'The Shape of Water': érase una vez... amor y monstruos

Una voz en off nos indica que estamos a punto de vivir un nuevo cuento made in Guillermo del Toro.

Como cualquier cuento de hadas nos habla de lugares comunes: un príncipe, un monstruo y una mujer enamorada. Sí, The Shape of Water es un cuento que habla de muchas cosas, pero sobre todo es un cuento sobre el amor, como decía Guillermo del Toro, reivindicativo en el Festival de Sitges - "Cuando digo que haré una película sobre el amor me tratan como un niño de ocho años, el amor está muy infravalorado "-. Amén, Guillermo.

Guillermo del Toro nos tiene acostumbrados a ver en sus obras una estética cuidada hasta el último detalle, como si de un Wes Anderson gótico es tratara. La atmósfera que se respira, se huele y se ve en sus películas siempre es maravillosa, bella e inquietante. La estética de Guillermo del Toro se ha convertido en un referente del cine fantástico y The Shape of Water no decepciona. Esta vez se aleja de las referencias a una naturaleza vieja e indómita como hacía en El Laberinto del Fauno y crea una pequeña burbuja de metal, neón y agua que resulta igualmente mágica y reminiscente a otra maravilla estética (esta vez de los videojuegos), como es el mundo de Rapture en Bioshock.

estetica

The Shape of Water es un cuento situado en un pueblo costero de Estados Unidos en el año 1962, en plena guerra fría. La protagonista, Eliza (Sally Hawkins), trabaja de empleada de hogar en un complejo militar, y su rutina se romperá cuando ella y su mejor amiga, Zelda (Octavia Spencer), descubran una criatura que forma parte de un experimento secreto del gobierno.

Eliza es de las pocas protagonistas de cine y, aún más, de cine romántico y fantástico, con diversidad funcional. El cine de terror nos tiene acostumbrados a una narrativa en la que la diversidad funcional de los personajes se presenta como algo incapacitante que los hace indefensos ante la adversidad (Blind Fear, Wait Until Dark...). También es abundante la presencia de personajes con diversidad funcional asexuales o con una función paterna o materna, como Charles Xavier de los X-Men.

Eliza es muda, pero eso no la hace indefensa en ningún momento, Elisa es sexual pero no es sexualizada, como cualquier mujer se masturba y tiene deseo sexual, pero su cuerpo no se objetifica en ningún momento. Es importante diferenciar la relación que tiene con la criatura y con el malvado del cuento, Strickland, representado por Michael Shannon. La naturaleza biológica y antropomórfica de la criatura hace que no perciba la mudez de Elisa como una desviación de la normalidad. Así pues, el estigma que hace que la sociedad defina lo que es "normal" y lo que no lo es desaparece, mostrando la arbitrariedad de esta construcción social. Elisa dice en The Shape of Water que la criatura "no la hace sentir incompleta", como si lo hace el resto de la sociedad, que proyecta sobre ella la percepción que le falta algo.

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La relación con Strickland, sin embargo, es la otra cara perversa de la percepción de la "normalidad". Como los señores a los que les da "morbo" salir exclusivamente con asiáticas por motivos racistas y machistas que no vienen al caso, a Strickland también le da "morbo" Eliza precisamente por su mudez, la percepción errónea de su incapacidad de replicar como una muestra de sexualidad y fetichismo tóxico.

Es fácil establecer paralelismos entre el antagonista de este cuento y Sergi López en El Laberinto del Fauno. Ambos representan la monstruosidad de la masculinidad tóxica y pensamiento colonial. En el caso de Strickland, seguramente por la realidad política actual, se centra culturalmente en el marco del Sueño Americano (de Estados Unidos). Strickland tiene la familia perfecta, el trabajo perfecto y un coche perfecto. Shannon se siente legitimado en sus acciones, es la muestra de Estados Unidos del nosotros contra el otro, de la hipermasculinidad colonialista y la agresividad justificada por unos ideales que son peligrosamente reales fuera del cuento. Strickland también representa la "normalidad" establecida socialmente y como la normalidad que representa él y su familia es tan artificial como la gelatina verde que consumen.

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The Shape of Water, sin embargo, sufre de tópicos evitables. La mejor amiga de Eliza, Zelda, es una mujer negra que, en bastantes ocasiones, se presenta como un estereotipo de sassy Black woman o sassy Mamma. También caemos de nuevo en el tropo audiovisual en el que el personaje no-blanco es secundario al protagonista, normalmente actuando de mejor amigo (Capitán América: Soldado de Invierno, Star Wars, Percy Jackson...) y como recurso cómic.

Esto no quiere decir que la discriminación racial no esté representada, se ve en varias ocasiones en otros personajes y en la misma Zelda, pero precisamente el hecho de que no sea la protagonista hace que no se profundice en la misma. La manera de tratar a la criatura por parte de Shannon simboliza de manera más directa y evidente esta discriminación pero con la presencia de un personaje femenino negro y con un físico no heteronormativo encuentro que la representación debería equilibrarse, al menos, en ambos personajes.

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Otro tópico evitable es el del amigo gay, que también sitúa la representación queer en un inamovible segundo plano. En este caso, sin embargo, el personaje de Giles (Richard Jenkins) tiene un mayor desarrollo que el de Zelda. La discriminación sufrida por Giles es presentada en varias ocasiones y es de agradecer que su personaje no recaiga en el tropo de amigo gay caricaturesco que sólo habla de sexo y se presenta exclusivamente como recurso cómico.

Giles es un personaje complejo y se presenta más como una figura paterna, pero eso no quiere decir que no se presente como un personaje con deseo sexual. Giles es un hombre frustrado artística, sexual y vitalmente, con un trabajo destinado a la extinción (hace ilustración para carteles publicitarios en la época de auge de la fotografía) y obsesionado, al igual que Eliza, con los musicales de los años cincuenta. Mi opinión es que esta afición no es un recurso destinado a construir un estereotipo ni una casualidad.

giles

El cine musical de los años treinta y cincuenta fue, a menudo, puerta de entrada a personajes no-blancos, queer y al empoderamiento femenino en el mundo del audiovisual. No es casualidad que se muestre a Alice Faye, que mandó a la mierda a la todo-poderosa Fox; Carmen Miranda, la actriz y cantante latina más famosa de los años treinta; o Bill Robinson, Bojangles, el actor afroamericano mejor pagado de la primera mitad del siglo XX. Este cine musical, como refugio de una realidad injusta y triste, nos acompaña durante toda la película musical y estéticamente.

The Shape of Water es un cuento, un cuento sobre la soledad de Zelda, con un marido insensible y no-responsivo, la soledad de Giles que no encuentra salida a su vocación o sexualidad, la soledad de Eliza y la soledad de la criatura, alejada de su hogar y tratada como un animal salvaje (el paralelismo con el tratamiento de los esclavos en el mundo colonial es evidente). Un cuento también sobre el amor como recurso para luchar contra el miedo, un amor que aun así peca de la narrativa de lo predestinado. Este tropo hace que no se profundice en la relación de Eliza y la criatura más allá de representaciones simbólicas, en la que se echa de menos un vínculo maduro y complejo más allá del "estamos-hechos-el uno-por-l otro ". De todos modos, yo le perdono a Guillermo del Toro, le perdono porque lo que estoy viendo y absorbiendo con deleite es un cuento, un cuento simbólico y precioso sobre "Los último días de reinado de un príncipe justo, la princesa sin voz y el monstruo que intentó acabar con todo ".

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Nora Soler

Nora Soler

Diseñadora especializada en comunicación interactiva. Ilustra y escribe para Zena.

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