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Sexualidad a golpe de pedal

Por Pedro J. Moreno

Mi profesor de cine en la universidad decía que de una misma película habían tantas versiones como espectadores hubiesen en la sala. No será la primera vez que, tras el visionado, decides comentar la película con tus amigos y el mensaje de la misma no tiene una única interpretación. Las vivencias de cada uno juegan un factor importante cuando se trata de sacar conclusiones ante la reflexión que propone la pieza audiovisual.

Lo mismo ocurre con diferentes aspectos de la vida y la sexualidad, que es el tema que nos atañe: se puede ver desde tantos puntos de vista como personas se encuentren leyendo estas líneas. Con ello quiero decir que lo que viene a continuación es tan sólo mi punto de vista particular. Un punto de vista sin pretensión de ser extrapolable a cualquier persona con una minusvalía. Un punto de vista edificado sobre mis vivencias y particularidades. En definitiva, el punto de vista de un joven de 27 años al que la mala fortuna le obsequió con una distrofia muscular que le obliga a hacer uso permanente de una silla de ruedas.

Mi condición física me provee de muchas desventajas, pero también pienso que puedo sacar lo positivo de vivir en una silla de ruedas. La falta de autonomía es un claro obstáculo pero también ha hecho de mí una persona más paciente. Veo a mi alrededor que la gente se estresa cuando lo que quiere no lo obtiene en el momento o a corto plazo. Si yo tengo una necesidad fisiológica, preciso de la ayuda de alguien o un lugar adecuado para cubrir esta necesidad. Si no dispongo de una de ellas, tendré que esperar pacientemente hasta que alguien me socorra y el lugar tenga cierta adaptación. Seguramente alguien con cierta autonomía no se plantea tener que esperar para beber agua si se encuentra solo pero yo, y seguramente muchas personas con discapacidades similares, he tenido que aprender que no todo se puede obtener en el momento, incluso las necesidades más básicas. Todo ello parte de un proceso de aprendizaje que no es especialmente corto y dependiendo de la discapacidad es más o menos progresivo. No sé con exactitud la primera vez que me di cuenta de que las cosas no me iban a suceder como al resto de personas que me rodean, pero si recuerdo, no obstante, momentos significativos ya a una pronta edad.

Sucedió una situación en mi infancia que me hizo ver cómo mis limitaciones me supondrían un impedimento para conseguir según qué cosas. Siempre he vivido a las afueras de mi ciudad y, aunque hoy día la urbe se abre paso, he estado gran parte de mi infancia rodeado de campo. Mi calle es la típica sin salida, una calle cortada donde el paso de vehículos es anecdótico y los niños de entonces jugábamos en ella sin peligro de ser arrollados. Una tarde, estaba jugando con unos vecinos cuando uno de ellos propuso montar en bicicleta para hacer una excursión por los campos que rodeaban nuestras casas. Supongo que la inocencia de una edad tan temprana no les hizo ver que ese plan me excluía pero, sin duda, en mi mente comenzó un proceso de comprensión. Lo primero, y más evidente, es que en esta empresa yo no participaría. Una vez interiorizada la idea y la consiguiente pena, le siguió la extrapolación. No sólo no podría participar esta vez, sino que sería una actividad vetada de por vida e incluso cualquier otra que precisara de una autonomía cuya falta me estaba empezando a molestar. Esta situación, y similares, se repitieron en muchas ocasiones y, al final, aquello que generaba impotencia mutó en resignación que, a su vez, se convirtió en comprensión. De nada servía preocuparme por algo que sería imposible que yo pudiese realizar. Sí es cierto que en otras situaciones se puede adaptar la actividad, pero muchas de ellas son lo que son y al final este proceso emocional queda automatizado y hace que el cambio de la impotencia a la comprensión sea un proceso más rápido.

Con el tema de la sexualidad ocurrió algo parecido. Como a cualquier ser humano, a mí también me llegó el momento en el que te empieza a interesar el sexo opuesto. Un resorte salta en ti y empiezas a notar que aquellas chicas, con las que antes aspirabas a una relación de amistad, de golpe captan tu interés de una manera más profunda. En un principio pensé que la falta de una relación afectiva con el sexo femenino se debía a mi temprana edad y que aquello que se supone que hay que hacer tal como galantear, encontrar pareja y compartir tu vida con ella, llegaría más adelante. Lo mismo se aplica a la idea del acto sexual en sí. No obstante, fui creciendo y, a su vez, me fui dando cuenta de que mi condición física también me pondría trabas para cumplir con aquello que se considera el proceso natural o normal. De nuevo hizo acto de presencia la bicicleta y empecé a ver claro que el camino que iba a recorrer sería distinto al de mis compañeros. No digo que alguien sin una discapacidad tenga asegurada una pareja y una vida sexual activa pero es cierto que, en nuestro caso, es un añadido que dificulta la meta.

Dejando a un lado que mi enfermedad no afecta para nada al buen funcionamiento de los órganos sexuales, la dificultad para consumar el acto radica en otras cuestiones. Es evidente que para llevar a cabo el acto es necesario un mínimo de dos personas y es aquí donde está la principal dificultad que, como ya he dicho, dudo que sea exclusiva de una persona con discapacidad.

A mi parecer, dos son las vías más comunes para mantener una vida sexual activa. La primera, y más obvia, es disponer de una pareja estable con la que consumar el acto y que popularmente se le conoce con el nombre de “hacer el amor”, una acción que de por si implica compartir más que simple placer. No tengo claro si la dificultad para encontrar pareja estriba únicamente en mi condición física y posiblemente sea que yo no resulto atractivo como persona. Aun así, varias situaciones con las que he lidiado me dan indicios de cómo mi situación puede afectar. Por un lado, lo que creo que puede ofrecer más dificultad es el miedo, un miedo a lo exótico de mi circunstancia. Más de una vez me han llegado a confesar, cuando hay cierta confianza, que en un principio tuvieron recelo de acercarse a mí por temor a hacerme daño tanto física como emocionalmente. Aún hay veces que personas con cierta confianza tienen reparo en preguntarme sobre ciertos temas. Una vez superado este filtro lo más que ha quedado es una relación de amistad. Igualmente, me planteo qué pasaría si la relación de amistad trascendiera a algo más. Quizá sería incapaz de abordar este tipo de vínculo porque pienso que si realmente quiero una persona yo no sería el indicado para hacerla feliz. Recuerdo el caso de una persona que conocí. Él era un joven sin ningún tipo de discapacidad y con pareja. Un día de playa con los amigos fue a sumergirse desde la orilla con tan mala suerte que golpeó su cabeza en un banco de arena y se fracturó la columna vertebral, con su consiguiente tetraplejía. A parte de tener que luchar con su nueva vida, decidió que su relación con su pareja debía terminar ya que no se veía capaz de hacerla feliz. No tengo claro si fue una decisión egoísta o incluso una excusa, pero tengo claro que, llegado el momento, sería algo que me plantearía.

La segunda vía es la del sexo por puro placer, el esporádico, sin compromiso, fruto de dos o más personas que lo realizan de mútuo consentimiento. En este caso creo que tengo bastante claro que lo que prima es la atracción física y no hablo de tener un cuerpo como marca el canon. A cada uno le atrae un aspecto físico concreto, pero lo que sí he encontrado es que un cuerpo con una discapacidad no es atractivo ni atrayente, exceptuando alguna que otra parafilia cuya existencia considero más bien anecdótica.

Aquí, además del miedo que ya he citado, entra en juego que no somos considerados una figura erótica o que ni siquiera se nos tenga en cuenta como personas aptas para el acto sexual. Muchas veces, además, se nos mete a todas las personas con diversidad funcional en el mismo saco y no tiene por qué ser así. Para esta idea vuelvo a recurrir a mi archivo de anécdotas que me hicieron reflexionar. En plena adolescencia me encontraba en mi sesión de natación con la fisioterapeuta cuando, en un descanso, me comentó que el día anterior había estado viendo un documental sobre cómo era la vida en pareja con un tetrapléjico. Lo que más le llamó la atención fue que para consumar el acto el discapacitado se inyectaba una suerte de químicos para lograr una erección. Acto seguido la pregunta era casi obligada y la duda sobre si yo podía conseguir una erección de forma natural no se hizo esperar. Hasta entonces para mí era obvio que una persona cuya columna ha sido seccionada tuviese problemas para adecuarse en pos de realizar el acto. No obstante, no pensaba que alguien pudiese dudar de que otras personas con distinta patología tuviesen el mismo problema y es que, si hago el esfuerzo de verlo desde fuera, entiendo que gente ajena a nuestro exotismo lo pueda pensar. La silla de ruedas nos reduce a todos los discapacitados a un mismo tipo de persona cuando la variedad de discapacidades y sus limitaciones son de lo más variopintas.

Una broma recurrente entre los amigos es la intención de regalarme los servicios de una meretriz. Lo que en un principio decían con intención de mofa, el paso del tiempo ha diluido la frontera entre el chiste y la verdadera intención. Mis amigos no son los únicos que aconsejan el uso de la ayuda profesional. Desde que el sexo ha suavizado su condición de tabú han surgido colectivos que defienden la experiencia sexual como necesidad básica y derecho de todo ser humano. De esa idea surge la figura del asistente sexual que puede servir como puente entre dos personas o asistir ella misma en el proceso, como ya se hace en Japón con la organización sin ánimo de lucro White Hands.

No sé hasta qué punto puedo considerar esto como sexo. El acto sexual es un acuerdo mútuo de dar y recibir placer y yo, personalmente, no estaría cómodo sabiendo que estoy obligando a alguien a hacer algo que, en el fondo, no quiere o se lo está tomando como un trabajo. Deja de ser persona para convertirse en herramienta.

A menudo pienso que a mi entorno le preocupa más que a mí el poder cubrir estas necesidades. No voy a engañarme, claro que me gustaría saber qué es tener una pareja, compartir experiencias e intercambiar placeres, pero, de la misma manera que otras situaciones me han enseñado a ser paciente, pienso que es algo que si tiene que ser será. De todas formas, desde el punto de vista físico es más probable que pueda consumar el acto sexual que hacer una excursión en bicicleta.

 

Ilustración: Nora Soler Pastor.

NOTA: Este artículo se incluye dentro del ciclo sobre la sexualidad vista desde la diversidad funcional y la salud mental.

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