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'Top girls': revolución inacabada

El Teatre Akadèmia estrena Top girls, un texto esencial de la inglesa Caryl Churchill sobre las contradicciones de la emancipación femenina y un ejemplo brillante de teatro político.

Por Marc Farràs

El teatro es un quirófano. Cada intervención deja alguna marca. La piel es un mapa donde se pueden leer todo los accidentes de la vida, que los dramaturgos se encargan de recordarnos a través de sus personajes. Olvidamos las marcas pequeñas, incluso podemos disimularlas. Pero sabemos del cierto cuando una palabra, un grito o un gesto de un intérprete son nuestros, porque sabemos que nos habla, nos grita o nos golpea a nosotros. Desciframos el mensaje porque lo hemos escrito nosotros. Lo hemos vivido antes y lo tenemos grabado.

Caryl Churchill es una de esas autoras-dramaturgas que conoce muy bien los pliegues del cuerpo y las grietas del mundo. Uno de sus textos culminantes, Top girls, demuestra la capacidad del teatro para unir denuncia, ironía y sensibilidad. Churchill lo consigue en una obra que parte de la ascensión personal de una mujer para terminar destripando dos grandes estamentos de acumulación de poder e influencia como la sociedad y la familia. La dramaturga británica hurga en las heridas de la sociedad occidental y abre en canal el falso relato sobre la igualdad y la liberación individual; nos muestra sin pudor los pecados de omisión y las inercias tóxicas, en un ejemplo meridiano de teatro que echa sal a la herida abierta. Ahora, por primera vez en nuestro país, el Teatre Akadèmia acaba de estrenar, con traducción y dirección de Marc Chornet, un texto referente en medio mundo sobre la definición contemporánea del rol femenino, la lucha de clases y los conflictos familiares que se derivan de ello.

Churchill estrenó Top girls en el Royal Court Theatre de Londres en 1982. Las ciudades mineras quemaban, el Liverpool de Dalglish reinaba en Europa, y The Smiths fijaban la banda sonora de la década desde Manchester. Los 80 supusieron el tránsito traumático del fin de la revolución cultural de los 60 a la era del capitalismo salvaje que estallaría en los 90. En medio de todo ello, una mujer encarnaba mejor que nadie el cambio de etapa, Margaret Thatcher, cuya estancia en el 10 de Downing Street cambió para siempre el rostro de Inglaterra y, de rebote, el de Occidente.

Mitos en la mesa

Es en esta Inglaterra en ebullición que Churchill sitúa Top girls. El centro de la acción es la joven Marlene, cuyo protagonismo aumenta exponencialmente a lo largo de las dos horas de una función con dos partes muy diferenciadas. En la primera, Marlene, flamante directora ejecutiva de una empresa cualquiera, celebra su ascenso en un restaurante de lujo con cuatro invitadas de excepción. En la mesa, la acompañan la exploradora victoriana Isabella Bird, la cortesana japonesa Lady Nijo, la Paciente Griselda del Decamerón y la Papisa Juana. La elección de Churchill no es casual. Las cuatro mujeres, sean personajes históricos o ficticios, tienen una biografía excepcional en la que la condición de mujer las marcó de manera definitiva. Bird, por ejemplo, fue la primera mujer admitida en la Royal Geographical Society, mientras que Nijo, casada con el emperador, fue expulsada del palacio real por adulterio. Por otro lado, Juana habría sido la única mujer que ocupó el trono de San Pedro, y pocas mujeres representan mejor que Griselda la sumisión ante la autoridad masculina.

A lo largo de la cena, las cuatro mujeres, observadas por Marlene, comparten confidencias, aventuras y anécdotas de sus aventuras. En un marco histórico de casi mil años, tan pronto paseamos por la estepa tibetana como por el Vaticano, y entre copa y copa pasamos del Japón de samuráis a la Europa medieval y de ahí a la conquista de América. En este viaje psicodélico, Chuchill les ofrece la oportunidad de romper un silencio antiguo y muy largo, ahogado por convenciones absurdas, férreas prohibiciones y un rosario completo de vejaciones. Mientras tanto, Marlene escucha y se va llenando de razones para tomar el testigo y convertirse, en el ecuador de la función, en el nuevo rostro de la lucha.

Dos mujeres que bailan

Terminada la cena, la escena se transforma completamente. Marlene ya no es una simple espectadora en un ágape alborotado, sino que todo pasa a gravitar en torno a ella. La acción se llena de significado en la medida en que se distancia del surrealismo y se fija en la cotidianeidad de Marlene. Así, la segunda mitad de la obra avanza entre la oficina donde trabaja y la casa de Joyce, su hermana. Churchill sólo muestra el rostro femenino del mundo pequeño-burgués de Marlene. Compañeras de trabajo, clientas, la hermana, la sobrina Angie y la amiga íntima de ésta.

Pese a huir durante buena parte de la pieza de la linealidad narrativa en beneficio de un caos que refuerce la atemporalidad del mensaje, Churchill, como buena estratega, se guarda la mejor munición para el final, cuando Marlene, espoleada por el entusiasmo de Angie, visita a Joyce a su casa, a provincias. El cuadro tiene aroma de clásico: dos hermanas separadas por un abismo. Marlene, la pequeña, huyó de casa tan pronto como tuvo la oportunidad. Intuyendo un futuro de miseria y tedio, se desprendió de la carga familiar, viajó por el mundo y al volver se instaló en Londres animada por la euforia thatcherista neoliberal. Todo lo que queda de Marlene en el hogar familiar es una postal de Colorado, única señal de una huida hacia delante al estilo Thelma y Louse. Por el contrario, Joyce, su hermana mayor, lleva una vida mucho más prosaica, con suelos de moqueta manchada y olor a mantequilla frita. Cuida a la madre, sube a la hija y aguanta al marido. Su vida se diluye entre el Alzheimer, el fracaso escolar y el alcoholismo, respectivamente. Conviene no dejar de lado a Angie, la ingenua y tierna sobrina de Marlene, a quien profesa un amor incondicional que será clave en el desenlace.

Entre estas dos mujeres, Churchill establece un duelo dialéctico total. Cirugía a corazón abierto. La autora parte de los paradigmas de la mujer emancipada, ambiciosa y seductora y de su némesis obediente, hipotecada y frustrada para hacer saltar por los aires todos los moralismos y lugares comunes del arquetípico duelo femenino. Las dos hermanas conversan cada vez más crudamente. Cae la noche, pero el whisky mantiene la combustión y afila los cuchillos. Las acusaciones son cada vez más duras, y las revelaciones, sorprendentes. Pero las hermanas no se alejan, sino que, por la sutilidad de la pluma de Churchill y el irrenunciable vínculo familiar, se acercan hasta revelar una nueva dimensión de su personalidad. Ni Marlene es tan libre, ni Joyce tan estúpida. El paraíso de la City no es todo dorado, ni el norte es todo polvo y cenizas.

30 años no son nada

La herencia de Churchill y sus Top girls es la enmienda a la totalidad de un orden sociológico que va más allá de la dicotomía capitalismo-socialismo, empresario-obrero y ciudad-cercanías. Incluso del hombre-mujer. Si Top girls brilla hoy con luz propia es por la admirable capacidad de anticipación a unas problemáticas tan vigentes como la pérdida de derechos laborales, la imposición de una doctrina económica única, y la destrucción de una red pública de subsistencia.

Top girls no es ninguna elucubración moralista ni ningún dogma de fe subversivo. Tampoco un panfleto sentimental de eslóganes fáciles. Sí es, en cambio, una historia donde las dosis de lucha, tragedia y emoción se manifiestan en un finísimo equilibrio. Un cuento fantasioso que evoluciona hacia un relato naturalista donde las capas de los personajes van cayendo de una en una hasta quedar al descubierto. En Top girls hay denuncia política, sí, y también mucha carga social. Se cuestionan hechos asumidos como verdades y determinadas convenciones quedan ridiculizadas. La maternidad, el sacrifico y la rebelión son tres ejes clave de un texto que admite múltiples interpretaciones y que exige al espectador una reflexión posterior incómoda pero estimulante para completar su sentido y entender a las protagonistas.

En definitiva, el gran valor de la obra es que al final concentra sus dardos en las preguntas más venenosas, que son las que nos interpelan a todos. ¿Cómo podemos librarnos de la opresión de la tradición? ¿Se puede vivir eternamente en huida? ¿Qué precio pagamos para cortar amarras definitivamente con nuestra raíces? ¿Tiene sentido el amor filial en beneficio de la ascensión personal? Preguntas que Churchill sitúa en un contexto sociopolítico fascinante, el de principios de los 80, y que personaliza en una mujer, Marlene, que ya es todo un símbolo. Solitario y herido, como todos los símbolos, y tan contradictorio como seductor.

 

Top girls, de Charyl Churchill, con traducción y dirección de Marc Chornet, estará en el Teatre Akadèmia de Barcelona hasta el 6 de diciembre.

Imagen: Fragmento del cartel promocional de 'Top girls'. Autora: Andrea Torres.


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