'Jessica Jones' temporada dos: las malas madres

Aviso: Este artículo contiene spoilers de la segunda temporada de Jessica Jones en Netflix.

Después del fiasco de The Defenders, Jessica Jones crece en su segunda temporada, con una trama que va más allá de los clásicos conflictos de superhéroe contra supervillano y se centra en la naturaleza de las relaciones familiares, las naturales y las adquiridas. Eso sí, tendrás que rebuscar esta historia entre un amasijo de tramas secundarias que no le importan a nadie y  añaden horas y horas a una temporada que no arranca hasta el sexto episodio de trece y se habría podido contar con cinco.

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La misma fórmula, un ingrediente menos

La continuación de la que fue la mejor primera temporada del universo Marvel en Netflix retoma, como no podría ser de otra manera, muchos elementos de la primera. Los referentes del cine negro son los mismos, Jessica Jones sigue siendo un trasunto de Philip Marlowe con cazadora de cuero y tejanos. Jessica suelta chascarrillos como un protagonista de película de los ochenta, bebe como una esponja –la serie trivializa su alcoholismo sin ningún pudor-, es misántropa y rechaza toda ayuda exterior. Y sigue siendo un personaje innegablemente carismático, aunque la ausencia de peligro real limita la interpretación de Krysten Ritter.

Sin embargo, el énfasis en temas claramente de género como el abuso sexual y el trauma consiguiente que vimos en la primera temporada se pierden, y con ello gran parte de la importancia y significado de la serie en su estreno el 2015. Esta segunda temporada toma una trama con un sesgo distinto e intenta aportar la nota feminista con un goteo de escenas en las que las protagonistas reciben microagresiones, e incluso coopta el movimiento #metoo con una –breve- trama centrada sobre un director de cine que abusa de actrices jóvenes, pero nunca llega a hacer de estos temas su foco central ni profundiza en ellos.

Resulta decepcionante para una serie que se promociona en el metro con carteles contra el manspreading y que se estrenó nada menos que en el 8 de marzo. Resulta incluso engañoso cuando la serie presenta más adelante una serie de posiciones sorprendentemente conservadoras sobre el sexo o la maternidad, por ejemplo.

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Rage against the machism

Aun así muchas de las tramas secundarias presentan una clara llamada a la sororidad ante las agresiones sufridas por la mujer, especialmente centradas en torno al personaje de Trish. La amiga de Jessica es presionada por su entorno para que se case con un periodista de guerra al que admira –pero no ama– y este le propone matrimonio por sorpresa y a traición ante su familia y amistades.

Cuando Trish rechaza la proposición, su entorno la ostraciza, pero su sororidad con Jessica le permite salir a flote de una situación que resulta desgraciadamente muy plausible. La otra cara de la moneda es la Jeri Hogarth de Carrie-Anne Moss, una abogada de altos vuelos que encarna el tropo de la mujer masculinizada para triunfar en una sociedad masculina a costa de ser sororicida y estar poco menos que rota por dentro.

Resulta revelador que algunas de las tramas más interesantes de la serie recaigan sobre personajes secundarios: Jessica Jones pasa de ser una serie con un protagonista claro a un asunto coral, perdiendo fuerza por el camino, como la segunda temporada de Daredevil, Iron fist o The Defenders. Pero no es el único problema de una serie que no tiene un antagonista claro hasta el sexto episodio (de trece).

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El sexo como parche

El primer punto con un cierto tufillo conservador es la relación inequívoca que establece la serie entre el sexo fuera de una relación sentimental y los problemas mentales. En esta temporada, la promiscuidad sexual –en distintos grados, pero casi siempre femenina– se presenta invariablemente como mecanismo de compensación de traumas. Si el sexo es dentro de una relación sentimental, por el contrario, se le atribuye un “significado” positivo.

Esta dinámica se observa hasta en cuatro de los protagonistas de la serie: Jessica mantiene relaciones sexuales casuales que se presentan como sórdidas y horribles, y más tarde un encuentro marcadamente romántico que se presenta como el camino a la redención. De hecho esta relación se establece al final de la temporada como la que permitirá a Jessica salir de su espiral autodestructiva.

Trish, por su parte, se desfoga de su relación perdida con Malcolm –el vecino y ayudante de Jessica–, y el propio Malcolm usa asiduamente un sucedáneo de Tinder, ante lo que se le dice directamente que “meter tu rabo en todo lo que se mueve es como meterte una aguja en la vena”. Jeri Hogarth recibe un diagnóstico médico adverso y se sume en una caída en picado a las prostitutas, el alcohol y la cocaína. En contraposición, el sexo romántico y dentro de una relación –heterosexual, con hijos– es instrumental para la salvación de una protagonista que se presenta como dañada psicológicamente.

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Superracismo

Otro aspecto problemático de la serie es su representación del colectivo de superhéroes –en este caso Jessica y su madre (he avisado, hay spoilers)– como minoría discriminada en términos muy análogos al racismo. Jessica recibe insultos por sus poderes, insultos que podríamos llamar racializados, es discriminada por la policía y se le achacan actitudes criminales por tener superpoderes, es encasillada y es objeto de prejuicios y generalizaciones. En resumen, se la trata como a una minoría racial.

No hay que perder de vista que ésta no es la primera vez que las historias de superhéroes hacen algo similar –toda la trayectoria de los mutantes del universo Marvel se basa en esto, de hecho–, pero sigue siendo muy absurdo presentar como oprimido a un colectivo que literalmente es objetivamente superior al colectivo opresor. Por otra parte el hecho de que se les discrimine por tener poderes banaliza la arbitrariedad de la discriminación real: no es lo mismo discriminar a alguien porque es un peligro real, que discriminar a alguien por sesgos culturales arbitrarios.

Por si fuera poco, se da la ¿coincidencia? perversa de que la mayoría de personajes que oprimen o racializan a Jessica Jones son a su vez personas de raza no blanca. Seguro que ver minorías de color discriminando a una mujer blanca es algo que encantará en ciertos sectores derechones, pero deja con mal sabor de boca cuando lo ves por tercera vez y asumes que no puede ser coincidencia.

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El poder femenino incontrolable

Otro tópico problemático recurrente del género superhéroes que se repite en esta temporada de Jessica Jones es el de la mujer con superpoderes que es incapaz de controlarlos. Incapaz a menos que, por supuesto, la ayude un hombre. Tanto Jessica como su madre son incapaces de controlar su fuerza, pero esta segunda es manipulada por un hombre para conseguir mantener sus poderes bajo control.

Afortunadamente, pronto se demuestra que la serie subvierte este tropo para hablar del control impuesto por los hombres sobre las mujeres y su potencial. La madre de Jessica, Alisa, está enamorada de su carcelero, el Doctor Karl Malus –en serio, Karl Malus. Es un nombre tan de Scooby Doo que no me lo puedo inventar-, que experimenta con ella y la retiene, al principio, contra su voluntad.

La relación es profundamente desigual y tóxica, y desemboca en un síndrome de Estocolmo que hace que Alisa vea a su captor como el amor de su vida, cuando este se aprovecha de su vulnerabilidad para experimentar con ella y adelantar sus investigaciones, a la vez que permite que Alisa mate a gente para protegerle, siempre responsabilizándola a ella.

El tropo se repite en un episodio flashback en el que vemos a Jessica bajo la influencia de un novio que finge quererla pero solo la utiliza para realizar pequeños crímenes usando sus poderes, mientras de manera paralela Trish es literalmente prostituida a cambio de drogas en su juventud, todo con la permisión de su madre, Dorothy.

Y es que, en último término, tanto la madre de Trish como la de Jessica son las villanas de esta temporada.

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La madre como antagonista

Uno de los puntos definitivamente negativos desde una perspectiva de género de Jessica Jones es que en esta segunda temporada las dos antagonistas no solo son madres, sino que se describe su condición de villanas y antagonistas por el hecho de no ser madres al uso tradicional.

Tanto en el caso de Alisa –la madre de Jessica– como de Dorothy –la madre de Trish–, ambas son caracterizadas como villanas –y como responsables de los trastornos de sus hijas– por haber faltado a sus funciones de madre cuidadora. En el caso de Alisa, el padre está muerto y ella estuvo retenida diecisiete años, pero del padre de Trish no sabemos nada, pero la culpa siempre recae sobre la madre.

Siguiendo con este tópico, ambas madres son representadas como controladoras hasta la obsesión del destino de sus hijas, y se las acusa de manipuladoras y explotadoras cuando reclaman los cuidados de sus hijas. Esta inversión de los roles tradicionales de madre e hija es presentada como algo perverso, y aunque en el caso de Dorothy quede claro que efectivamente, es manipulación porque pretende sacar rédito económico de Trish, en el caso de Alisa es mucho más difuso, puesto que es una mujer traumatizada que quiere reconectar con su hija… pero es caracterizada de “manipuladora” y de “estar sorbiéndole el cerebro” a Jessica por parte de todo su entorno.

La relación entre madre e hija se presenta como tóxica, mientras que en contraste, la relación padre-hijo del superintendente del bloque de pisos dónde vive Jessica se presenta como algo positivo siempre, y de hecho integrarse en esta relación como madre adoptiva es lo que se ofrece como esperanza y posibilidad de redención a Jessica al final de la serie.

Justo después de que charle con Trish un rato un par de días después de que esta le dispare a la cabeza a la madre de Jessica justo antes de que ella se entregue voluntariamente a la policía.

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Circulen, aquí no pasa nada

Con todo, lo que peor sabor de boca deja de esta segunda entrega es la falta absoluta de consecuencias para las protagonistas de las acciones supuestamente trascendentales que llevan a cabo. Los asesinatos –accidentales y no– que realizan Jessica y Trish no solo no les pasan factura, sino que no impiden que en los últimos minutos del episodio trece todo vuelva a la normalidad: Jessica reabre su agencia de detectives, Trish mantiene una relación tensa con su madre, los cadáveres no huelen.

Resulta cínico y resta impacto a una serie sobre la que habíamos puesto grandes expectativas vista su primera temporada, pero que se hunde en el marasmo de mediocridad en que se está convirtiendo el universo Marvel en Netflix. Otra serie para ver de fondo mientras trabajas, porque si es discutible que merezca tu tiempo, lo que no merece es tu atención.

Todas las imágenes (C) Netflix.


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Marc Bellmunt

Marc Bellmunt

Doctorando en periodismo, realiza una investigación sobre la relación entre los consumidores de videojuegos y sus prácticas comunicativas. Colabora en La Garriga Digital.

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