El videojuego como activismo: la metodología Values At Play

Los videojuegos son un medio de transmisión cultural, al igual que el cine, la literatura, el teatro, la escultura o la pintura, y como tal, pueden transmitir valores.

Esta afirmación, que a muchos les puede sonar extraña -la percepción social aún es que los videojuegos son poco más que una manera de perder el tiempo, por desgracia- ha sido la guía de proyectos como Los Juegos del Común, un proyecto de diseño de videojuegos con datos abiertos de la ciudad de Barcelona, que propone videojuegos que critican la masificación turística de la ciudad, el aumento de los precios del alquiler o la gentrificación.

Es el último ejemplo de una metodología que ya hace unos años Mary Flanagan y Helen Nissenbaum enunciaron, según la cual se pueden diseñar y desarrollar videojuegos que incorporen crítica social y educación en valores: el método VAP, iniciales de Values at Play -valores en el juego-. Este artículo pretende ser una explicación -con vocación de causar interés, y si puede ser, adhesión- a esta metodología.

El juego como herramienta de transformación social

Los videojuegos son un medio de transmisión cultural, como decíamos más arriba, y expresan, implícita o explícitamente, una serie de valores: Los Sims refuerzan el consumismo, uno de los valores capitalistas por excelencia; la saga Grand Theft Auto a menudo refuerza los estereotipos y prejuicios raciales y de género. En un ecosistema cultural donde la mayoría de productos -pero no todos- propugnan la competición, la violencia y representaciones problemáticas de cuerpos de diferentes géneros y razas, la filosofía VAP no pretende criticar, sino ser una alternativa hacia una producción cultural del videojuego más rica y diversa.

¿Cómo puede salir de estos esquemas quien diseña videojuegos? Hay no sólo que romper con lo aprendido, sino ante todo reconocer que el diseño de videojuegos puede incorporar, incluso aspirar, a una serie de valores. Hay que aspirar a valores como la libertad, la justicia, la inclusión, la creatividad, la confianza y la autonomía personal, así como la igualdad entre personas, tanto en el campo del género como en tantos otros. Hay que hacer, en resumen, que los propios videojuegos sean activistas.

Flanagan y Nissenbaum proponen un método en tres pasos: descubrimiento, traducción y verificación. En primer lugar, quien aplique el método debe descubrir e identificar los valores relevantes a su proyecto, luego traducirlos en una dinámica de juego, y en último término verificar que los valores que se pretendían transmitir se desprenden de jugar al producto final.

Descubrimiento

Saber cuáles son los valores que se quieren transmitir con el videojuego es el primer paso. Los valores de cada proyecto son diferentes, y pueden ir desde la diversidad hasta la justicia social, pasando por la cooperación, el empoderamiento de la jugadora... las posibilidades son infinitas. Hay que ser consciente de que además de estos valores que deseamos por el videojuego que vamos a crear, hay otros valores que son implícitos a como se juega, y se expresan en elementos como la estructura de las recompensas al jugador o incluso el punto de vista desde el que se juega. Por ejemplo, un inventario colectivo para todos los jugadores refuerza la cooperación de manera implícita, del mismo modo que una perspectiva de ojo de pájaro durante la partida y la capacidad de manipular el entorno a gran escala pueden comunicar autonomía y empoderar al jugador, pero a la vez reducir la empatía hacia los personajes del juego.

Traducción

Una vez sabemos cuáles son los valores que queremos comunicar y no los estamos subvirtiendo sin darnos cuenta con la mecánica del juego, hay que convertir estos valores en un diseño de un videojuego. En primer lugar una vez sabemos cuáles son los valores a transmitir, los convertiremos en características del juego, pasamos de concepto a elemento jugable. Un buen ejemplo es el ya mencionado de fomentar la cooperación entre jugadores mediante un inventario colectivo. Seguidamente, hay que implementar, literalmente, estos conceptos a código para poder ejecutarlo en un programa. El último paso de traducción e implementación es resolver las tensiones entre valores que aparecen durante la implementación: hay que llegar a compromisos en valores que pueden estar enfrentados, tales como por ejemplo la seguridad y la facilidad de uso del juego.

Verificación

Con el videojuego ya programado, queda sólo verificar que los valores que nos habíamos propuesto desde el principio comunicar efectivamente se comunican. Esto lo pueden hacer los desarrolladores o jugadores que prueben el juego privadamente, provocando, si es necesario, revertir el juego al segundo paso del método: implementar de nuevo los valores que no se aprecien en el producto final. El proceso sólo termina cuando los desarrolladores estén satisfechos y consideren que los valores deseados se transmiten adecuadamente.

En conclusión

Aunque el método VAP se concibió con el fin de fomentar la igualdad de género en los videojuegos, se trata de una serie de pasos sencillos de aplicar a cualquier valor deseado. No hay que olvidar sin embargo que el videojuego final debe poder ser disfrutado por la mayor cantidad de usuarios posible, siempre sin perder de vista los valores que se quieren transmitir. En cualquier caso, el compromiso con una serie de valores, sean cuales sean, requiere una comprensión sólida de los mismos, así como de en qué sentido son relevantes para cada videojuego. Este compromiso, finalmente, es el que puede transformar el videojuego como medio y hacerlo avanzar de su estado actual de industria cultural principalmente destinada al entretenimiento hacia un futuro de legitimidad cultural e incluso de activismo político.

Imagen principal: logotipo de Jocs del Comú.

Marc Bellmunt

Marc Bellmunt

Doctorando en periodismo, realiza una investigación sobre la relación entre los consumidores de videojuegos y sus prácticas comunicativas. Colabora en La Garriga Digital.

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