'Scaramouche': ¿un musical feminista?

Scaramouche es el título de una novela italiana de Rafael Sabatini publicada en 1921, y de una película de George Sidney, estrenada en 1952. También es el nombre de la adaptación al teatro musical que ha hecho la compañía catalana Dagoll Dagom (Teatre Victoria -muy apropiado-), que la promociona como "una gran comedia musical de aventuras, amor y revolución", tres adjetivos que también le irían como un guante a musicales como Les Misérables o Hamilton, e incluso, si me tiráis la lengua, Wicked. Es la fórmula mágica infalible, y más si, como pasa en este caso, va acompañada de humor y una estudiada voluntad de no tomarse demasiado en serio que le da la frescura y originalidad de la que en muchas ocasiones la épica carece. Scaramouche funciona, y funciona muy bien, con un reparto excelente donde cuesta destacar ningún nombre porque el talento individual que cada actor y actriz es excepcional, pero lo tengo que decir: Mireia Mambo Bokele (Sister Act), reina indiscutible, brilla como nadie. Ivan Labanda (Polonia) clava su papel de malvado-que-hace-gracia, y Toni Viñals y Ana San Martín (Mar i Cel) enamoran.

Scaramouche, increíbles decorados y excelente música en directo aparte, es un musical sobre la Revolución Francesa de 1789 (que cada vez, como todos los levantamientos populares de la historia, suena menos como una fantasía histórica y más como una salida a la distopia que estamos viviendo), que, en clave feminista, quizá como la Revolución misma, pasa de curso con un Notable bajo: a pesar de no aprobar el test de Bechdel (los tres personajes femeninos no hablan entre ellas de nada que no sea el interés romántico común, Scaramouche), estos tres personajes tienen un protagonismo muy destacado, y tramas más o menos apartadas del componente romántico: Olympia no quiere casarse con el marqués, quiere revolucionarse; y Camila quiere triunfar en aquello que domina, el mundo del espectáculo. Y no sólo lo dicen, sino que lo cantan, en el centro del escenario, el empoderamiento femenino hecho número musical.

Camila, Maria Antonieta y una OC/campesina revolucionària. Fuente: Dagoll Dagom.

Camila, Maria Antonieta y una OC/campesina revolucionària. Fuente: Dagoll Dagom.

¿Son feministas, Olympia y Camila? En mi opinión, sí. Olympia reclama lo que las mujeres feministas de su clase social escribían y debatían, y Camila expresa la frustración de la clase trabajadora que quiere sobrevivir, y hará lo que haga falta para conseguirlo. Por lo tanto, estos dos personajes representan dos clases sociales diferentes que salieron a la calle -de maneras diferentes- el 1789, por razones diferentes... o no tanto. Es por eso que, para responder la pregunta que nos plantea el titular "Scaramouche: ¿un musical feminista?", nos tenemos que remontar en el siglo XVIII y explorar el contexto social e histórico de la lucha femenina y/o feminista en el seno de la Revolución.

A pesar de tener lugar en el seno de la Primera Ola del Feminismo, la Revolución Francesa no se caracteriza especialmente para ser un movimiento empoderador para la mujer: liberté, egalité, fraternité, como de costumbre, no va para todo el mundo. Aun así, como en todo grande cambio sociopolítico, la llama de la revolución no dejó a las mujeres francesas indiferentes: a pesar de la oposición masculina general y la indiferencia política hacia los derechos de la mujer (con la excepción notable de algunos hombres como Condorcet, marido de Sophie Grouchy,-salonnière, traductora e intelectual-, quién hizo campaña para que el nuevo gobierno Republicano admitiera el sufragio femenino), las francesas se involucraron activamente en la Revolución: desde la esfera privada privilegiada de las Salonnières, mujeres de clase alta que reunían en sus salones a los pensadores del momento, aprovechando el control de la esfera privada que les confería el patriarcado, como Germaine de Staël; hasta la acción política popular, como Théroigne Méricourt, quién fundó las Amis de la Loi, una sociedad encargada de transmitir las ideas políticas revolucionarias a la población, la lucha feminista a través de la imprenta, como el ensayo Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana de la pensadora Olympe de Gouges, que reclamaba el status de ciudadanas para todas las mujeres francesas a quienes el nuevo gobierno pretendía ignorar; y a la lucha armada de sans-culottes como Pauline León, quien no sólo se dirigió a la Asamblea Legislativa en nombre de todas las mujeres de París sino que fundó la Société des Républicaines-Révolutionnaires (Sociedad de las Republicanas Revolucionarías) con Claire Lacombe, (actriz, como Camila) quien luchó con los revolucionarios durante el asalto a las Tuilleries.

Hace falta no olvidar tampoco a los centenares de mujeres que protagonizaron la Marcha en Versailles, (a pesar de que suficiente trabajo tenían al reclamar pan para pensar en su condición de ciudadanas) la que es considerada la primera gran acción de la Revolución.

La Marcha de las Mujeres en Versailles, Octubre de 1789. Fuente: Susan Rosenthal.

La Marcha de las Mujeres en Versailles, Octubre de 1789. Fuente: Susan Rosenthal.

Por lo tanto, a pesar de que podríamos decir que la Revolución no fue feminista, sin duda alguna enseñó el camino a la Primera Ola del Feminismo que acabaría consiguiendo el voto femenino, y tuvo una alta participación femenina en los diversos ámbitos de la lucha. Scaramouche ilustra dos de estos ámbitos y como la clase social influía la manera como cada mujer se apropiaba de la revuelta por o bien influir o participar activamente en la Revolución.

Imagen de portada: promocional del musical. Dagoll Dagom.

Francesca Blanch Serrat

Francesca Blanch Serrat

Doctoranda en Literatura Inglesa del siglo XVIII con perspectiva de género por la Universidad Autónoma de Barcelona.

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