'El hilo invisible': el fin de la musa y el genio

Cuando se anunciaron las nominaciones a los Oscar hace un par de semanas, una de las mayores sorpresas fueron las seis que se llevó El hilo invisible (Phantom Thread), que había pasado relativamente desapercibida entre los éxitos asegurados y los más debatidos.

El hilo invisible está nominada a mejor película, mejor director (Paul Thomas Anderson, Pozos de ambición), mejor actor protagonista (Daniel Day-Lewis), mejor actriz secundaria (Lesley Manville), mejor banda sonora (Jonny Greenwood) y, faltaría más, mejor diseño de vestuario (Mark Bridges).

La rutina de Reynolds Woodcock / Fuente: Buzzfeed

A estas alturas, sobra decir que el favor de la Academia no es necesariamente un sello de calidad, sino de legitimidad y visibilidad. Año tras año, en las nominaciones se señalan películas entre la corrección formal y el conservadurismo casposo sobre Señores y/o Genios de lo Suyo (cuando no es El instante más oscuro es El discurso del rey o La teoría del todo). El hilo invisible aparenta ser una de estas películas, pero se centra precisamente en la red de labores y dependencias que sostienen al Señor y Genio de lo Suyo, cuestiona la idea de la musa devota e inescrutable, y permite comprender que conceptos que podrían parecer abstractos y universales -el gusto, la alta cultura, el control, la vulnerabilidad- en realidad deben contextualizarse y encarnarse.

Reynolds (Day-Lewis) y Alma (Krieps) / Fuente: YouTube

En el Londres de los años cincuenta, el couturier Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) dirige una prestigiosa casa de alta costura, con su hermana Cyril (Lesley Manville) como segunda al mando. Ambos son solteros; Reynolds va de moza en moza, y Cyril parece absorbida por su papel como guardiana de su hermano y del negocio familiar que comparten. Si bien han construido una vida juntos, es ella quien se adelanta a las quejas y obsesiones de él, y nada altera su hermética rutina. Entonces Reynolds encuentra a Alma (Vicky Krieps), una camarera, que se convierte en la nueva moza. Alma se enreda en la vida de ambos como modelo, musa y asistente, pero lo más difícil es abrirse un lugar en la familia y equilibrar su relación con Reynolds.

En El hilo invisible todo es un placer para los sentidos; los tweeds y las sedas, el desayuno al lado del mar, la majestuosa banda sonora, las escalinatas e incluso las cejas perfectamente esculpidas de las aristócratas. Entre la distracción, los ooohs y aaahs, y el beber té ya no con el meñique fuera, sino con boles de porcelana especiales para lapsang souchong se teje una historia perturbadora sobre la manipulación y el control sobre uno mismo y sobre otros.

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Cyril (Manville) / Fuente: The Cut

A medio camino entre un romance gótico y un thriller psicológico, Reynolds, Alma y Cyril buscan afirmar su dominación mediante el control de las acciones más cotidianas. No hay momentos de nocturnidad y alevosía, ni sustos, ni heridas; lo que está en juego es lo que se come, la forma en la que se habla, dónde se va y cuándo. Las clientas encarnan y dan continuidad a la élite del país, y han elegido a Reynolds para vestirlas: así, le otorgan una influencia casi institucional. Para Cyril y sus empleadas, lo que le va bien a su hermano es ley, pero si bien podría leerse como la clásica ama de llaves siniestra -Mrs. Danvers, Grace Poole- en seguida se ve que acepta ese papel a cambio de un respeto absoluto. La joven Alma, extranjera y de clase trabajadora, no conoce los códigos de comportamiento de esta élite, pero se niega tanto a seguirles la corriente como a renunciar a su amor por Reynolds. Cuando se da cuenta de que su lugar en el engranaje de los Woodcock es superfluo y puede ser sustituida en cualquier momento, decide no dar un paso atrás: no sólo no cederá en sus ideas, sino que se convertirá en una pieza indispensable. Las relaciones entre los personajes, pues, no se entienden si se ignoran el papel de la clase y el género en el período histórico en el que se articulan. Todos los personajes son blancos, y desde luego sería interesante ver cómo cambiaría la red de dependencias e influencias sociales que forma la trama si alguno de ellos fuera una persona racializada.

Como ha señalado Philip Pullman -sí, ese Philip Pullman- igual que en Jane Eyre, en El hilo invisible el todopoderoso personaje masculino debe sufrir un daño físico para establecer una relación romántica en términos de dependencia mutua con la heroína. Alma forma parte de una larga tradición de institutrices, novias jóvenes y parientes pobres que llegan a una familia rica, donde encuentran que tienen que luchar con uñas y dientes o esperar a un giro del destino para que se las tenga en cuenta, desde La bella y la bestia, Mansfield Park, Agnes Grey, Rebecca, La cumbre escarlata o La miniaturista (y no sorprende que la mayoría de obras en esta lista las escribieran mujeres). Sin embargo, si en Jane Eyre Rochester termina dependiendo de la protagonista como consecuencia de un accidente, en el caso de El hilo invisible Alma decide provocar esta dependencia y Reynolds la acepta; su relación no será igualitaria, sino de desigualdad cíclica, como un balancín. Este acto está motivado tanto por el amor romántico más absoluto como por el amor propio, y ambos conviven en relativa armonía.

Un trabajo como cualquier otro / Fuente: AwardsWatch


Imagen principal: YouTube.


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Jana Baró

Jana Baró

Doctoranda en literatura inglesa de entreguerras. Investigando sobre historia, moda, fandom y comunidades lectoras.

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