Stranger Things 2: chicas guays y machos con laca

La segunda temporada de Stranger Things es una secuela en toda regla: continúa las tramas, retoma los personajes, lo riega todo con una banda sonora igual de buena o incluso mejor que la original y nos ofrece nueve horas más en Hawkins.

No obstante, como muchas otras secuelas, diluye el original y resulta completamente innecesaria, cuando no cínica, teniendo en cuenta la inevitable tercera temporada y los ganchos argumentales presentes en esta segunda.

Además, repite diversos problemas de representación ya vistos en la primera temporada y deja pasar oportunidades claras de profundizar en algunos de sus personajes más interesantes. Podríamos atribuir esta visión a veces sexista de los personajes, como han hecho algunos, a reproducir los roles de género presentes en el cine de los ochenta, en una labor de afectuosa arqueología del cine de Spielberg y Hughes, pero ¿Alguien se cree todavía que el sexismo es algo que se quedó en los años ochenta?

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Las otras chicas no son como tú

El primer problema claro de esta segunda temporada de Stranger Things es cómo presenta a sus protagonistas femeninas: si en la primera temporada el único personaje femenino del grupo de niños protagonistas era 11, en esta nueva entrega aparece Max, una chica recién llegada al pueblo que es toda ella el tópico de la cool girl. Max va en monopatín, Max juega a videojuegos, Max no sólo juega a videojuegos sino que es mejor jugando a videojuegos que los chicos y Max, sobre todo, es distinta al resto de chicas.

No redundaré sobre lo pernicioso que resulta este tópico, pero sólo hay que decir que durante los nueve episodios de esta temporada no dejan de repetirse frases cómo “las niñas son tontas”, “no es como las otras chicas” y similares. Por otra parte, Mike no deja de ver a Max como una amenaza para la continuidad y cohesión de su grupo de amigos, proyectando sobre ella la responsabilidad del comportamiento de Dustin y Lucas. Para Mike y para los chicos, Max es una especie de deidad inmisericorde pero irresistible que aunque les aterra les atrae irresistiblemente.

Muy sano no es.

En la primera temporada se podía atribuir esta dinámica al hecho de que los protagonistas fueran niños y que tuvieran sus grupos de juego separados de las chicas por pura inercia social, pero en la segunda temporada esta visión del género femenino como una especie de alienígena salido de otra dimensión choca de lleno con otro de los problemas claros de la serie: el énfasis en las relaciones románticas y la sexualización de personajes que no tienen más de 13 años. Si no fuera porque es un reflejo preocupante de las expectativas de género que proyecta la sociedad sobre los preadolescentes, sería para echarse a reír. Pero es más bien para echarse a llorar.

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Al salir de clase

Sí amigas, vosotras habíais venido aquí a ver una película de terror, algo de miedo con lo que pasar el Halloween, un grupo de niños huyendo de monstruos terribles que, aunque os lo hacen pasar un poco mal, tenéis la certeza de que acabarán todos sanos y salvos al final de la película. Pero resulta que aquí el monstruo es la pubertad, el sexo y la adolescencia, que se ciernen sobre nuestros protagonistas como un horrible monstruo primigenio más allá del horizonte, cubierto de granos, escuchando música de la que se avergonzará en diez años y con el pelo churretoso.

Pensadlo, triángulos amorosos con niños de 13 años. Personajes -femeninos-  que se agreden entre ellos por celos con 13 años. ¿PERO QUÉ NOS PASA? Además, estando en época de Halloween, era inevitable un desastre como este (Por cierto, no dejéis de visitar nuestro artículo sobre disfraces de Halloween,  digamos, inapropiados):

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Poco más hay que decir, una buena parte de esta segunda temporada se invierte en examinar las relaciones amorosas, y los triángulos amorosos, entre un grupo de niños. Fijaos bien en esta última palabra: niños. Ya se sabe que esto vende, pero los niños de Pulseras Rojas, por lo menos, eran algo mayores. Resulta un elemento que distrae de la trama principal y que mengua el conjunto entero, y por si no hubierais tenido poco, aviso de spoilers, la escena final de la temporada son los protagonistas en un baile escolar, que no puede ser el famoso baile de graduación porque AÚN LES FALTAN CINCO AÑOS, pero en el que de todos modos los chicos flirtean con las chicas y algunos de los protagonistas reciben su primer beso. NIÑOS DE TRECE AÑOS, NOTA.

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Hipermasculinidad y laca Farrah Fawcett

Algo que sí resulta interesante en esta segunda temporada es la representación de una masculinidad –un poco- distinta. Steve, el interés romántico de Nancy en la primera temporada, da un giro marcado a su carácter, rompiendo su relación con Nancy -aunque hay que decir que lo hace de una manera bastante inmadura y que se resuelve en cinco minutos, algo que habría dado para un episodio entero-  y pasando a convertirse en el hermano mayor adoptivo de Mike, Lucas, Max y sobre todo, de Dustin. Steve deja su rol de alfa de instituto para convertirse en un personaje mucho más interesado por el cuidado de los personajes más jóvenes,  algo que se desvía claramente de la norma y más de los roles asignados habitualmente a este tipo de personajes atletas de instituto.

Aunque, como decíamos más arriba, uno de los peores elementos con claridad de esta segunda temporada es la sexualización de personajes preadolescentes, uno de los momentos para recordar de la temporada está protagonizado por Steve hablando con Dustin sobre cómo acercarse a las chicas y también, en un momento de máxima vulnerabilidad, sobre el secreto del imposible peinado de Steve: laca para pelo marca Farrah Fawcett.

Estos secretos de belleza masculinos nos llevan a otro elemento muy interesante de esta segunda temporada de Stranger Things: la hipermasculinidad extremadamente amanerada de los años ochenta. En esta segunda temporada hay dos escenas en las cuales un personaje se arregla el pelo y se acicala frente a un espejo. Ambas están protagonizadas por hombres heterosexuales e hipermasculinos: Steve con su peinado imposible, y Billy, el hermanastro macarra de Max que escucha heavy metal, conduce un coche rápido, y se depila el pecho y se pone gomina frente al espejo. Stranger Things pone la lupa sobre esta pretendida hipermasculinidad natural de los años ochenta que no deja de ser una construcción tan artificial como cualquier otro tipo de maquillaje, y es delicioso.

Por otra parte, Billy es una de las mayores oportunidades perdidas de esta temporada: lejos de examinar la tormentosa relación con su padre y su madrastra, la serie pasa página sobre este tema con literalmente una sola escena de menos de cinco minutos al final de la temporada, convirtiendo a Billy en poco más que una caricatura.

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Pero no se vayan, aún hay más

Con todo, Stranger Things 2 acaba resultando una versión difuminada de la primera entrega, expandiendo su mirada sobre todos los personajes del reparto y diluyéndose irremediablemente como consecuencia. La mayor duración de la temporada -que pasa de seis a nueve episodios de una hora-  también se desaprovecha completamente, puesto que no se presenta el conflicto de la temporada hasta el tercer episodio.

Por otra parte, se nota que Stranger Things es uno de los mayores éxitos de Netflix: sin ningún tipo de pudor se plantan las semillas para una tercera temporada, que ya ha sido confirmada, en medio de unas tramas que en ese momento están en un momento álgido y que no tienen nada que ver, resultando en un episodio que presenta a una hermana postiza de 11. El episodio además fotocopia una de las relaciones entre protagonista y villano más decanas de la cultura popular: la relación entre el Profesor X y Magneto. Por si fuera poco, Netflix ordeña la vaca hasta la extenuación con una serie de entrevistas post serie a los actores y creadores. Las veré, pero me sentiré muy culpable.

Esta segunda temporada de Stranger Things, como decía al principio del artículo, es una secuela de libro. Se ha perdido la magia, todo cambia para seguir igual. Pero no nos vamos a engañar, a todos nos encanta esta nostalgia de unos años ochenta idealizados muy distintos a los años ochenta extremadamente cutres que vivimos en España, donde nadie tenía juguetes de La Guerra de las Galaxias porque valían un dineral, a los recreativos sólo iban los quinquis del barrio y lo que daba más miedo era Leticia Sabater.

Todas las imágenes (C) Netflix.

Marc Bellmunt

Marc Bellmunt

Doctorando en periodismo, realiza una investigación sobre la relación entre los consumidores de videojuegos y sus prácticas comunicativas. Colabora en La Garriga Digital.

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