'Teen Vogue': política e identidad

En manos de Trump, los hechos se pueden intercambiar por opiniones, cegándonos y haciéndonos discutir entre nosotros mientras se cuestiona nuestra realidad entera.

Así, sin tapujos, hablaba la periodista Lauren Duca sobre la estrategia electoral de Donald Trump a principios de diciembre en la revista Teen Vogue. Sí, Teen Vogue, la versión para jóvenes de la mayor revista de moda del mundo. Esta cobertura política mediante artículos bien investigados y redactados con un estilo lúcido y claro sorprendió a muchos periodistas; sin embargo, las lectoras habituales de la revista, asiduas de blogs de moda y de las redes sociales, ya están más que acostumbradas. Y es que -¡albricias!- se puede ser joven, estar interesada en boy bands y maquillaje de purpurina, y debatir sobre política con entereza sin que una cosa contradiga las otras.

Que el feminismo está "de moda" en la llamada cultura mainstream ya se sabe. No es sólo que Beyoncé haya enarbolado la bandera del feminismo desde hace algunos años, usando su plataforma como icono cultural para hablar de asuntos como la violencia policial contra afroamericanos y reafirmarse en su identidad como mujer negra en Lemonade, o que Emma Watson haya usado la red social Goodreads para empezar un club de lecturas feministas, además de liderar el proyecto de Naciones Unidas He For She. De forma algo más sospechosa, conocidas marcas de ropa venden camisetas con eslóganes feministas, mientras que empresas de compresas, champús y electrodomésticos hacen uso de la retórica del movimiento; no somos nadie para retirarle el carné de feminista a la gente, por supuesto, pero cabe cuestionar si las prácticas de estas empresas son consecuentes con su márketing. Sin embargo, lo que Teen Vogue está haciendo es muy distinto.

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'Teen Vogue': Abril, mayo, agosto y diciembre de 2016.

Teen Vogue, igual que su hermana mayor Vogue y su prima Vanity Fair, que también ha cargado contra Trump de forma viral y satisfactoria, pertenecen al gigantesco conglomerado Condé Nast (que sí, está dirigido por hombres). Empezó su tirada en el 2004, publicando artículos sobre moda para adolescentes y entrevistas con ídolos, tal como cabría esperar. Sin embargo, en febrero de 2016 la actriz y activista Amandla Stenberg (Los juegos del hambre) nos observaba desafiante desde la portada, bajo el titular "Power Girls: Los nuevos rostros del feminismo"; entre sus páginas se presentaban jóvenes artistas y activistas que hablan de los distintos ejes de identidad, de género a religión, en primera persona. El interés de las lectoras adolescentes por el arte, la política, y cómo se retroalimentan se da por sentado, igual que se asume que las chicas son perfectamente capaces de cuestionar y articular su propia identidad mediante el pensamiento crítico -y que, entre otras cosas, lo hacen mediante el maquillaje, la ropa y la elección de referentes.

El paso definitivo hacia la política -sin renunciar a otros temas- fue la designación de Elaine Welteroth, que antes dirigía la sección de belleza y salud, como editora jefa a mediados del 2016. Welteroth no sólo destaca por ser muy joven -ronda la treintena- sino por ser una de las primeras afroamericanas en un cargo similar. Desde entonces, Teen Vogue ha publicado artículos sobre el acceso a la educación de las chicas alrededor del mundo, la apropiación cultural, los derechos reproductivos y el papel de las mujeres en la ciencia; se publican textos de jóvenes periodistas y se eligen a chicas de distintas etnias y tipos corporales como modelos, llevando la inclusión y la diversidad más allá de la teoría y la publicidad. Así, Teen Vogue sigue los pasos de revistas para adolescentes que se acercan a su público con honestidad y respeto, igual que hace la popular Rookie  -creada por la joven bloguera Tavi Gevinson en el 2011, y como hizo la alternativa Sassy a principios de los noventa.

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Chicas, inclusividad y afirmación en Rookie.

Aunque sea gratuito acceder al contenido de Rookie o Teen Vogue en internet, hace falta saber inglés. El panorama en el ámbito español es más bien desolador -ojo, no hablamos de blogs y revistas independientes, sino de grandes plataformas. Las revistas para chicas que dominaron la adolescencia de las que ahora estamos en la veintena han desaparecido en su mayoría; la irreverente Loka, con su fuente naranja butano, cerró en el 2009; Ragazza y Star2 desaparecieron en el 2012; Top Music en septiembre del año pasado. La clásica Súper Pop, que arrancó a finales de los setenta, se pasó al formato digital por completo en el 2011. Si bien Súper Pop se ha adaptado a ídolos más recientes, su heteronormatividad da espanto. De hecho, la sección de relaciones se llama simplemente "Chicos". Un vistazo rápido nos muestra que hace tiempo que la redacción dejó sus años mozos, con frases como:

¿Empieza sus WhatsApps con un «hey, pivita» o algo del estilo en plan súper sobrado? ¡Pues mucho ojo con ese chico! Lo más probable es que quiera algo contigo, pero no entra en sus planes conseguirlo currándoselo y siendo legal. ¡Huye de él al grito de ya!

Dabuten, chavalas. Sus únicas referencias al feminismo se presentan como batallas entre divas y exclamaciones de "girl power"; sobre el discurso de Emma Watson ante las Naciones Unidas se mojaron más bien poco. Menos da una piedra, supongo. La otra revista clásica para adolescentes es, por supuesto, Bravo. Al contrario que Súper Pop, Bravo es importada; empezó en Alemania en el 1956, donde a lo largo de las décadas destacó por su exploración abierta del sexo entre los adolescentes, y llegó a España a mediados de los noventa. Si bien en Bravo se habla de sexo y salud además de moda e ídolos, el tratamiento del feminismo es casi tan superficial como en Súper Pop -y también centrado en Emma Watson- y la  cobertura de temática LGTB+ es trágicamente mínima: "Te hablamos de las muchas formas en las que se puede vivir el amor…", "ya sabes, bravera, hay que amar libremente sin que importe nada más que el interior de las personas".

Como muestra el ejemplo americano y la actividad de chicas jóvenes en zines, comunidades online y redes sociales, el interés y la capacidad de hablar de política e identidad están ahí; sólo hace falta que grandes medios se den cuenta. Nos hemos contentado con una visión reduccionista y superficial de las adolescentes durante demasiado tiempo, dando por sentado que emocionarse ante una boy band o un unboxing de maquillaje significa ser superficial e incluso estúpida, sin cuestionar a qué productos culturales otorgamos valor e incluso implicaciones morales. Podemos recurrir al cliché: las chicas están bien. Sólo hace falta escuchar un poco.

Imagen de portada: 'Teen Vogue'.


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Jana Baró

Jana Baró

Doctoranda en literatura inglesa de entreguerras. Investigando sobre historia, moda, fandom y comunidades lectoras.

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