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Diversidad funcional, infantilización y asexualidad

“Usted se siente excluida del mundo, verdad”

“Sí”, dijo, todavía mirándome

“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como

esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa,

irremisiblemente estúpida”

(La noche de los feos. Mario Benedetti)

La mayoría de personas en algún momento de su vida se ha sentido excluidas del mundo normal. Han deseado transformarse, formar parte del selecto grupo de los bellos. Todos quien más, quien menos, se ha intentado aproximar a los estereotipos de belleza y normalidad para poder sentirse aceptada, partícipe de una sociedad altamente desigual y jerarquizada en la que el aspecto físico, especialmente si eres mujer, es esencial para garantizar el éxito social.

Por un momento imaginad formar parte de un cuerpo que rompe con los criterios de normalidad, ya no sólo de belleza. Un cuerpo que no cumple con el falso mito de autonomía e individualidad personal. Un cuerpo que necesita de otro de forma visible para poder vivir su día a día. Un cuerpo que es visto desde el exterior como un cuerpo enfermo que es necesario ajustar el máximo posible para poder hacerlo encajar aproximadamente al ideal corporal. Un cuerpo que el discurso dominante ha decidido categorizar bajo un porcentaje que, desde unos criterios médicos-rehabilitadores, parten de la idea de que tu cuerpo es anormal. Que es un cuerpo enfermo, un error de la naturaleza que es necesario cambiar, modificar al máximo para adaptarlo a los criterios socialmente construidos como normales. Un porcentaje que marca el grado de discapacidad. Es decir, que cuantifica el grado de inadecuación en la sociedad normativa.

En este sentido, ya desde la misma categoría socialmente se asume que formas parte de un grupo social de segunda, menos capaz que aquellas personas con cuerpos que cumplen la norma. La propia denominación utilizada por el Estado y la mayoría de la población denota en sí misma el estigma que supone no cumplir con los criterios de normalidad corporal. Así pues, ya desde la misma denominación, se parte de una primera mirada desigual que comporta en el imaginario social la idea de menor capacidad. Entendiendo capacidad desde criterios neoliberales, es decir, desde la idea de fuerza de trabajo, así como desde el falso mito de la individualidad e independencia, que entiende que las personas viven de forma autónoma sin necesidad de lazos ni ayudas de los demás. Idea falsa, ya que, en un mundo altamente especializado, es más que nunca necesaria la relación social. Una relación cada vez más esencial por el actual momento de crisis económica.

Esta idea de capacidad conlleva la infantilización de la persona categorizada como discapacitada. El hecho de que este colectivo tenga la necesidad de recibir ayuda en su vida cotidiana comporta que se las equipare con las personas en edad infantil. La idea se ratifica de una forma más intensa debido a que, en el Estado español, las tareas de cuidado han sido asumidas desde los núcleos familiares y no desde el propio Estado mediante políticas públicas propias de un Estado del Bienestar.

Esta situación ha implicado la creación de unas relaciones de dependencia entre las personas adultas con diversidad funcional y los miembros femeninos de la familia. El 81% de las personas con diversidad funcional reciben los cuidados por parte de las mujeres de la familia. Que las propias madres sean quienes los realicen agrava la infantilización, porque implica que las personas con diversidad funcional se vean forzadas a no poderse independizar de los progenitores a pesar de haber alcanzado la edad adulta.

La imagen infantilizada de las persona categorizadas bajo la etiqueta discapacidad, sumada a los criterios de belleza y normalidad, provocan que todo este colectivo sea visto como personas asexuadas. No sólo poco atractivas sexualmente, sino que, directamente, no se entienden como sexuales. Esta idea de asexualidad es un ejemplo más del estigma y la desigualdad social en la que se encuentran las personas de este colectivo. Todo ello ha llevado a la creación de una imagen estereotípica de la persona discapacitada como una persona no adulta y, por lo tanto, sin derecho a decisión sobre su propia vida.

A raíz de esta situación de marginalidad, desde el Foro De Vida Independiente (FDVI) surge el concepto de diversidad funcional, entendido como una categoría que engloba a todas aquellas personas que tienen un funcionamiento corporal diverso que conlleve una desigualdad social. Con este definición se huye de la idea de capacidad y, por otro lado, se incorpora la importancia del aspecto social. Aunque es un concepto que acarrea ciertas dificultades y que continúa siendo debatido, desde mi punto de vista opino que es más aceptable que el concepto discapacidad. Ya no sólo por todo lo que conlleva, sino porque el concepto de diversidad funcional ha sido creado desde una plataforma representativa del propio colectivo afectado.

Por otro lado, este concepto facilita la creación de la figura del asistente personal. Se trata de una política pública mediante la cual desde le Estado se ofrece la asistencia de los cuidados necesaria para poder llevar una vida independiente y, por lo tanto, para que las personas con diversidad funcional que precisen de esta ayuda puedan independizarse del núcleo familiar y organizar su proyecto de vida de forma autónoma.

A pesar de estos avances, el imaginario colectivo sigue firmemente vinculado a la idea médica-rehabilitadora e infantilizante que conlleva la categoría discapacidad. La vinculación de este imaginario con la asexualidad ha dado lugar a una serie de movimientos reivindicativos de la sexualidad de este colectivo. No tan sólo se busca la reivindicación de una sexualidad plena y necesaria como la de cualquier persona, sino que se intenta romper con la imagen infantilizada. Reivindicar la sexualidad es reivindicar el estatus de persona adulta y, por lo tanto, la posición de actor social pleno y maduro. Exactamente igual que todos aquellos que forman parte del mundo de los normales y bellos.

Ilustración: Nora Soler Pastor.

NOTA: Con este artículo, Zena inicia una sección dedicada a la reflexión sobre la sexualidad vista desde la diversidad funcional y la salud mental.

Montserrat

Graduada en antropología, cursa el Máster de estudios de la mujer, género y ciudadanía. Etiquetada como mujer discapacitada en un 57%, empieza medicina, pero la deja en ver la falta de empatía.

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