La larga vida de Buffy, la cazadora de vampiros

Hay series que, por motivos mejores o peores, marcan un antes y un después en la televisión. Star Trek supuso, en muchos sentidos, el inicio del fenómeno hacen en la televisión; Lost fue bandera de una mejora de calidad en las producciones, pero a la vez se ha convertido en el paradigma del final insatisfactorio. Una de las series que con más orgullo puede ostentar su papel en la historia del medio es seguramente Buffy, la cazavampiros, sin la cual es difícil de entender buena parte de la ficción televisiva actual protagonizada por mujeres.

Lo que llegaría a ser la franquicia Buffy nació como película perfectamente olvidable en 1992, con Fran Rebel Kuzu como director y Kristy Swanson como protagonista. El guionista y padre espiritual del proyecto, Joss Whedon, no se dio por vencido, y en marzo de 1997 Buffy Anne Sanders resucitó a la cadena The WB, esta vez con la cara de una joven Sarah Michelle Gellar, para continuar con su tarea de salvar el mundo de la influencia vampírica. Si bien durante la primera temporada de la serie ya se pueden observar las muchas virtudes de Whedon en el tratamiento de la historia y el diálogo, lo que resulta espectacular de verdad es el crecimiento que la serie experimentó a todos los niveles a lo largo de sus siete temporadas, sobreviviendo tanto a una amenaza de cancelación y un cambio de cadena (UPN desde 2001) como, en cierto sentido, a su final como serie en 2003. La elaborada mitología de la serie ha seguido explotándose en un spin-off (Angel, 1999-2004) y varias colecciones de cómics, y su impacto es evidente no sólo en la carrera estelar de Whedon, sino también en muchas ficciones de las últimas dos décadas y en los mundos del fandom y del estudio académico de la cultura pop. En un estudio de 2012, la revista Slate proclamaba Buffy como el trabajo de cultura pop más estudiado por los académicos, y los Buffy Studies tienen su propia revista académica internacional con revisión por pares, Slayage.

El éxito de Buffy se debe, más allá de la calidad de los argumentos, los diálogos y de la construcción y evolución de los personajes, a una serie de características que han sido muy imitadas. En primer lugar hay que situar el tratamiento del género. Whedon no tuvo miedo de hacer girar la serie alrededor de un personaje femenino fuerte que, a la vez, no esconde su especificidad femenina. Buffy es una adolescente que tiene los problemas propios de una adolescente: se enfrenta a sus primeras relaciones de pareja con dudas, se debate entre la popularidad y las verdaderas amistades, y no tiene ningún problema en mover los pompones para animar a su equipo justo antes de salvar el mundo del apocalipsis. A pesar de estar planteado con humor, el personaje no es en absoluto una caricatura. Buffy y sus amigos tienen un carácter más realista que los personajes de series supuestamente no fantásticas, y la visión del mundo que plantea la serie es refrescantemente no falocéntrico. De hecho, de principio a fin la serie está sembrada de temas feministas y relacionados con la experiencia de ser mujer, que a la vez no están planteados como rarezas programáticas, sino como cuestiones ineludibles en una serie sobre adolescentes (aunque cacen vampiros).

Otro triunfo de la serie es el uso de la fantasía y el terror como metáforas extremadamente transparentes sobre cuestiones personales y sociales. El instituto es la entrada al Infierno; está lleno de vampiros, hombres-hiena y brujas (la mayoría de las cuales no son en absoluto malas) y sólo con mucho estudio, mucha ayuda y superpoderes puede una chica sobrevivir entera a la experiencia. Y si después de hacerlo ayuda a otros devenir cazadoras como ella, mejor. Si bien la fantasía siempre ha representado aspectos de la vida real, en este caso se nos hace patente como de caricaturesca es, a veces, la realidad misma por la facilidad con que identificamos los temas.

A parte de eso, la serie se permite una serie de giros, referencias y cambios de planteamiento que resultaban sorprendentes en su momento, entre otros motivos porque suponen reconocer el papel de la mujer y el público femenino en el mundo de la ficción de género. Los personajes son ellos mismos amantes de la cultura popular, y dominan, hombres y mujeres, el mismo código que espectadores. Los guionistas se permiten jugar con los tópicos y con las expectativas de unos y otros, y lo hacen sin perder de vista el género (en ninguno de los sentidos de la palabra).

Series herederas

En cierto sentido, estos rasgos configuran un género en sí mismo; un género que tendría la similitud con Buffy como rasgo paradigmático y que es fácilmente reconocible para los espectadores informados. Si bien Angel fue la heredera directa de Buffy y se sitúa en el mismo universo, el hecho de centrarse en un personaje masculino y de adoptar un tono más adulto la aleja demasiado de la original.

En cambio, muchos críticos sitúan Veronica Mars (UPN y The CW, 2004-2007), de Rob Thomas, como la primera heredera directa de Buffy. A pesar de la ausencia de elementos fantásticos, se trata de una serie de género (detectivesco), centrada en un personaje femenino adolescente (Veronica Mars) fuerte y bien construido. Los diálogos son ingeniosos como Buffy y las referencias a la cultura pop lo permean todo, pero lo más importante es que bajo la máscara más sutil de los crímenes y las investigaciones se presentan los mismos problemas serios que a la fantasía de Buffy. Otro ejemplo temprano, menos exitoso, lo encontramos en Tru Calling (Fox, 2003-2005), en la que Eliza Dushku (famosa precisamente por su papel de Faith, una cazadora renegada, a Buffy) encarna el rol de Tru Davies, una joven estudiante universitaria que descubre que tiene el poder de revivir el día anterior para intentar salvar los muertos por asesinato de la morgue en la que trabaja. Series con un perfil diferente, pero puntos en común, como la también extremadamente influyente Alias ​​(ABC, 2001-2006), se vieron influidas sobre todo en el tratamiento de los personajes femeninos ... y por el hecho de que buena parte de sus guionistas se formaron en el plantel de Buffy.

Mención aparte merece Supernatural, creada por Eric Kripke en 2005 y aún en emisión. Supernatural difiere de los otros ejemplos que citaremos en el hecho de que es una serie no sólo protagonizada por hombres, sino eminentemente masculina. Los hermanos Winchester combinan un trabajo (cazar demonios) y un destino similar al Buffy Summers con una manera de hacer y una visión del mundo innegablemente patriarcal y americana. Sin embargo, la serie sigue el ejemplo de Buffy casi punto por punto, y en cierto sentido se puede leer también como una reflexión sobre el género: los hermanos Winchester viven una auténtica odisea de la masculinidad, huyendo de la sombra de un padre ausente pero benévolo y heredando su los demonios, viviendo con el terror de perder el control a su agresividad y hacerse daño a sí mismos y a las mujeres que los rodean, e intentando expresar sus emociones dentro del marco estrecho que el rock duro y su relación de hermanos les permiten.

También resulta interesante ver cómo algunos de los elementos de Buffy han visto explorados nuevamente en otras series en que Whedon ha participado, como Firefly (una sola temporada en Fox en 2002) y Dollhouse ( Fox, 2009-2010). A pesar de tratarse de series menos revolucionarias en este sentido, en ambas encontramos combinación de subgéneros de ficción (space western y ficción de espías, respectivamente) con planteamientos, si no feministas, claramente menos macho-céntricos de lo habitual. Esta influencia parece haber llegado sólo parcialmente a Agents of SHIELD (Fox, 2013-en emisión), y nada en absoluto al resto de la primera hornada del universo cinematográfico de Marvel. En cambio, la influencia de las últimas temporadas, más oscuras, de Buffy es evidente en la serie del universo Marvel en Netflix, Jessica Jones. La dureza de la serie recuerda algunos de los giros más impactantes de la ópera prima de Whedon, pero el parecido más evidente se encuentra en la construcción del carácter de la protagonista, cargada de defectos pero fuerte e interesante, en la calidad de los secundarios y especialmente en el uso de metáforas cristalinas: el enemigo principal de la serie representa claramente, con su poder de dominar la mente, formas bien reconocibles de abuso mental machista como la culpabilización y el gaslighting (tergiversar la información para confundir a la víctima o defender al abusador).

Estas series y otras actuales, como iZombie (The CW, 2015), de Rob Thomas, no sólo conservan y desarrollan muchas de las innovaciones de Buffy, sino que mantienen un reconocible aire de familia. Rastreando esta herencia es fácil comprobar que se trata de un clásico en el mejor de los sentidos, y uno que ha ejercido una influencia muy positiva en términos del tratamiento de género en la ficción televisiva. Desgraciadamente, esta influencia es imperfecta como la serie misma, y sólo es efectiva para ciertos géneros y en ciertas cadenas. En cualquier caso, se trata de una influencia a celebrar, y sólo cabe esperar que continúe desempeñándose durante mucho tiempo, al menos hasta que otro ejemplo de serie femenina y feminista (que no quiere decir orientada sólo a mujeres) la haga obsoleta.

Imagen: promocional Buffy.


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Andreu

Andreu

Sociólogo, filólogo e investigador en el Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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