¿Operadora? Con Victoria Kent, por favor

En 1928 las mujeres éramos algo así como adornos que se llevaban a las fiestas para presumir de ellos, objetos sin poder de opinión ni decisión. Es cierto que la vida no era fácil para nadie, pero mucho menos si eras mujer. Si eras mujer, en 1928 ser libre era algo que parecía inalcanzable, porque para la sociedad las mujeres solo éramos amas de casa, madres, esposas; no teníamos derecho a tener sueños ni ambiciones.

Para buscar un futuro muchas tenían que marcharse lejos, y otras tenían que enfrentarse a las normas de una sociedad machista y retrógrada. Al final todas, ricas, pobres, queríamos lo mismo: ser libres. Y si para eso había que quebrantar la ley, estábamos dispuestas a hacerlo sin importarnos las consecuencias...

Así empieza Las Chicas del Cable, la primera serie original de Netflix española, y así encapsula sus principales defectos en poco más de un minuto: un ahistoricismo que chirría y limita las posibilidades de la serie, un feminismo hueco que no supera el eslógan, y un voice-over que sólo aportaría algo si lo narrara Joanne the Scammer.

Las Chicas del Cable es una creación de Bambú Producciones, el equipo detrás de Velvet, La Embajada, Bajo Sospecha (Antena 3) y Seis Hermanas (TVE), entre otras. Tal vez la estructura de la serie venga de la trayectoria televisiva de los creadores, Ramón Campos, Teresa Fernández-Valdés y Gema R. Neira, ya que parece más pensada para el prime time tradicional que para el atracón de episodios sin anuncios: los personajes repiten sus motivaciones casi en cada capítulo (“quiero seguir mis sueños”, “tengo que robarlo”, “tengo que enfrentarme a mi padre”, “aún te quiero”) por si se te ha olvidado, mientras que cada episodio tiene un tema sobre el que la narradora reflexiona, como si de Anatomía de Grey se tratara. Las repeticiones y la estructura convencional le hacen un flaco favor a la serie, que intenta abarcar distintos géneros, desde el melodrama hasta el thriller y la comedia de situación, pero nunca llega a pisar fuerte en ninguno.

Carlota, Lidia, Marga y Ángeles tienen un plan. (Fuente: Netflix)

Hay cuatro protagonistas en Las Chicas del Cable, y las habréis conocido en los carteles del transporte público si vivís en una gran ciudad. Los carteles son individuales, y cada personaje aparece acompañado de un adjetivo: “apasionadas”, “valientes”, “divertidas” y “frágiles”. Efectivamente, cada heroína tiene su propia trama en un registro distinto: echémosles un vistazo.

Lidia” es el nombre falso de Alba (Blanca Suárez, El Internado), que está atrapada en una especie de trama mafiosa que jamás parece de vida o muerte. Su objetivo de robar la caja fuerte de la Compañía Telefónica la lleva a convertirse en telefonista, a reencontrarse con su amor de juventud, Francisco (Yon González, El Internado), que expresa poco más que un ligero arrepentimiento, y a conocer a Carlos (Martiño Rivas, El Internado*), que parece pasarlo pirata. Francisco y Carlos son literalmente cuñados; hay infartos, suegras desagradables, conversaciones apasionadas. Ya os podéis imaginar cómo va la cosa; si lo que queréis es una trama detectivesca con ambientación de época y tensión sexual bien articulada, elegid Miss Fisher’s Murder Mysteries, también disponible en Netflix.  

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La verdadera dicotomía de género: Hard bro y soft bro. (Fuente: Netflix)

Marga (Nadia de Santiago, Las 13 Rosas) es la chica de campo recién llegada a la ciudad; ella da el repunte tierno y divertido a los dramones que se desarrollan a su alrededor. Ángeles (Maggie Civantos, Vis a vis), la mejor en su trabajo, vive con un marido que la maltrata; la serie hace el esfuerzo de mencionar el desamparo total que el sistema legal ofrecía a mujeres como ella, pero no va más allá de clichés ni desarrolla su personaje lo suficiente. Carlota (Ana Fernández, Los Protegidos) se rebela contra la convencionalidad asfixiante de su padre, coronel, y nos lleva a escenas de un feminismo más público, con referencias a Victoria Kent y las Sinsombrero incluídas.

Así, podría parecer que Las Chicas del Cable hace hincapié en distintos aspectos de la lucha feminista, y es cierto hasta cierto punto. A parte de tramas alrededor del acceso de las mujeres a la vida laboral y política y sus derechos dentro del matrimonio, también se plantean sexualidades no-normativas mediante la relación entre Carlota y Sara (Ana Polvorosa) que termina por incluIr a Miguel (Borja Luna): por supuesto, solo las sufragistas progres exploran la vida más allá del heteropatriarcado (no veo el triángulo amoroso principal solucionándose de la misma manera, aunque ojalá me equivoque), y tampoco se dedica tiempo suficiente al desarrollo de su relación ni a las identidades de sus participantes.

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Sara sabe lo que hace. (Fuente: Netflix)

¿Dónde está el problema, pues, más allá de la falta de tiempo? El problema con Las Chicas del Cable es que solo trata el feminismo desde el eslógan, el cliché, el diálogo torpe, lo ya sabido y aceptado. Cuando los personajes hablan de la lucha por los derechos de las mujeres, lo hacen con la sutileza de un yunque en los Looney Tunes -aunque parece que ni así le ha calado el mensaje a Yon González- y sin una pizca de visión interseccional. No se menciona el presente colonial de España en los años veinte, ni el protectorado en Marruecos ni Guinea Ecuatorial; los personajes de estatus social más bajo son el contrapunto cómico; apenas hay comunicación entre las telefonistas. Las cuatro heroínas pueden haber construido su pequeña sororidad, pero solo como reacción a distintas amenazas -puede ser una historia sobre lucha y superación, pero también debería haber arte, discurso y algo de conexión humana. Si a El Ministerio del Tiempo se le puede criticar una presentación de las mujeres empoderadas como excepciones -aunque su número lo desmienta- Las Chicas del Cable cae en el mismo error con mucho más énfasis y decisión; irónicamente, la calidad de la serie cae en picado cuando intenta ser explícitamente feminista.

Formalmente, Las Chicas del Cable parece beber de la fuente de El Gran Gatsby de Baz Luhrmann: hay muchísimo brillo y música pop. Sin embargo, si las canciones de Jay-Z subrayaban los temas de la novela de F. Scott Fitzgerald y aportaban a la estética de la película, la banda sonora anacrónica de Las Chicas del Cable no consigue el mismo efecto. El vestuario debería ser una herramienta clave a la hora de desarrollar los distintos personajes: el diseño cuadra con las distintas personalidades de las protagonistas, pero las siluetas y los peinados hacen bastante difícil distinguirlas. La relación entre la moda de los años veinte y la incorporación de las mujeres al mundo laboral urbano (con las faldas y las melenas cortas) es bien conocida; sin embargo, Las Chicas del Cable pierden la oportunidad de presentar más variedad de cuerpos, estilos y perspectivas.

Ya hay una segunda tanda de episodios de Las Chicas del Cable prevista, que seguramente desarrollará la trama política (¡espionaje! ¡golpes de estado! ¡llamadas de bromi al señor monarca!) en la que espero que participen las cuatro protagonistas, ya que la serie brilla más cuando comparten escena. Ya se ha apuntado a la exploración de la identidad de género más allá de la sexualidad; soy poco específica, pero nos han dado más bien poco con lo que trabajar. Como mínimo, hay material para juegos de beber (¡chupito de anís por cada “pelandrusca”!) y mucho espacio para mejorar.


* Sé que han trabajado en más cosas. Dejadme vivir.

Imagen destacada: Netflix.

Jana Baró

Jana Baró

Doctoranda en literatura inglesa de entreguerras. Investigando sobre historia, moda, fandom y comunidades lectoras.

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