'Logan': el fracaso de la masculinidad

Aviso: este artículo contiene spoilers para Logan.

Wolverine es, en un sentido tradicional, uno de los superhéroes más (híper) masculinos de la casa Marvel: agresivo, salvaje, sin emociones, siempre listo para clavar sus garras en cualquier infeliz, un personaje literalmente invulnerable, pero emocionalmente inepto. Si para el proverbial martillo todo son clavos, Logan es un cuchillo de carnicero para quien el mundo no es más que un trozo de carne ensangrentada.

La última película del personaje nos lo presenta una manera diferente, crepuscular, agotada: si sus anteriores largos estaban propulsados por su triunfo, esta última es una crónica de su fracaso, y por ende, del fracaso de la masculinidad que representa. Logan es una película sobre la futilidad última de la violencia, los lazos emponzoñados de la familia, el trauma, la soledad y la desesperación, pero a la vez es una vertiginosa y sangrienta cinta de acción que representa la cumbre y punto final del personaje: un descabellado juego de equilibrios entre dos vertientes que forman un todo descoyuntado como el protagonista.

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El asesino cuidador

Uno de los mayores aciertos de la película es la relación entre el protagonista y Charles Xavier: el arma definitiva y el telépata más poderoso del planeta convertidos en la viva imagen de la miseria familiar. La interpretación de Hugh Jackman en Logan es, sin duda alguna, su mejor encarnación del personaje, pero Patrick Stewart arrolla cada escena en la que aparece componiendo a un Profesor X tan decadente como aún poderoso: la mente más  extraordinaria del planeta devastada por algo tan tristemente mundano como la senectud y la tristeza. Las mejores escenas de la película son las que construyen esta relación de rencor y de cariño, de cuidado y de abandono.

El cariño de Logan por el profesor, el único que le ofreció algo similar a una familia, se convierte en un lastre, un profundo rencor que ensucia pero no ahoga su vínculo. Su relación se construye con momentos de cuidado -Logan encamando al Profesor, medicándole, llevándole en brazos al baño- y de odio, con pullas constantes, con el rencor y la habilidad de herir que solo tienen los que se conocen -y quieren- profundamente. Padre e hijo repasando una vida de desengaños y desilusiones, rescatando momentos de felicidad como ascuas entre la ceniza. Las escenas entre ambos resultan genuinas, impactantes, y subvierten las masculinidades de ambos personajes: el asesino convertido en cuidador y el profesor, el mesías mutante, indefenso y enfermo, tan peligroso para sí mismo como para los demás.

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El veneno de la rabia

Durante toda la película se nos ha recordado que la rabia y la violencia dentro de Logan son un veneno para el personaje, hasta el punto que el esqueleto de adamantium, que le convierte en el arma definitiva y le dota de sus icónicas garras, es el veneno que le está matando. Otro acierto de la película, aunque podría discutirse que resulta quizás algo burdo, es el antagonista final de Logan. Su peor enemigo no es, literalmente, otro que él mismo: un clon joven, ciego de rabia, pura masculinidad tóxica, el Arma X en que pudo convertirse y de cuya capacidad para la muerte se ha servido durante toda su vida. También es significativo que lo que le acabe salvando de su propia furia sea su relación con X-23, la niña clonada a partir de su ADN, con la que establece una relación extremadamente disfuncional de padre e hija. X-23 es la responsable, finalmente, tanto de acabar con el lado más furibundo e inhumano de Logan, encarnado en el clon, cómo de dar sepultura al Logan viejo, derrotado.

La película también tiene otros logros, menores, aunque también destacables. El primero es incluir dentro de una película sobre los X-Men los cómics y juguetes de los mismos. Se trata de un ejercicio de metanarrativa que podría parecer condenado al desastre, pero que da pie a un par de momentos interesantes de reflexión de los personajes sobre la narrativa híperviolenta e imposiblemente optimista de los cómics de superhéroes tradicionales. Cabe destacar también un diseño de producción impecable, un futuro suficientemente lejano como para resultar claramente futuro, pero a la vez suficientemente cercano como para resultar incómodo, además de multitud de personajes que utilizan prótesis y a los que incluso vemos realizando mantenimiento de las mismas.

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Masculinidad fracasada y feminidad ausente

Uno de los problemas claros de Logan es que  aunque contiene una serie de reflexiones interesantes sobre la masculinidad, resulta frustrantemente tradicional en lo que refiere al tratamiento de la feminidad. La película utiliza sin ningún tipo de pudor la violencia hacia mujeres como dispositivo narrativo,  tanto en cámara como fuera de plano, y muestra un desinterés absoluto hacia el desarrollo de los personajes femeninos.

X-23, que aparece en la mayoría del metraje, es quizás la mayor oportunidad perdida de la película. Durante la práctica totalidad de la película es casi animal, pero al final de la misma la actriz que la interpreta, la jovencísima Dafne Keen, ofrece momentos geniales y emotivos. El único personaje femenino con cierta entidad que aparece en la película es un gran tópico: una enfermera cuyo instinto maternal y de cuidado permite escapar a los niños sobre los cuales están experimentando los antagonistas. Por si esto no fuera suficientemente tópico será su muerte lo que fuerce a Logan a emprender acciones.

Por otra parte, se utiliza como dispositivo narrativo la violencia sexual sistematizada hacia mujeres mexicanas: los niños mutantes que aparecen en la película son fruto de inseminaciones forzadas a jóvenes mexicanas raptadas por un laboratorio farmacéutico. Utilizar como dispositivo de fondo semejante monstruosidad, sin dedicarle mayor atención, resulta otra expresión del tópico del uso de la violencia sexual hacia la mujer como manera de caracterizar a un antagonista como repugnante, sin una intención real de examinar las consecuencias de esta violencia sexual y, por ende, trivializándola.

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Pacifismo a puñaladas

Aún así, la crítica más evidente, pero necesaria hacía la película es su indecisión: como se decía más arriba, Logan es una película que da bandazos constantemente entre la condena de la violencia, el trauma de arrebatar una vida, y la violencia más estetificada y sangrienta que se ha visto probablemente nunca en una película de superhéroes.

Queda claro que la inclusión de escenas de acción era necesaria para evitar el fracaso comercial de una película sobre Lobezno, un personaje, como ya decíamos, extremadamente violento; pero si algo falta en Logan es una apuesta decidida por la película que podría haber sido: un drama descarnado sobre el fracaso del héroe y el veneno de la violencia sobre toda una vida. De todos modos, la película hace de su imperfección una virtud y resulta un cierre más que digno para un personaje que tras arrastrarse por el fango entra, definitivamente, en los anales de la leyenda.
Todas las imágenes © 20th Century Fox.

Marc Bellmunt

Marc Bellmunt

Doctorando en periodismo, realiza una investigación sobre la relación entre los consumidores de videojuegos y sus prácticas comunicativas. Colabora en La Garriga Digital.

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