‘Juego de Tronos' recap: temporada 7, episodio 4

¡ATENCIÓN! ¡SPOILERS!

El cuarto capítulo de la séptima temporada ha ofrecido lo que muchos fans de la serie llevaban siete años esperando: dragones en un campo de batalla. Este hecho, aunque gratificante -nunca antes había gritado Dracarys a un televisor-, no es necesariamente una buena noticia.

Parece que la estrategia principal de Daenerys para ganar el control de los Siete Reinos sigue siendo la de hacer valer su superioridad aérea, y dejar otros aspectos, como el poder blando o la estrategia militar, como simples minucias. Tal y cómo quedó claro en la etapa de la Madre de Dragones en Essos, cuando la primera opción falla, Daenerys tiene tendencia a depender mucho más de las directrices de su consejo de sabios, que suele ser un grupo de señores. Una semana más, tanto Cersei como Sansa parecen, hoy por hoy, mejores gobernantes.

Otro hecho destacado del episodio es el reencuentro de Sansa y Bran con Arya. Tal como explica Alyssa Rosenberg en el The Washington Post, las dos hermanas Stark han conseguido con creces lo que pretendían, pero por medios que no esperaban: Sansa es al frente -de momento- de una gran casa por méritos propios y no mediante un matrimonio que la hubiera relegado al papel de comparsa, y Arya tiene una calidad con la espada, adquirida al haber formado parte de una secta mortífera, que superaría la de la mayoría de espadachines que ella admiraba de pequeña. Lara Hudson en Wired añade que, tanto las hermanas Stark como Cersei y Daenerys no sólo han trascendido aquellos roles que los hombres de su entorno habían previsto para ellas -ser la cadena transmisión entre una gran generación de hombres y la siguiente-, sino que, de momento, los superan en las tareas reservadas para los grandes hombres*.

Que servidora tenga más simpatía por Cersei o Sansa que por Daenerys es fruto de la impresión, por ahora, que las matriarcas Lannister y Stark son personajes con más profundidad que la Targaryen. Al igual que Jon Snow con la cruzada contra los caminantes blancos, o la rápida transformación de Bran en un ser insensible (Meera Reed, ¡un abrazo!) debido a sus poderes y a un montaje que no está por sutilezas (nunca llegaré a acostumbrarme a los cambios de sitio instantáneos de los personajes), la cruzada dragónica de Daenerys corre el riesgo de convertirla en un personaje caricaturesco, o al menos bastante unidimensional como para que deje de ser interesante. Hasta ahora, la serie de Juego de Tronos se había caracterizado por ofrecer un enfoque diferente al tipo de fantasía épica pensada para el gran público (¡Dragones! ¡Magos! ¡Fuerzas del bien! ¡Fuerzas del mal!). Así pues, no deja de ser algo decepcionante que los tres personajes que parece que tienen reservados algunos de los papeles clave sean personajes que cabrían perfectamente en productos audiovisuales más convencionales.

Es por ello por lo que que momentos como los sentimientos enfrentados de Tyrion al darse cuenta de que el apoyo a Daenerys implica convertir en ceniza, literalmente, a buena parte de todo lo que quiso, su hermano incluido, son de agradecer. Al igual que las escenas de Brienne enseñando a luchar a su escudero, Daenerys y Missandei hablando en código sobre la noche de marcha entre Missandei y Gusano Gris o Davos y Jon Snow hablando, también en código, de los atributos de la Madre de Dragones y su intérprete. Todas estas escenas, al igual que las constantes referencias a temporadas anteriores (¡la daga!) recuerdan a los mejores momentos de la serie, cuando ni la duración de la temporada ni la amenaza del final de la Canción de hielo y fuego (queda una temporada) impedían recrearse a partes iguales en los paisajes y los pequeños detalles que daban vida a Poniente.

*Si Juego de Tronos es una serie feminista o no es un debate que servidora espera tratar en un artículo de final de temporada.

Imagen destacada: fotograma del capítulo. Fuente: Youtube. Propiedad: HBO.


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Marta

Marta

Fundadora y editora de 'Zena'. Periodista especializada en género. Estudiante del Máster en Estudios de Género de la School of Oriental and African Studies de Londres. Beca Nativitat Yarza de Estudios Feministas.

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