'La piel fría': cómo no adaptar una novela

AVISO: Esta crítica contiene spoilers de la película, pero sólo si no has leído la novela original.

La piel fría es la adaptación al cine de la novela de Albert Sánchez Piñol del mismo título, que en 2002 hizo saltar al estrellato literario al autor, más adelante, de Victus. La narración nos traslada a una isla perdida en medio del océano, donde sólo conviven un oficial meteorológico, un farero demente y la sirena encarcelada por este último, todo ello amenazado por la locura del aislamiento, el embrutecimiento de las relaciones interpersonales y los asedios que sufren cada noche los protagonistas por parte de extrañas criaturas anfibias de la misma especie que la sirena cautiva.

Xavier Gens, director francés habitual del cine fantástico y del Festival de Sitges, está al frente de la adaptación, que cuenta con las interpretaciones de David Oakes, Aura Garrido y Ray Stevenson para una versión de la novela que deja de lado completamente la introspección y el horror personal del original para obsesionarse con las escenas de acción y que nos deja más fríos que la piel del título.

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La película cuenta con una calidad técnica impresionante, sobre todo teniendo en cuenta su humilde presupuesto y procedencia. Los efectos especiales, en particular el maquillaje prostético de la sirena de Aura Garrido, son dignos de la mejor superproducción, y la fotografía de los parajes desolados de Lanzarote por parte de Daniel Aranyó es impecable y eleva una película que se ve lastrada por prácticamente todo lo demás.

Al guión le falta ritmo, como si la dilución del tiempo experimentada por los personajes abandonados en la isla se transmitiera a una película que intercala períodos donde simplemente no pasa nada mientras el protagonista hace monólogos interiores absolutamente irrelevantes con clímaxes de acción en los asedios nocturnos de un faro que a partir del segundo ya cansan.

La película se abre con la famosa cita de Nietzsche sobre la observación del abismo y el abismo interior, pero esta es la única referencia al proceso interior de los personajes que veremos en todo el metraje. Si se pretendía reflejar la caída en una rutina de barbarie por parte del protagonista, podría parecer que esta reiteración de las escenas de acción y carnicería ante los ataques nocturnos es un buen vehículo, pero acaba revelando lo que es probablemente el mayor defecto de la adaptación: unos personajes simplificados y a los que falta evolución y profundidad.

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Desde un principio se presenta a Gruner, el farero -Batís Caffó en la novela- como un monstruo, una coagulación de todos los vicios de la masculinidad tóxica: es violento, posesivo, colonizador, viola y maltrata constantemente a Aneris, la sirena cautiva, que desde el principio es caracterizada como inferior a los dos protagonistas masculinos y establecida como víctima tanto por su inhumanidad como por su feminidad.

La llegada del protagonista -a quien se le ha arrebatado incluso el nombre con respecto a la novela original, y al que simplemente conocemos como Friend (amigo) cuando lo bautiza Gruner- pretende trasladar la mirada del público, del mundo civilizado, sobre esta barbarie, pero revela lo que es quizás el horror más insidioso de la película, la sumisión del protagonista a Gruner y su complicidad en los abusos sufridos por la criatura.

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Si en la novela original el protagonista establecía una relación de enfrentamiento con el farero por su comportamiento, el protagonista de la película es tibio, sumiso, y acepta tácitamente la violencia que ejerce Gruner como medio para asegurar su propia supervivencia. Aquí hay una metáfora interesante sobre la complicidad con los abusos del sistema patriarcal por parte de los hombres, pero sinceramente no creo que al guionista se le pasara por la cabeza.

La relación entre Gruner, la sirena y el protagonista resulta repelente por gran cantidad de motivos, como la caracterización de otro y casi de animal del personaje femenino, la posesividad del farero, la aceptación del abuso por parte del protagonista o la legitimidad para exterminar a sangre y fuego a las criaturas en una muestra clara de ideología colonial. Pero lo más repelente de todo no es la complicidad del protagonista en estas dinámicas, sino la construcción del protagonista como personaje "moral" y "civilizado" en contraposición al farero a pesar de esta colaboración tácita.

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La piel fría insiste en caracterizar de manera absolutamente maniquea los dos protagonistas masculinos y reducir a un pie de página a la sirena: Gruner es un monstruo salvaje, Friend es un hombre gentil que cita a Stevenson y Allighieri en monólogos interiores, todo ello mientras ambos violan a la sirena, a la que se le da un peso en la película similar al de un mueble. Si la película consigue despertar algún horror es mediante este vacío completamente accidental y no con las interminables escenas de acción y los sustos dignos de tren de la bruja de las criaturas saltando sobre el protagonista mientras la banda sonora sube de volumen.

Para colmo de males, el mayor golpe de efecto de la novela, el embrutecimiento del protagonista tras el suicidio del farero y su posterior rechazo a ser rescatado cuando asume la personalidad del farero él mismo, se elide completamente y resulta ininteligible en la película.

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Las comparaciones son siempre crueles, pero doblemente para La piel fría, que al compararse con la novela original resulta una versión saneada del auténtico horror de la degeneración personal del protagonista. Si se compara con The Shape of Water, con la que sorprendentemente comparte un montón de temas y motivos narrativos, resulta tener unos personajes planos y unas interpretaciones igualmente planas. La interpretación de la criatura de Aura Garrido palidece en contrastarla con la gestualidad casi de cine mudo de Doug Jones como el hombre anfibio de The Shape of Water.

La piel fría termina siendo una película que pasa de largo de las auténticas sedes del horror en la novela original, ignorando el embrutecimiento personal para obsesionarse con escenas de acción tan interminables como mediocres, intentando sanear la historia para acabar convirtiéndose accidentalmente en una historia sobre la complicidad en los abusos hacia la mujer y hacia los colectivos indígenas. Un despropósito se mire como se mire.

Todas las imágenes (C) Diamond Films.


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Marc Bellmunt

Marc Bellmunt

Doctorando en periodismo, realiza una investigación sobre la relación entre los consumidores de videojuegos y sus prácticas comunicativas. Colabora en La Garriga Digital.

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