Nostalgia| 'X-Men' (2000)

Confía en unos pocos. Teme al resto.

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Partiendo la pana, invitando a la peña. (Fuente: YouTube)

El futuro lejano; el año 2000. No había blockbusters de superhéroes en el cine mensualmente, ni se habían estrenado las primeras películas de Harry Potter o El Señor de los Anillos. Bill Clinton presidía los Estados Unidos, Myspace y Operación Triunfo no habían llegado todavía, y una alegoría sobre la opresión a las minorías protagonizada por hombres blancos implícitamente heterosexuales aún resultaba creíble.

Este era el panorama en el momento del estreno de X-Men, una adaptación cinematográfica de los cómics de Marvel del mismo nombre que arrancaron en 1963 de la mano del dúo dinámico formado por Stan Lee y Jack Kirby. Una confesión (¡oh, piedad!): X-Men fue la primera película que descargué mediante eMule, y la que inició mi interés por el género de los superhéroes, a medio camino entre la fantasía y la ciencia-ficción.

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Hugh Jackman inicia su carrera en Hollywood con una declaración de intenciones.

Y no sólo me interesó a mí; tras el éxito de X-Men no sólo llegaron sus interminables secuelas, sino también las predecesoras de los universos cinematográficos de Marvel y DC como Spider-Man (2002), Daredevil (2003), la tróspida Catwoman (2004)Elektra (2005), Fantastic Four (2005) y, por mucho que se tienda a considerarla un fenómeno aparte, Batman Begins (2005). No hay que olvidar el hito de culto Blade (1998), basada en el héroe vampiro de Marvel, pero su influencia estética es más obvia en Matrix (1999) que en las demás adaptaciones cinematográficas de cómics.

He vuelto a ver X-Men por primera vez desde hace casi una década, y ha resultado que todo lo que recuerdo de ella es exactamente lo que pasa -dicho de otra manera, es mucho más sencilla de lo que esperaba. La trama es bien conocida: la humanidad empieza a asumir la existencia de los mutantes, gente con poderes especiales, y les teme.

Entre los mutantes encontramos a Charles Xavier (Patrick Stewart) y sus alumnos Tormenta (Halle Berry), Cíclope (James Marsden) y la doctora Jane Grey (Famke Janssen), que quieren proteger a la humanidad; Magneto (Ian McKellen), Mística (Rebecca Romijn-Stamos) y sus seguidores prefieren doblegarla antes que ser perseguidos. Al equipo del Profesor Xavier se unen la fugitiva Pícara (Anna Paquin) y el indestructible Lobezno (Hugh Jackman, que en esta entrega está mazado pero dentro de estándares humanos).

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Pre-mechas de Urdangarín.

El conflicto de este episodio -un senador quiere registrar a los mutantes, a Magneto le da mala espina y con razón, la cosa se sale de madre, el senador acaba literalmente convertido en charco (¿?)- es lo de menos; la verdadera tensión, la columna vertebral de la saga, es la profunda conexión y tensión ideológica entre Magneto y el Profesor X, némesis y compis de toda la vida.

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¡Es simbólico, tíos!

Lo realmente sorprendente de X-Men, vista hoy en día, es lo extraña que parece. Si bien sigue las fórmulas de la mayoría de películas de superhéroes a nivel narrativo -y es cierto que no pertenece al MCU- queda fuera de las líneas estéticas que esperaríamos ahora en 2017, tanto de los colores vivos, diálogos con humor y énfasis en los personajes de Marvel como de los colores apagados, la destrucción y la miseria de DC. No hay referencias culturales, ni música memorable, ni montajes de presentación de los personajes ni de entrenamiento, ni escenas de persecución ni de acción caóticas. De hecho, apenas hay diálogo. Y no hace falta:

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Icónico.

Está claro que detrás de la producción de X-Men hay una negociación cuidadosa de cómo hacer películas de superhéroes. Visto con perspectiva, parece un experimento para ver qué elementos funcionan y cuáles no; Cíclope menciona que llevar licra amarilla (una referencia al vestuario de Lobezno en los cómics) sería ridículo, pero Tormenta y Magneto llevan capas, y en ningún momento se justifica por qué la Patrulla-X lleva uniforme -la única explicación que se me ocurre es que les parece guay, lo que cuadra con la personalidad de Charles Xavier en las precuelas.

La tecnología que usan los personajes, desde la maquinaria maligna de Magneto hasta Cerebro, el ordenador/GPS del Profesor X, tienen los diseños angulares y grandilocuentes de los cómics, y no parecen en absoluto prácticos. ¿La forma de disimularlo? Tanto el vestuario como los interiores son negros y plateados, disimulando el posible ridículo con una estética sofisticada del fin del milenio. Buenas noticias -al contrario que los colores excesivos de La amenaza fantasma y los efectos especiales cutres de Battlefield Earth, los aspectos visuales de X-Men han aguantado el paso del tiempo. Bueno, menos esto:

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Marchando una sala muy grande con una puerta muy pequeña.

¿Vale la pena volver a ver X-Men? Sí, sobre todo si veis X2 después, que mola más. Es un portal a un momento en que el género superheroico no estaba absolutamente saturado, sino que resultaba novedoso tras un par de décadas en las que lo más interesante habían sido las películas de Batman.

Ver a mujeres blancas y personas de color como eternos secundarios, y no ver gente LGTBQ en ninguna parte, incluso en tramas tan políticamente comprometidas como las de la Patrulla-X, que se había dedicado al movimiento por los derechos civiles y que el director Bryan Singer había planteado como alegoría contra la intolerancia, no era señal de que las películas nunca llegarían al nivel de representación de los cómics, sino de que la representación estaba al caer. Seguramente X-Men no fue todo lo interesante, creativa y emotiva que podría haber sido -pero hizo un buen trabajo.


Imagen y capturas de pantalla: 'X-Men' (2000).

Jana Baró

Jana Baró

Doctoranda en literatura inglesa de entreguerras. Investigando sobre historia, moda, fandom y comunidades lectoras.

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