Feminismo en las distopías literarias: recuperando a Katharine Burdekin

El uso de la literatura de género como espacio de resistencia política no es nada nuevo. Las mujeres, así como otros grupos marginalizados, se han visto históricamente relegadas a géneros literarios no canónicos, como la novela romántica, la fantástica o la de ciencia ficción. En estos espacios, que nacen de una jerarquización construida de la cultura, las autoras encuentran espacios donde alterar las convenciones y resistir ideologías hegemónicas de género, tanto literario como social.

La ciencia ficción se ha convertido en una forma de contra-cultura que permite explorar imaginarios e ideales ajenos a los límites establecidos culturalmente. Aún así, tradicionalmente se ha percibido como un género dominado por hombres, pese a los esfuerzos de las autoras de ciencia ficción por dialogar con esta tradición tratando temáticas como la representación de las mujeres y sus cuerpos o las identidades sexuales y de género. Pese a la libertad imaginativa que ofrece el género, las sociedades imaginadas en la ciencia ficción son, la mayoría de veces, parecidas a las nuestras. Ya sean utopías o distopías, normalmente podemos imaginar qué camino seguiría nuestra sociedad para llegar a ese punto, idílico o fatídico, ya que las autoras se basan en los discursos ideológicos que consideramos convencionales para componer las narrativas ficcionales.

 

Portada de El cuento de la criada de Margaret Atwood en la edición de Vintage Classics

 

Ciencia ficción y feminismo: la distopía crítica 

Como apunta Anne Cranny-Francis en Feminist Fiction, en la ciencia ficción feminista este distanciamiento controlado entre ambos mundos es especialmente importante, ya que uno de los objetivos de las autoras es el de deconstruir las prácticas ideológicas contemporáneas llevándolas a la ficción. En El cuento de la criada de Margaret Atwood, una de las distopías feministas más conocidas, las personas son catalogadas y reciben un rol determinado en función de su género: las mujeres deben funcionar como máquinas reproductoras, cumpliendo sus “destinos biológicos”. Si no pueden ser madres son catalogadas como sirvientas o profesoras, y aquellas que no aceptan los mandatos del régimen se convierten en no-mujeres, destinadas a desaparecer limpiando residuos tóxicos. Se trata de ciencia ficción futurista, pero la narrativa de Atwood se basa en la extrapolación de las prácticas de género que se conciben como normales en nuestra sociedad: la limitación del rol de la mujer a la maternidad y el cuidado, y la vejación de aquellas que se resisten a estos límites. Esta extrapolación es usada como técnica por escritoras feministas para criticar la imposición de normas de género, de la misma manera que H. G. Wells utilizó los viajes en el tiempo para juzgar el caos y la degradación de la sociedad en la que escribía.

La distopía es, como en el caso de El cuento de la criada, una de las formas más efectivas de narrativa de ciencia ficción feminista. Raffaella Baccolini, académica especializada en la ciencia ficción distópica escrita por mujeres, considera que éstas han hecho emerger un nuevo género literario: la distopía crítica. Se trata de obras que niegan las nociones de utopía y distopía como mutuamente excluyentes para describir una sociedad futura alternativa. La Parábola del Sembrador de Octavia E. Butler es un ejemplo: su protagonista huye con los supervivientes de una sociedad marcada por la escasez y la pobreza para intentar formar una comunidad alternativa. Pese a ser esencialmente una distopía, Butler escribe la posibilidad utópica dentro de la sociedad destruida, resistiéndose a la subyugación de sus personajes y dejando espacio para la esperanza.

De Burdekin a Orwell

Cuando pensamos en distopías, probablemente nos vengan a la cabeza Aldous Huxley, Ray Bradbury o George Orwell. No es tan conocida Katharine Burdekin, una autora que empezó a publicar en 1937 y asentó muchas de las bases del género tal como lo conocemos. Doce años antes de que Orwell publicara 1984, Burdekin publicaba su séptimo libro de ciencia ficción: La noche de la esvástica. Bajo el pseudónimo masculino de Murray Constantine, en junio de 1937 la autora consiguió que la editorial que también publicaba a Orwell aceptara su novela.

La noche de la esvástica nos sitúa en el año 721 de la dictadura de Hitler, con el mundo dividido entre el imperio nazi (Europa y África) y el japonés (Asia y América). Burdekin presenta un régimen totalitario similar al de 1984, en el que no existe la libertad individual ni el conocimiento del pasado. Así, como Orwell, muestra a sus personajes viviendo en la ignorancia y la violencia. Los elementos de similitud entre las dos obras no acaban aquí: la jerarquía social es en ambas un tema principal, y los dos autores presentan un protagonista rebelde que es guiado por un libro con secretos del pasado y el presente (y cuando intenta compartirlo con otras personas se enfrenta a la indiferencia y resistencia). Incluso muchos detalles de la trama son similares: en ambos casos es una fotografía la que desvela conocimiento clave de la historia pasada. No existe evidencia de que Orwell se basara en La noche de la esvástica al escribir doce años después 1984, pero las similitudes internas entre ambas obras y la cercanía entre los autores a través de su editor sugieren que, como mínimo, conocía la obra de Burdekin.

El punto en el que las novelas difieren de forma significativa es en su representación de las políticas de género. Para Orwell, cegado por su adrocentrismo y misoginia, las mujeres son seres pasivos e inferiores de forma natural, idealizadas por su capacidad reproductora y sexual. Pese a imaginar un mundo masculinizado, el autor no lo hace como crítica a los roles sexuales y de género, representando lo femenino como subordinado y asociándolo a términos peyorativos, a excepción del estereotipo materno como símbolo del sacrificio de la mujer por lo ajeno. De la misma manera, Orwell no reconoce la relación entre poder y género en un mundo dominado por hombres que ansían control y dominación, en el que ni tan sólo una mujer ocupa un rol comparable al de éstos.

En La noche de la esvástica, en cambio, sí que se acusa esta continuidad entre la preocupación por el poder de los hombres en posiciones políticas y la dominancia que buscan en la vida privada, representando una sociedad basada en el culto a la masculinidad como principio esencial. Al contrario que Orwell, Burdekin ve la reducción de la mujer a la maternidad como una forma más de animalización y reducción a la función biológica. La autora se muestra firme en su crítica a la discriminación de la mujer, afirmando que “la docilidad de las mujeres es la tragedia de la raza humana”, y que ninguna sociedad es capaz de prosperar con uno de sus grupos sometido a otro. Burdekin insiste en la continuidad fundamental entre la realidad que ella imagina y la suya propia: nuestro lenguaje y nuestra forma de pensar ya está basada en la dicotomía de la mujer construida como ángel y como demonio, degradada a sus funciones biológicas. La autora no inventa nada, tan sólo exagera lo que percibe a su alrededor, y sobre todo acierta al señalar que la sumisión de la mujer no tiene nada que ver con su naturaleza sino con su socialización como ser subordinado al hombre.

Pese a situarnos en un futuro nefasto para las mujeres, las distopías críticas feministas no lo dan todo por perdido y nos permiten pensar en formas sociales alternativas basadas en valores no estereotípicamente masculinos. Obras como El cuento de la criada nacen de esta tradición y funciona de la misma manera como una crítica feminista a la ideología patriarcal. Narrando una representación exagerada de las relaciones de poder existentes entre los géneros, las autoras nos señalan el carácter construido de éstos. En palabras de Baccollini, sólo evitaremos tal turbio futuro si consideramos la distopía como una señal de aviso respecto a los problemas de nuestro propio entorno.

Imagen principal: Portada de La noche de la esvástica publicada por The Feminist Press.


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Irina Cruz

Irina Cruz

Comunicadora audiovisual, doctoranda en cine contemporáneo con visión de género.

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