El bordado feminista: derrocar al patriarcado a golpe de aguja

Bordar está de moda. Y no lo digo yo, sólo hay que tener una cuenta en una red social (sea Instagram, sea Twitter, sea Tumblr) para darse cuenta de cómo, de repente, coger hilo y aguja es guay.

Pero este renacimiento de los pasatiempos laboriosos de nuestras abuelas va mucho más allá de la apreciación estética o el craze pasajero: sí, es guay, pero es mucho más que esto. Las ilustraciones de paisajes o animalillos con los que mi madre me enseñó a bordar cuando era pequeña han dejado paso a auténticas obras de arte de temática feminista, genderqueer y revolucionaria, siempre con un tono de humor reivindicativo. Este regreso del bordado, reimaginado como actividad de resistencia y reivindicación casa pasado y presente, sujeción y subversión, abuelas novecentistas y bisnietas millenials. Pero los nuevos bordados que llenan Pinterest no sólo son indicativos de la revalorización de la estética hiper-femenina en el discurso feminista pop; mirar atrás en el arte del bordado nos abre las puertas a una historia femenina y feminista marcada y oscurecida por una historia del arte marcadamente androcentrista.

Fuente: StyleCaster.

Fuente: StyleCaster.

No hay que ir muy lejos ni mucho atrás para encontrar un currículum escolar donde enseñar a bordar fuera parte de la educación de todas las niñas. Esta práctica, bajo el nombre de labores del hogar, seguía vigente en nuestro país muy entrados los cincuenta. Al fin y al cabo, se preparaba a las mujeres por un destino doméstico donde saber hacer las puntas de las cojineras o decorar pañuelos era, más que estético o artístico, práctico. Las abuelas zurcían, cosían, bordaban y hacían media, y habían aprendido tanto en la escuela como en casa, donde saber usar la aguja era tan útil -casi imprescindible- como saber cocinar. Aun así, este arte nunca ha sido reconocido como tal: es un trabajo artesano, de precisión, tenacidad y persistencia, y es también un acto y un producto artístico, pero su marginialidad se debe de al hecho de ser típicamente asociado a la feminidad y a la esfera doméstica.

En esta línea, el 1984, en llena segunda oleada del Feminismo, Rozsika Parker publicó The Subversive Stitch: Embroidery and the Making of the Feminine (El punto subversivo: bordar y el nacimiento de lo femenino). Parker, psicoterapeuta, historiadora del arte y fundadora de The Feminist Art History Collective, repasa en este libro la separación, a lo largo de la historia, entre el arte de bordar y las artes artesanales, que provocó una marginalización de muchas mujeres artistas, poniendo de relevo el sexismo en el canon y el análisis a la historia del arte.

Anna Seward, poeta inglesa del siglo XVIII, escribe sobre las reuniones de su pueblo donde los hombres se recogían alrededor de las mesas para jugar a cartas mientras las mujeres se acercaban a la ventana o cerca del fuego para bordar. En el siglo XVIII era una actividad común, incluso social, leer mientras se practicaba el bordado. Haciéndose en un ámbito social, el acto de bordar se convierte en la actividad central de una comunidad femenina que no sólo disfruta del placer de crear, sino que colabora con las obras de las mujeres con quienes cose, convirtiendo la actividad individual artesanal en un vínculo creativo entre mujeres.

Además, se borda mientras se lee o se escribe. Esta comunión de intelecto (típicamente masculino) y arte doméstico (típicamente femenino), es para Seward una fuente de orgullo: no sólo cumple con el ideal doméstico sino que lo hace mientras se involucra en la esfera masculina que le está vetada. Esto tiene dos consecuencias, la primera es que queda protegida de críticas contemporáneas porque no renuncia a su esfera, y la segunda es que el bordado, mecánico a la vez que creativo, le da el tiempo y el espacio o bien para reflexionar sobre lo que escribe, o bien para analizar lo que lee.

Fuente: Wikimedia. Dones treballant en puntes de coixí. Giacomo Ceruti, 1720s.

Fuente: Wikimedia. Mujeres trabajando en puntas de almohada. Giacomo Ceruti, 1720s.

Además, bordar no se limita al ámbito artístico para estas mujeres, sino que también tiene una dimensión práctica muy importante, puesto que se hacen su propia ropa, un proceso de elaboración que tiene un impacto directo y favorable en las finanzas familiares además de estar intrínsecamente relacionado con la construcción y representación de la propia identidad femenina. Lo ilustra muy bien Jane Campion a Bright Star, poniendo de relevo los diseños de Fanny Brawne como elemento clave de su identidad, contra el estatus limitador que le ha otorgado la crítica literaria como prometida de John Keats.

El regreso del bordado en un contexto pop feminista donde los memes se encuentran con las teorías de género y la resistencia sociopolítica con la estética de flores en tonos pastel nos habla de una voluntad, consciente o no, de honrar el arte y la creatividad femeninas, apropiando aquello que el androcentrismo ha desechado como frívolo y no relevante a lo largo de la historia, en el seno de un momento histórico muy concreto. Enhebrad la aguja, chicos y chicas, y explorad el arte en todas sus formas y expresiones.

Imagen destacada: Etsy.


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Francesca Blanch Serrat

Francesca Blanch Serrat

Doctoranda en Literatura Inglesa del siglo XVIII con perspectiva de género por la Universidad Autónoma de Barcelona.

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