Sexo, drogas y Rock&Roll: La feminidad de Caitlin Moran

Cómo se hace una chica (2014), probablemente otra novela chick-lit que pretende describir qué es ser una chica en el siglo XXI, utilizando como modelo a una atractiva joven residente en la gran manzana con un buen trabajo que intenta llevar al día novios, depilación, manicura y vida social. Caitlin Moran es la autora detrás de este estereotipado título, cuya historia no tiene nada que ver con lo previamente descrito. En su segunda novela, la escritora y periodista inglesa habla sobre mujeres hechas a sí mismas y de cómo madurar sin, literalmente, morir en el intento.

Johanna Morrigan es la protagonista de esta historia, una adolescente en los años noventa intentando encontrar su lugar en el mundo, descifrando quién quiere ser y al mismo tiempo descubriendo su sexualidad. Johanna forma parte de una familia numerosa que vive en una vivienda de protección oficial en Wolverhampton. Durante esos inestables años camino a la edad adulta su inocencia y peculiar sentido del humor la llevan a cometer dos errores: confesar que su padre recibe una ayuda económica que no le corresponde y protagonizar el mayor de los ridículos por televisión haciendo una de sus incomprendidas bromas que acaba en una entusiasmada imitación de Shabby de Scooby Doo.

Estas monumentales meteduras de pata son el detonante para la transformación de Johanna, quien llega a la conclusión que la solución a todos sus problemas es el dinero ¿Pero quién contratará a la chica que hizo el ridículo delante de media Inglaterra? Es por eso que Johanna se crea un alter ego, Dolly Wilde (sobrina de Oscar Wilde) que, como ella describe “era una lesbiana alcohólica, tope escandalosa y murió muy joven”.

El primer paso en la transformación de adolescente a mujer de Johanna es la creación de Dolly. Esta metamorfosis es representada como una pared en blanco y Johanna va añadiendo pinceladas según lo que ella considera que es ser, no sólo una chica, sino una chica “guay”. Este último detalle añade presión a todo el proceso de construcción y encuentra conflicto entre lo que Johanna cree que es guay, lo que realmente lo es e intentar que su verdadera yo no tome control de su alter ego con sus chistes malos, gustos musicales y referencias literarias que usa como modo de guía para la vida. Es por eso que Dolly se vuelve gótica, casi terminando con todas las existencias de eyeliner de Wolverhampton, y decide trabajar como redactora para una revista de música.

A parte de vestir de negro, llevar un sombrero de copa a lo Slash de Guns&Roses, parecer un oso panda y aficionarse a las bandas emergentes del momento, entre los requisitos de Johanna para convertirse en una chica (guay) está el sexo. En mi opinión, este es el tema que ha hecho que Moran sea considerada una de las autoras más transgresoras del momento y que su obra haya cosechado tal éxito que se haya convertido en un best seller. Los mejores momentos de la novela son aquellos en los que Moran habla de sexo, no porque encontremos escenas de cama baratas que hagan la lectura más “amena”, como he dicho antes esto no es chick-lit, sino por cómo lo hace.

Es su libertad, cómo habla del tema con descaro y sin vergüenza y cómo en vez de convertir los errores de la inexperiencia en dramas, consigue reírse y que te rías de ellos. Para algunos quizás aborda el tema con demasiado descaro, demasiado “como un hombre” hasta el punto de, como confesó en una entrevista para un periódico español, “haber sido llamada macho por hablar de la masturbación femenina”. A pesar de estar en el siglo XXI, pues, parece ser que nosotras todavía no podemos hablar de ciertos temas como lo hacen ellos. Y es que la novela empieza fuerte, con una Johanna de 14 años masturbándose en la cama mientras su hermano pequeño duerme al lado. A pesar de querer convertirse en una chica, quizás demasiado rápido, es en los momentos más íntimos de Johanna donde la inocencia la sigue acompañando; creyendo que la autoridad le llegará cuando bese o se acueste con alguien o que quitarle la camisa a un hombre equivale a sentirse mujer.

La banda sonora de la novela también merece ser mencionada. A lo largo de la historia a Johanna le acompañan las grandes bandas de los noventa como The Smashing Pumpkins, Blur o Hole, pero también clásicos como U2, Tina Turner o los Bee Gees. Este hilo musical mezclado con el agudo sarcasmo de Moran recuerdan a las novelas de Nick Hornby.

Finalmente, a pesar de que Johanna sea una adolescente de los noventa intentando averiguar de qué va la vida, Moran hace que sea sencillo sentirse identificado con ella sea cual sea nuestra edad. No obstante, la protagonista es un tipo muy concreto de chica: mujer blanca heterosexual de clase media baja, y ello hace que el feminismo de Moran se quede corto y no tenga alcance a todas las mujeres.

Imagen de portada: Caitlin Moran. Fuente Wikipedia.


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