De buses y cuerpos trans*

Este artículo está escrito por Máxim Díaz, pedagogo especializado en Estudios de género.

La palabra trans* hace referencia a todas aquellas personas que no se sienten cómodas con el género que se les ha sido asignado al nacer.

Hace un par de días que encontramos en la red una fotografía de un autobús naranja con un mensaje contra la diversidad y que incita al odio: "Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva, que no te engañen". El autobús con este mensaje circulaba por Madrid y esta semana se espera(ba) que lo hiciera también por Valencia y Barcelona. Me gustaría desmontar el mensaje que la asociación Hazte Oir difunde, así como las reacciones que ha provocado en Internet, no sólo por la indignación que me provoca como persona trans* y como ciudadano, sino porque es erróneo desde la perspectiva de los estudios de género. Los representantes de la asociación ultra-católica defienden que el mensaje lo único que hace es expresar una verdad biológica, pero lo que no saben es que su argumento “hombre=penes, mujer=vagina”, no es demostrable ni desde la biología.

Sexo/género, ¿naturaleza/cultura?

Vamos a verlo desde diferentes perspectivas clave que fundamentan los estudios de género: el género se construye, mientras que el sexo es concebido como un hecho biológico. El género se crea a partir de un conjunto de significados que diferencian los hombres de las mujeres: activo/pasivo, público/privado, cultura/naturaleza, razonable/emocional, etc. Por otro lado, el sexo se refiere a los cuerpos, producto de la biología. Según Jason Glynos (2000), esta distinción se encuentra en la base del denominado fundacionalismo biológico. Se basa en la idea que el sexo y el género existen de manera independiente, con la cual lo primero funciona como un inhibidor de las posibilidades del segundo. Podemos definir el sistema sexo/género como “el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen necesidades humanas transformadas”(Rubin, 1996: 97). Por lo tanto, podemos decir que el género es la cultura y el sexo la naturaleza.
Pero, según Judith Butler (1999), el cuerpo constituye una superficie sobre la cual el género opera como un acto de inscripción cultural. La autora sugiere que el sexo no constituye la base sobre la cual el género se deposita, el género instituye la diferencia sexual anatómica como hecho natural. Además, Butler plantea que el sexo, entendido como la base natural del género, es el efecto de una concepción que se da dentro de un sistema social ya marcado por la normativa del género, es decir, que la idea del sexo como algo natural se ha configurado dentro de la lógica del binarismo de género. Con esto Butler no quiere decir que el sexo no exista, sino que la idea del sexo como algo natural es un dispositivo a partir del cual el género se ha establecido dentro de la matriz heterosexual que caracteriza a nuestras sociedades.

Tenemos que tener claro un hecho, no existe sexo ni género a priori de unos patrones culturales y sociales. Por lo tanto, no sólo ni todos los niños tienen penes ni todas las niñas vaginas, sino que biológicamente no hay ni niños ni niñas. Anne Fausto-Sterling, profesora de biología y estudios de género de la Universidad de Brown, afirmaba en 1993 que existían más de cinco sexos a parte del masculino y femenino, pero esta afirmación ha ido cambiando a medida que se investiga más en biología.

Si nos basamos en los genitales para definir si somos niños y niñas (hombres/mujeres) las personas intersexuales son el ejemplo biológico de que hay personas que no encajan en las dos categorías binarias por excelencia. El biopoder, entendido como poder que regula y controla la vida, ejercido por instituciones como los hospitales o las escuelas (Foucault, 1976), toma consideración del cuerpo. Articula la unión de la medicina y la biología para producir un registro de la proliferación de los seres humanos. La relación que se establece entre el biopoder y la intersexualidad la vemos claramente en la medicalización, en los discursos médicos, tecnológicos y científicos (O. Muero Abadía, 2006). La exigencia médico-legal de un sexo ha permitido a los médicos poder decidir sobre los cuerpos e imponer unas normas sobre estos. No hay una verdad sobre el sexo, lo que se considera como verdad es el realidad una configuración política. Cuando hay un cuerpo que sale de la norma, la medicina aplica mecanismos para volver a normalizarlo a partir de tratamientos hormonales, de cirugías y de procesos psicológicos que a menudo no tienen en cuenta el deseo del paciente y los obligan a elegir si son hombres o mujeres.

Discursos en medios de comunicación


Muchas de las reacciones que he leído en la red a favor que se retire el autobús están basadas en el típico y peligrosísimo discurso binario que se ha fomentado a la televisión en documentales de TV3 como Tránsito o El sexo sentido de TV1, donde se afirma que las personas trans* nacemos en un cuerpo equivocado que repudiamos, y que necesitamos una terapia hormonal y psicológica/psiquiátrica, a parte de una serie de operaciones, para encajar en unos patrones muy concretos del que es un “hombre” y una “mujer”. Y no sólo a nivel físico, sino también mental y de conducta. Ningún cuerpo es equivocado, y la disforia que muchas personas sienten hacia las características físicas que se consideran del género con el que no se sienten identificados/as es aprendida. No hay ninguna clasificación natural sobre cuáles son las características físicas de los hombres y de las mujeres, estas clasificación es una creación cultural (Sabsay, 2009). Nuestros cuerpos no están equivocados; el discurso heteronormativo y patriarcal que rige la medicina y la sociedad, sí.
La lucha por los derechos de las personas trans* y de las intersex tiene que ser por encima de todo una lucha feminista, porque el feminismo en sí está en contra de las presiones de género y a favor por el derecho al propio cuerpo. La intención es ir más allá de las categorías de hombre y mujer tradicionales y comprender que actualmente las identidades se han vuelto más complejas debido a la opresión, y que las experiencias actuales de muchas personas van más allá de este binomio. Es muy importante que la ciudadanía apoye a las personas trans*, pero no desde el sistema binario que nos presiona y enferma.
La asociación ultracatólica que ha difundido este mensaje como respuesta a la campaña que hizo Chrysalis, que fue censurada en Facebook por aparecer genitales dibujados en ella, está dirigida por un pariente de Rodrigo Rato (ex viceprecidente de España y ex ministro de economía), y mueve 2,6 millones de euros anuales (datos extraídos de Público). La iglesia católica mantiene unos privilegios que fueron negociados en la Transición, y todos los contribuyentes sostienen con sus impuestos a esta entidad que a estas alturas todavía influencia el gobierno en aspectos como la educación, el concepto de familia tradicional o la limitación de los derechos civiles.
El 2014 entró en vigor la Ley contra la LGTBIfobia, para proteger las personas del colectivo ante ataques de personas fóbicas. Este autobús es un delito, no sólo para hacer apología del odio, sino porque se salta la ley mencionada. Los ayuntamientos han sido estudiando cómo evitar que el autobús circule, y el ayuntamiento de Barcelona ha amenazado que si este llega a la ciudad será multado con 3.000€. Teniendo en cuenta las cifras enmendadas de las que dispone el grupo, y comparándola con la condena de tres años de prisión que ha recibido un rapero por escribir una canción contra la corona, quizás se hubiera tenido que comprar un autobús, y esto que él no ha difundido ninguna campaña transfóbica y que vulnera los derechos de los niños.
En diciembre del 2015, Alan, un chico trans* de 17 años, se suicidó debido al acoso que recibía al instituto en motivo de su identidad de género. Estudios recientes han demostrado que el 41% de las personas trans* han tenido algún intento de suicidio. En cambio, a las personas trans* que desde pequeños han recibido apoyo, sus indicadores de calidad de vida y felicidad son similares a los del resto de la población. Por lo tanto, es crucial el reconocimiento de su realidad por parte de la ciudadanía.
La parte positiva del lío que ha causado el mensaje que difunde el autobús es que la temática trans vuelve a estar a la orden del día. Como pedagogo espero que se aproveche la ocasión desde las escuelas y diferentes instituciones educativas para tratar el tema en las aulas y explicar que sí, que efectivamente hay personas con todo tipos de genitales y que estos no condicionan si son niños, niñas o ninguno de los dos, y sobre todo que no se crean el mensaje, porque aparte de ser erróneo, es muy perjudicial para un gran número de personas, muchas de ellas menores, que necesitan sentirse acompañadas, tienen el derecho de estarlo porque forman parte de la gran diversidad humana, que por mucho que se empecinen no pueden reducirla a simples categorías con unas bases tan débiles que se desmontan día detrás día. Y así se seguirá haciendo.

 

Imagen de portada: el autobús de Hazte Oir. Fuente: ‘La Marea’.

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