Nostalgia| 'Strictly Ballroom'

Estéticamente, El amor está en el aire (Strictly Ballroom) es a la danza lo que Mad Max es a los coches.

Dicho esto, dejadme justificarlo. Ambas son australianas. Ambas se articulan en una saga en la que se desarrolla más una temática que una narrativa; la de George Miller es bien conocida, y la de Baz Luhrmann es la "Trilogía del telón rojo", que continúa con Romeo + Julieta (1996) y Moulin Rouge! (2001) y se centra en las artes escénicas. Ambas presentan una realidad distorsionada, habitada por arquetipos que se expresan de forma histriónica y francamente bizarra, donde cosas que damos por sentadas - que las competiciones de baile están para pasarlo bien un rato, o que conducir está guay - se exageran hasta el infinito y más allá. Finalmente, ambas son comparables a un carajillo preparado con Redbull.

Si no habéis visto esta maravilla del séptimo arte (y lo digo de todo corazón), aquí va un resumen. Strictly Ballroom (1992) sigue el dilema del joven bailarín de salón Scott (Paul Mercurio): pierde una competición importante porque usa sus propios pasos, que no son estrictamente de salón (gasp) y avergüenza a su madre y a la comunidad bailarina entera. Por supuesto, debe encontrar una nueva pareja de baile, y quién mejor que Fran (Tara Morice), la novata / patito feo. En la siguiente competición, ¿seguirá su corazón o hará feliz a su familia?

No faltan los montajes de aprendizaje combinados con montajes de amor (mientras suena el temazo "Time after time" de fondo), y como en cualquier película de danza que se precie (¡Billy Elliot! ¡Footloose!), las emociones se expresan mediante Bailes Enfadados. Hay enredos, tramas de corrupción, miradas a cámara, juegos con el estilo mockumentary, confusión y, sobre todo, looks noventeros y muchísima laca.


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EL DRAMA

Strictly Ballroom resulta especialmente interesante vista desde aquí, ya que el Otro cultural (ya sabéis: exótico, místico, incomprensible, intuitivo, irracional) es el español. Fran es hija de inmigrantes españoles, aunque nunca se dice de manera explícita y todos los miembros de su familia tienen acentos ligeramente distintos. Scott consigue canalizar su impulso creativo y encontrarse a sí mismo al aprender el pasodoble, y tanto en el baile final como en el póster aparece en traje de luces, mientras que Fran va de flamenca. La "pasión hispana" de la familia de Fran es tan exagerada que es claramente paródica, lo que expone las narrativas donde aparece un Otro misterioso y seductor como absolutamente artificiales, un cliché más fruto de fantasías basadas en estereotipos.

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Ole.

La fuerza narrativa cae sobre el protagonista masculino, Scott, mientras que Fran está siempre en un segundo plano. Tal vez sea porque las ambiciones de ella son más cotidianas: en vez de convertir los bailes de salón en una obsesión, Fran sólo quiere aprender a bailar, sentirse bien consigo misma y conectar con su familia. Ella es quien se convierte en el soporte emocional y la que crea vínculos al presentar a Scott a su padre y abuela, pero su relación con la danza apenas se explora. A este papel mínimo se añade el hecho de que tiene que pasar por un makeover - un cambio de imagen a algo más normativo - para ser considerada atractiva. Sin embargo, no hay escena de compras y maquillaje sino una evolución sutil a medida que gana confianza. A lo largo de la película, Fran se aferra a sus deseos por pequeños que sean y tiene un arco ben construido: de entre todos los personajes, parece la única humana.

Para muchos críticos esta es la mejor película de Baz Luhrmann. Fue su primer largometraje y ganó una gran cantidad de premios, además de merecer un aplauso de un cuarto de hora en el festival de Cannes. Curiosamente, parece que el director empezó usando el estilo grandilocuente, melodramático y barroco que ha caracterizado todas sus obras - desde Romeo + Julieta, la mejor adaptación de esta obra (y me pelearé en un párking del Lidl con quien diga lo contrario) hasta The Get Down - para la parodia y la ironía, cuando en Australia pareció tomárselo en serio pero fracasó estrepitosamente.

Junto al reconocible estilo de Luhrmann, que incluye zooms dramáticos y efectos sonoros que hacen fiummmm sin que haya mucha necesidad, está Catherine Martin, la australiana más oscarizada de la historia. Diseñadora de producción, sets y vestuario, Martin empezó a trabajar con Luhrmann en la universidad y ha participado en todas sus producciones. Además, llevan veinte años casados. Ella es la responsable de los colores vivos, las cosas que brillan (que en la filmografía de Luhrmann son muchas), el decorado lleno de velas de la tumba de Julieta, el lujo decadente y el kitsch. Gracias por todo, Catherine Martin. Llámame cuando te vaya bien.

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Catherine Martin y sus primogénitos. (Fuente: Sydney Morning Herald)


Imagen principal e imágenes: Strictly Ballroom (1992)

Jana Baró

Jana Baró

Doctoranda en literatura inglesa de entreguerras. Investigando sobre historia, moda, fandom y comunidades lectoras.

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