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“Muchas de las leyes represivas contras los homosexuales en África son de la época colonial”

Marc Serena es periodista y autor de ¡Esto no es africano!

Tengo 31 años. He trabajado mucho en la radio, he estado en diarios y en la televisión. He escrito tres libros. El primero, La vuelta a los 25 (2011), es un viaje por el mundo a través de la gente joven. El segundo, Esto no es africano (2013), viaja del norte al sur de África a través de los amores prohibidos. El tercero espero que aparezca a finales de año y es un retrato desde la ruralidad catalana contemporánea a nuestros orígenes. La intención de los tres es dar voz a personas que normalmente no la tienen.

¿Cómo se te ocurrió trabajar la sexualidad en África, concretamente el colectivo LGTBI?

Hay muchos libros que hablan de género, sexualidad, sexo y África, pero no encontraba ninguno que cruzase todos los temas. Llegué a la conclusión que la injusticia más repetida en el mundo, y de la que era menos consciente, era la de las personas que son perseguidas por su razón de ser o de querer. En el mundo hay 76 países donde se criminaliza la homosexualidad. Cuando lo miras en el mapa, ves que la mitad están en el continente africano.

Mi abuela estuvo suscrita durante mucho tiempo a Mundo negro, la revista con la que más españoles han conocido África, y aún no ha publicado nada de eso. Me parece muy fuerte que una revista que habla de las personas más vulnerables del mundo olvide que hay gente que sufre violencia, que son rechazadas por su familia, que en prisión sufren violencia sexual y que son extorsionadas, por culpa de algo tan sencillo como la orientación sexual. Parece que no es una prioridad. Aunque ésto está cambiando por momentos, he notado muchos cambios desde que empecé esta investigación hasta ahora. Por ejemplo, después de que saliera el libro, el Ayuntamiento de Barcelona incorporó en su área de cooperación esta línea de operación. En cambio, la Generalitat no.

¿Y el gobierno español?

Hasta ahora no ha dado ningún tipo de apoyo proyectos de cooperación internacional que traten este tema.

Los corresponsales extranjeros tampoco hablan mucho de ello.

En general, África está poco cubierta. Son 54 países y hay poca atención mediática. Este tema pasa desapercibido, pero pasan desapercibidas muchas cosas. Aún ahora, mueren cada año un millón y medio de personas por sida. Un 80% de contagios se producen en África y, de ellos, un 58% se producen en mujeres. Creo que no lo estamos abordando de forma adecuada. Uno de los factores es que no damos atención a los grupos más vulnerables. A veces sencillamente se les ignora. Se ve este tema como una cuestión de minoría, pero creo que no lo es. Estamos hablando de derechos humanos, de libertad de expresión, de cuestiones de salud, de justicia. Cuestiones muy centrales.

¿Cuál fue tu recorrido para escribir el libro?

Fue un recorrido por África de norte a sur durante siete meses. Empezando por Egipto y después pasando por Túnez, Argelia, Marruecos, Senegal, Cabo Verde, Ghana, Camerún, Marruecos, Senegal, Cabo Verde, Ghana, Camerue mún, Kenia, Tanzania, Uganda, Zambia… En el libro aparecen quince países, en cada uno de ellos estuve dos semanas haciendo entrevistas y buscando información.

¿Cómo conseguiste los testigos?

Con la ayuda de muchas personas que están luchando desde su país de forma subterránea. Hay muchos activistas que me han ayudado a encontrar el camino.

En Etiopía se les equipara con terroristas.

Querían negar el indulto de las personas que habían sido condenadas por homosexualidad, lo mismo que a los terroristas. Al final, gracias en parte a la presión internacional, no fue así.

Explícanos el caso de Uganda.

El gobierno quería aprobar una ley para condenar a gays y lesbianas con la pena de muerte. Era un texto durísimo, donde aparecían conceptos como la “homosexualidad agravada”, por el cual una persona con VIH y, además, homosexual, merece una pena más dura. Era una ley atroz que quería perseguir padres y madres que no denunciaran la homosexualidad de sus hijos a la policía. Por suerte se consiguió parar. Pero aún existen penas de prisión y una represión brutal.

¿Cuál es el caso más duro que has conocido?

Hay un capítulo dedicado a una persona intersexual en Uganda, un caso muy bestia. Está completamente bloqueada, no sale de casa. No se atreve a hablar de su situación con nadie, vive en un aislamiento máximo.

La sexualidad pertenece al ámbito privado.

La cuestión es que hay personas en prisión por un delito que es muy difícil de probar. Si tienes derecho a la intimidad y dos persona pueden hacer en su casa lo que quieran de forma consentida… ¿Qué puede condenar un juez?

Hay países mediterráneos como Egipto en los que la policía practica los llamados “exámenes anales”. No es sólo una prueba que no tiene ningún valor científico, sino que además es una forma de tortura que traumatiza y que sirve para que los detenidos acepten los cargos de los que se les acusa. En Egipto no pueden encarcelarte por ser gay, pero, una vez en comisaria, te torturan hasta que confiesas tu pecado (shudhudh) y se te condena por prostitución. En Marruecos, la Comisión de Derechos Humanos me decía que no hacían nada por el colectivo LGTB porque no tenían estadísticas fiables sobre cuántas personas eran homosexuales porque querían y cuántas lo eran por dinero. Me intentaban confundir sobre homosexualidad y prostitución.

Las redes sociales también juegan un papel en la persecución del colectivo.

En Argelia se han llegado a detener dos hombres porque pusieron en Facebook que eran pareja. Esta prueba fue suficiente para determinar su homosexualidad, que está penada con la cárcel. La policía de muchos países identifica personas y practica detenciones gracias a su presencia en la redes sociales. 

¿Cuál es el rol de la religión?

En el norte de África había un islam muy tolerante, que ha sido sustituido por un islam retrógrado, patriarcal, machista y reaccionario proveniente de Arabia Saudí. Estados Unidos también está exportando sus iglesias católicas de extrema derecha que “evangelizan” África con mensajes en contra del aborto y la homosexualidad. Mucha de la cooperación internacional está vinculada a la religión. Pero hay casos de todo. Hay personas como el premio Nobel y arzobispo Desmond Tutu que realizan una labor muy valiosa en la lucha contra el VIH/sida y en la defensa de los derechos humanos.

¿Hay alguna esperanza?

Hay mucha gente y muchas asociaciones que están trabajando para cambiar la situación. Lo que pasa es que son luchas clandestinas, asociaciones que no se pueden registrar legalmente. No pueden salir a la calle.

¿Hay cifras de personas encarceladas por homosexualidad?

La asociación TGEU (Transgender Europe) elabora cada año un interesante mapa donde constan las personas trans asesinadas en el mundo. Incluso hablan de transcidio. De África nunca hay datos, no hay quien cuente estas muertes. En cambio, las mujeres trans son quien sufra una violencia más dura en África. Sabemos qué países tienen leyes que criminalizan la diversidad sexual, pero desconocemos, por ejemplo, cuántas personas hay en las prisiones de Marruecos por este motivo. El gobierno del país es el primer interesado en silenciarlo.

¿Siempre ha sido así en África?

No podemos decir que Europa es tierra de libertad y África tierra de persecución. Cuando la homosexualidad estaba perseguida en Europa había mucha gente que se refugiaba en el norte de África, en Tánger, en Túnez... Cuando el aborto estaba prohibido en Francia, las mujeres iban a Túnez, donde, por cierto, aún ahora la prostitución está legalizada.

¿Y el acceso a las protecciones?        

Hay un acceso general a los preservativos, pero hay grupos de población que lo tienen más difícil. Por ejemplo, en las prisiones de hombres de Malawi no se suministran preservativos porque se considera que no puede haber relaciones sexuales y que basta con mencionar el tema para incitar a la homosexualidad. En un país donde el sida es la primera causa de muerte, la homofobia acaba teniendo un impacto real en la economía del país. A ello hay que sumarle que no puedes ir al médico y rebelar tu orientación sexual. Llevar un saquito de lubricante en el bolsillo te convierte en sospechoso, tener acceso a preservativos femeninos es complicado…

Así pues, ¿cuál es la situación de la homofobia en África?

Ahora mismo, la situación es alarmante y también es responsabilidad nuestra. Muchas de estas leyes represivas son de la época colonial, en su mayoría victorianas.

¿La persecución se puede medir por países?

No me atrevería a hacerlo. Tiene que ver con el estado social. Por ejemplo, un gay rico de Etiopía vivirá mejor que una lesbiana de Suráfrica de un barrio humilde. Suráfrica es el único país donde hay matrimonio igualitario, pero en cambio es el país donde viven más personas con VIH y con más violencia contra las lesbianas.

¿Por qué?

El país aún vive traumatizado por el apartheid. Durante muchos años, sus habitantes vivieron segregados por el color de la piel de unos y de otros. Todo este racismo de Estado sigue teniendo secuelas.

¿A qué conclusión has llegado después de escribir el libro?

El libro es un viaje a una realidad que puede parecer lejana, pero que nos tiene que servir para conocernos mejor y entender en qué situación nos encontramos. Nos podemos preguntar: ¿cómo es nuestra educación sexual? ¿Respetamos verdaderamente las personas trans? ¿Qué hacemos para luchar contra las injusticias que más nos preocupan?

¿Ha mejorado la situación en los últimos cinco años?

Creo que hay una conciencia global cada vez más importante. Hay gestos significativos, como cuando el secretario general de les Naciones Unidas, Ban Ki-moon, denuncia que hay una parte de la población que está considerada de segunda categoría. El primer paso para cambiar las cosas que no funcionen… es ser consciente. Verbalizarlo.

 

Imagen: cedida por el entrevistado.

Patricia

Periodista

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