los libros de Daniel Handler -bajo el pseudónimo de Lemony Snicket, el personaje que investiga las vidas de los protagonistas y las narra a los lectores- se publicaron entre 1999 y 2006 a la sombra de grandes éxitos de la literatura juvenil de aventuras algo oscuras como fueron Harry Potter La materia oscura. Los tres primeros volúmenes de la saga tuvieron una adaptación al cine en 2004 dirigida por Brad Silberling con un elenco potente que incluía a Jim Carrey y Meryl Streep, pero que no logró satisfacer ni a la crítica ni a los fans. Esta vez, el autor participó activamente en la producción de la serie, y se nota:

tumblr_ojsb8oS2d81vd0prqo1_500 (1)tumblr_ojsb8oS2d81vd0prqo2_500

tumblr_ojsb8oS2d81vd0prqo3_500

"Sinceramente, prefiero los seriales televisivos a las películas. Es mucho más práctico consumir entretenimiento desde la comodidad de tu casa." (Fuente: Netflix)

Así, tanto los libros originales como la serie destacan por sus guiños al público, las reflexiones metatextuales y el cachondeo generalizado. Como el título indica, la trama se articula de forma episódica: dos capítulos de la serie equivalen a un libro. Los protagonistas sufren una desgracia tras otra, como en un folletín victoriano escrito por el becario gótico de Muchachada Nui. El narrador, Lemony Snicket (Patrick Warburton), rompe la cuarta pared para dirigirse directamente a los espectadores y nos presenta a los personajes: Violet (Malina Weissman),  Klaus (Louis Hynes) y Sunny (Presley Smith) Baudelaire, que quedan huérfanos de repente. El banquero que ejecuta el testamento de sus padres, el Sr. Poe (K. Todd Freeman), les entrega a "su pariente más cercano", el Conde Olaf (Neil Patrick Harris). Pronto se descubre que algo va mal: el Conde Olaf quiere deshacerse de los niños y quedarse con su fortuna.

Así se va (des)enredando una historia de conspiraciones, trampas, sociedades secretas, disfraces, errores gramaticales y asesinatos; los niños saben que les están maltratando y persiguiendo, y sin embargo no consiguen que nadie les crea. Los personajes adultos son malignos hasta lo absurdo, o completamente inútiles no obstante sus buenas intenciones; podrían parecer una caricatura plana si no fuera por lo exagerado del vestuario -entre lo victoriano y lo retro ochentero- y el decorado imposible, que los contextualiza. La fórmula repetitiva de los episodios podría resultar frustrante, pero el estilo de la narración y el diálogo señalan constantemente el artificio de la situación. Algunas referencias literarias clásicas son obvias -Baudelaire, Poe- pero los personajes también mencionan a Haruki Murakami y Sonic Youth. El resultado se puede leer como una parodia de los constantes reboots y diálogos referenciales nostálgicos de la cultura contemporánea; en Una serie de catastróficas desdichas la infancia no es una época dorada en la que todo iba bien, sino un momento de potencial pero también de riesgo.

Si en la mayoría de novelas juveniles los héroes son los niños y los villanos son los adultos, en Una serie de catastróficas desdichas esto se convierte en el conflicto central. Violet, Klaus y Sunny Baudelaire son inteligentes, ingeniosos y, ante todo, amables y dispuestos a ayudar. Sin embargo, su situación es completamente precaria: están expuestos a abusos de autoridad por parte de los adultos, cuyo poder es completamente arbitrario. Cuando intentan denunciar su situación, incluso los adultos con buenas intenciones prefieren creer en documentos falsificados y a otros adultos -es decir, mantienen la fe en el sistema aunque falle repetidas veces. La narración toma partido a favor de los hermanos Baudelaire, y, por extensión, con el público juvenil. Parte de esa complicidad incluye explicar conceptos como la ironía dramática, la diferencia entre "literalmente" y "figuradamente", y el significado de algunas palabras complicadas. Una serie de catastróficas desdichas se convierte así en una herramienta de aprendizaje fantástica tanto para niños algo mayores como para estudiantes de inglés como segunda lengua; gracias, señor Snicket.

Sunny, Violet y Klaus Baudelaire en su estado natural. (Fuente: Gadgets.ndtv)

Los libros originales ya resultaban interesantes -o al menos no desesperantes- desde una perspectiva de género. Aunque sigue habiendo una mayoría de personajes masculinos, el protagonismo y las aportaciones de los hermanos están bien repartidos. Se supera aquello de que las ciencias son de chicos y las letras de chicas, ya que Violet es la ingeniera y Klaus es el lector (Sunny muerde cosas, lo que da para varios análisis); vale, es una dicotomía muy básica, pero da gusto. Si los primeros episodios pueden despertar alguna alarma por el personaje de la juez que ha renunciado a la familia por tener una carrera profesional y ahora está algo desesperada, los siguientes disipan las dudas ofreciendo personajes femeninos más variados.

Como la historia está ambientada en un lugar del espacio-tiempo bastante difícil de identificar, resulta complicado decir qué estadísticas demográficas son realistas. Si las razas y etnias de los personajes eran ambiguas en los libros y blancas por defecto en la adaptación cinematográfica, en la adaptación de Netflix muchos personajes los encarnan actores de color sin ningún comentario o cambio. Este tipo de colorblind casting es un gran paso adelante, especialmente teniendo en cuenta el comentario racista de Daniel Handler en 2014- comentario por el que se disculpó repetidamente, pero que ahí está. Si bien acabar con la tendencia al "blanco por defecto" es algo enormemente positivo, continúa sin aportar demasiado a la complejidad del texto. Los personajes de Una serie de catastróficas desdichas discuten y desmienten estereotipos de género, pero parece que la raza no cuenta para nada en su identidad.

Por otro lado, la representación del colectivo LGTBI es más explícita que en los libros, aunque sigue siendo muy secundaria. Entre la troupe teatral del Conde Olaf encontramos al "secuaz de género indeterminado", que si bien participa de la larga tradición occidental de asociar las identidades disidentes al teatro, los disfraces y al engaño, es de lejos la persona más reflexiva y menos maligna del grupo. En todo caso, cuando se nos presenta a los hermanos Baudelaire como símbolo de la precariedad y se ignora que proceden de una familia nuclear tradicional y blanca se pierden muchas oportunidades que una historia que supuestamente denuncia los abusos del sistema debería tener en cuenta.

De la siguiente temporada, pues, esperamos más aventuras, más desgracias, más canciones horriblemente pegadizas, y una crítica aún más afilada.


Imagen principal: Konbini.

Jana Baró

Jana Baró

Doctoranda en literatura inglesa de entreguerras. Investigando sobre historia, moda, fandom y comunidades lectoras.

Deja un comentario

Us de cookies

Aquest lloc web utilitza cookies perquè vostè tingui una millor experiència d'usuari. Si continua navegant està donant el seu consentiment i l'acceptació de la nostra política de cookies TANCAR