Sobre penes y escépticos

Este fin de semana, las personas que estudiamos estudios de género hemos visto la luz y nos hemos dado cuenta que nuestra disciplina no vale para nada. Quien nos lo ha demostrado, de forma definitiva, son Peter Boghossian y James Lindsay.

El fraude del pene conceptual

Para ponernos en situación, recapitulemos. Boghossian y Lindsay escribieron un artículo titulado “The Conceptual Penis as a Social Construct” (El pene conceptual como construcción social) para demostrar que los académicos del ámbito de los estudios de género y, más concretamente, su rama posmoderna, son capaces de publicar cualquier cosa siempre que sea complicada de entender y se alinee con una serie de principios comunes y compartidos entre todos ellos.

Para demostrarlo, crearon un falso artículo. Los autores lo escribieron utilizando citas del Postmodern Generator, un algoritmo que crea citas que imitan el pensamiento posmodernista. También utilizaron citas fuera de contexto de autoras referentes del campo, como Judith Butler, así como de artículos que se inventaron.

El artículo fue presentado inicialmente a la revista NORMA: International Journal for Masculinity Studies, una revista que, tal como explican Bleeding Heart Libertarians y he podido comprobar en el enlace, no se incluye dentro de las 115 revistas sobre estudios de género más destacadas. El artículo fue rechazado. En el correo que les notificaba el rechazo, se les sugirió que lo presentaran a la revista Cogent Social Sciences. Cómo se ve en su sitio web, la revista pide a las personas que quieran publicar que hagan una aportación económica, además de ofrecer un feedback constructivo a la hora de pulir tu artículo (vaya, que no parece que sean muy exigentes). El artículo fue aceptado y publicado el 19 de mayo.

Teniendo en cuenta el hecho de que el artículo fue rechazado por una revista que no era de las más relevantes del campo y que fue aceptado en una revista no sólo inferior a la primera, sino con algunas prácticas dudosas, el debate que han abierto los autores podía servir para cuestionar la existencia de revistas como Cogent Social Sciences y sus mecanismos de revisión. Y estoy totalmente a favor que se haga este debate.

Aun así, este hecho fue utilizado por los autores para desacreditar toda la disciplina de los estudios de género. Ellos no fueron los únicos. Muchos divulgadores científicos y activistas pro-pensamiento científico, los llamados escépticos, también subscribieron su postulado. La lástima, no obstante, es que la realidad dentro de los estudios de género es mucho más compleja.

Posmodernismo y estudios de género

La relación del posmodernismo con los estudios de género, dentro del campo mismo, es bastante debatida. Clare Hemmings explica en el libro Why Stories Matter que una parte de la academia feminista ha criticado las visiones de feministas posmodernas por, entre otras razones, no ofrecer respuestas a los problemas que la teoría posmoderna misma identifica, así como por haber creado un marco teórico que se aleja de los problemas materiales de muchas mujeres.

A nivel más general, feministas como bell hooks (sí, va en minúscula) han criticado la ininteligibilidad de algunos textos teóricos feministas, y han llegado a atribuir cierto esnobismo a este estilo. Por otro lado, hay académicos que debaten sobre cómo el uso acrítico de conceptos puede servir para esconder las opresiones que estas mismas palabras pretenden visibilizar. Ejemplos de ello son las consideraciones de Sarah Ahmed sobre los relatos mayoritarios alrededor de la migración y el nomadismo, o las críticas de Nael Bhanji a determinados discursos sobre la condición trans emanados tanto desde la academia como el activismo. Para acabar, Ella Sohat y Clare Hemmings han puesto en entredicho la representatividad de lo que sucede en el feminismo de los Estados Unidos en relación a lo que sucede en Europa.

Como estudiante de un máster de género a una universidad famosa por su aproximación posmoderna, considero que el posmodernismo es útil como perspectiva, si se combina con análisis de contextos específicos. Existe un campo de antropología queer y feminista muy ilustrativa sobre esto.

Falta de rigor... científico

Que Boghossian y Lindsay  ignoren los debates dentro de los estudios de género mismos para, tal como explicaron los autores en Twitter, ayudar a los estudios de género a limpiar su campo de teorías que ellos consideran que hacen más mal que bien*, es todavía más preocupante si se tiene en cuenta que ni ellos –ni los escépticos que los apoyan– parecen aplicar el mismo criterio a la hora de analizar campos de conocimiento científico.

Tal como recuerda Ketan Joshi, dentro del ámbito de las ciencias también existen casos de fraude, como por ejemplo el caso del artículo del activista antivacunas Andrew Wakefield que fue publicado en The Lancet el 1998 –a diferencia de la Cogent Social Sciences, The Lancet es una publicación de renombre–, o el de una conferencia de los EE.UU. sobre física nuclear que aceptó un artículo escrito mediante la herramienta autocompletar del iOS. Tal como recoge Joshi, también existe un algoritmo que genera textos científicos, creado por tres estudiantes del MIT. Y, todavía hoy, existen médicos y farmacéuticos que recomiendan la homeopatía.

Tampoco se tiene que olvidar que, históricamente, la medicina nos ha dejado enfermedades para el recuerdo como determinadas visiones de la homosexualidad; la histeria femenina, o la enfermedad de la cara de la bicicleta, que supuestamente afectaba las mujeres que iban en bicicleta. Y, en Cataluña, no ha sido hasta el 2016 que la condición trans ha dejado de tratarse como una enfermedad. También existe una tradición de racismo científico que incluye la drapetomanía –la enfermedad mental que supuestamente sufrían los esclavos negros de los EE.UU. que querían ser libres–, o la práctica de medir el cráneo de las personas para determinar sus capacidades intelectuales. Y estas teorías no sólo se perpetuaban mediante la validación por parte de otros compañeros de profesión por el simple hecho de que reforzaban ideas preconcebidas, sino que, además, producían ideas sobre raza, sexo, género u orientación sexual que han sustentado sistemas de opresión que, de formas diferentes, se mantienen hasta la actualidad.

A pesar de todos estos ejemplos, la medicina, la física nuclear o la farmacología, no han quedado desacreditadas como tales. En general, muchos de estos fraudes, malas praxis o sesgos, se han descubierto gracias al trabajo de otros científicos. También hay disciplinas del ámbito de las ciencias sociales y las humanidades, entre ellas, los estudios de género, que nos han aportado mucha información sobre por qué estos casos se pueden producir. En mi opinión, tenemos que celebrar que el pensamiento crítico, venga de donde venga, nos ayude a problematizar, confirmar o refutar todo aquello que damos por supuesto. Y, lo más importante, que nos ayude a ver qué sesgos pueden interferir en nuestra interpretación tanto de la realidad como del discurso, así como a identificar malas praxis en todos los ámbitos del conocimiento.

Del mismo modo que, en su día, critiqué la existencia de discursos poco rigurosos científicamente que se envolvían de postulados feministas, considero que también es igual de importante destacar que el asunto del pene conceptual forma parte de una corriente dentro del movimiento escéptico, tanto académico como activista, que niega sistemáticamente cualquier aportación de los estudios de género. Si algo ha demostrado, para mí, el engaño del pene conceptual, es que aquellos que dicen defender la razón y el pensamiento crítico son igual de susceptibles que el resto de personas a creer aquello que confirma sus ideas.

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*Se podría escribir un artículo sobre ello siguiendo la teoría posmoderna. Podría titularse: "La revisión de los estudios feministas posmodernos como forma de perpetuar el privilegio masculino en el ámbito académico".

Imagen principal: captura del artículo.

Marta

Marta

Fundadora y editora de 'Zena'. Periodista especializada en género. Estudiante del Máster en Estudios de Género de la School of Oriental and African Studies de Londres. Beca Nativitat Yarza de Estudios Feministas.

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