Cultura tróspida|Festival de la Canción de Eurovisión

Tras la Segunda Guerra Mundial, los ánimos estaban, por así decirlo, pochos.

En Alemania, a sabiendas de que la habían liado un poco parda, Ludwig Erhard plantó un plan de recuperación que llevó a lo que se conoce como el Milagro Alemán. La economía de Japón, con el Toyotismo, empezó a subir como la espuma. En Francia se firmaba el Tratado de París. Y en Italia se instauró el Festival de Sanremo.

En el Festival de Sanremo, inaugurado en 1951 en un casino de la ciudad, cantantes italianos competían con canciones inéditas por los votos del jurado y el público. Marcel Bezençon, un visionario, se sentó con el comité de la Unión Europea de Radiotelevisión y presentó su ideaca: un Festival de Sanremo a nivel continental, que le diera vidilla a la Europa de la posguerra y, ya de paso, ampliara el imperio de telecomunicaciones del propio Bezençon. Intereses a parte, la UER iba a tope con la ideaca y en mayo de 1956 celebró el primer Gran Prix de Eurovisión, en el que sólo participaron siete países y ganó el anfitrión mismo, Suiza. Como no podía ser de otra manera, desde el día uno ha habido movidas mafiosas con las votaciones: cada país enviaba dos miembros del jurado, pero los de Luxemburgo no llegaron a tiempo, así que Suiza votó dos veces. Y cada país podía votarse a sí mismo. Y Suiza ganó.

La historia de Eurovisión es una de dramas, purpurina, tongos y pianos giratorios. Mucho ha llovido desde esa primera edición, y mucho más tróspido se ha vuelto todo año tras año. Eurovisión es el hijo feo y vago de Europa, el que tiene cuarenta años y sigue sin independizarse y arrasando la nevera cada año. No como la Champions League, que es el orgullo continental. Pero está feo echar a tu propio hijo de casa, así que sigues dándole de comer, aunque sea un tupper de macarrones con mayonesa y patatas fritas.

En esta metáfora, el tupper es Baila el Chiki Chiki, pero no adelantemos acontecimientos, porque Eurovisión ha sido tróspida desde sus inicios, y sobretodo injusta: en 1958 Italia participó con Nel blu dipinto di blu, el temazo más conocido como Volare, pero no ganó (posiblemente porque actuó la primera y el becario aún no había conectado todos los cables, así que no todos los países la escucharon).

Por entonces Europa aún se tomaba en serio el festival y los países lo daban todo por ganar: España envió a Raphael, no una vez sino dos: con Yo soy aquél (1966) y Hablemos de amor (1967). El hecho de que Raphael, con flequillo emo, no ganara ninguna de las dos veces, debía haber servido como profecía de que no merecía la pena esforzarse. Aún así, una de cal y una de arena: España ganaría tanto 1968 como 1969, no con poco drama.

En 1968, año de revoluciones y vestidos de flores, Massiel le arrebató a Joan Manuel Serrat el La, la, la cuando él se plantó si no le dejaban cantarla en catalán (no os perdáis el videoclip en el parking del Pryka). El tema, compuesto por el Dúo Dinámico, superó en votos al Congratulations de Cliff Richard, para sorpresa e indignación de todo el continente, que aún le guarda rencor a Massiel. La polémica sigue viva, con Reino Unido acusando a Franco de comprar votos, pero como todos sabemos (guiño, guiño, codazo, codazo) es todo envidia. Franco nunca haría algo así para lavar la imagen del régimen. La cuestión es que le tocó a RTVE organizar el festival en 1969, y el drama se colaba por cada poro: Austria se negó a participar si lo organizaba un régimen fascista, otros países aceptaron ir a cambio de la liberación de presos políticos, y había que quedar bien con mucha gente, así que se decidió que no iba a haber un ganador, sino cuatro. Fue el año de Vivo cantando de Salomé y su vestido digno de Coachella, que empató a puntos con Reino Unido (Lulu, la verdadera ganadora, es como una muñeca de porcelana terrorífica), Países Bajos y Francia. Las cuatro ganadoras podrían ser una misma mujer con diferentes pelucas, como también Karina, que en 1971 representó a España con En un mundo nuevo, tema digno de canción Disney y outfit digno del búnker de Kimmy Schmidt.

Hay un motivo por el que nadie recuerda que Olivia Newton-John pasó por Eurovisión en camisón en 1974, y es que fue el año en que ABBA saltó a la fama mundial con Waterloo. Sinceramente, vale la pena ver el programa entero sólo por la estética de cada una de las actuaciones (ABBA no eran ni de lejos los más horteras -mirad Yugoslavia). El año 2016, en el 50 aniversario del concurso, se eligió Waterloo como la mejor canción de Eurovisión. No me extraña: el director de orquestra vestido de Napoleón merece el premio por sí mismo.

ABBA rompió la tónica reprimida de bailes pequeñitos de Eurovisión, como demuestra la coreografia de Finlandia 1976. Quiero ser tan feliz como ellos: el pianista intensito, el cachete con cachete, los pantalones plateados, la purpurina, el baile 100% extra del final… Se empezaba a formar la esencia eurovisiva que conocemos hoy en día. Entonces llegó el fenómeno A-Ba-Ni-Bi (voy a obviar el drama que supuso que en 1978 ganara Israel, porque es poco tróspido y muy complejo), que debería estudiarse en profundidad para ver cómo El Chaval de la Peca consiguió en tan poco tiempo meternos el Abanibí en el cerebro para siempre.

Volviendo a lo puramente tróspido: ¿qué pasó en Alemania en 1979? ¿Acababa de llegar Boney M? ¿Es un homenaje raruno a Rasputín? Dschinghis Khan no ganó, pero abrió la peligrosa senda tróspida que iluminaría los festivales del futuro. Es el caso del de 1988, que iba a tope con los neones a lo Tron y las hombreras, al que España presentó La chica que yo quiero (Made in Spain) de La Década Prodigiosa, una maravilla visual y auditiva:

Lo más destacable de 1989 es que España envió a Nina con la canción menos memorable de la historia, pero el peinado más potente de la edición. Al año siguiente fueron Azúcar Moreno con minifaldas y el mítico baile de los codos, cuando les falló la música y tuvieron que irse del escenario nada más empezar y volver a salir. Impactante. Es difícil decir si Eurovisión durante los años noventa fue normal, o es que la década en general fue tan tróspida que no se podían superar los límites de lo hortera. Mirad 1991, es un temazo tras otro (no me extraña que no ganara Sergio Dalma, con tan extrema competencia):

Antes de pasar al verdadero arte tróspido de 2000 en adelante, repaso de actuaciones imprescindibles de los noventa: las señoras del baile de Carlton de Islandia 1992, el Hombres de España 1993 (“todos los hombres son tan egoístas, que han confundido macho con machista”, con tremenda coreografía de los bailarines), el look de Rusia 1994, lo muerta por dentro que estaba la polaca de 1995 pese a bailar arrítmicamente durante toda la canción y reventar tímpanos con los agudos, la sexta Spice Girl de Reino Unido 1996, los Backstreet Boys húngaros de 1997, el pirata con pantalones de terciopelo que volvió loco al público en Alemania 1998, o el momento en que la encargada de entregar el premio en 1999 se cayó y causó pánico entre los cuerpos de seguridad.

Como he avisado, los 2000 fueron una época intensa. Alemania, que ya había apuntado maneras, presentó algo indescriptible: cowboys disco rapeando, cámaras giratorias, un coro digno de las Spice Girls, zapatos con plataforma y, en definitiva, interés cero por ganar. Todo lo contrario que España en 2002, cuando envió a la cosecha de triunfitos de la primera edición de Operación Triunfo con Europe’s Living a Celebration. Ahora da bastante vergüenza ajena, pero nadie puede negar que fue el último gran fenómeno eurovisivo español: la letra en spanglish, la coreografía, la combinación de camisas rojas y ropa de cuero, y el hecho de que los integrantes del coro ahora tienen carreras mínimamente respetables (menos la del medio, ¿quién es la del medio y qué hace ahí?).

El fracaso de Rosa demostró que se había pasado de moda el esfuerzo, y lo que en realidad quería el público era materia tróspida, como la propuesta de Austria en 2003: Alf Poier. A ver cómo le explicamos eso a generaciones futuras. Fue el mismo año en que Rusia envió a las t.A.T.u., el fenómeno de “pop lésbico” que merece estudio a parte. Estaba claro que algo estaba cambiando en Eurovisión cuando Lordi ganaron en 2006 con el mítico Hard Rock Hallelujah. Gracias, Finlandia.

Sí, Hard Rock Hallelujah es un temazo, y no entra en la categoría tróspida como tal. Pero tranquilos, que ahí estaba Ucrania para compensar con Dancing Lasha Tumbai, que tiene absolutamente todo lo necesario para convertirse en un hit tróspido: ropa brillante, coreografía legendaria, acordeones, gafas de sol en interior, subversión de las normas de género. Se dice, se comenta, que fue una performance política contra Rusia (“lasha tumbai” suena sospechosamente como “Russia goodbye”), y el cantante fue acusado de “vergüenza nacional” y, más inquietante aún, “hermafrodita”. No contento con pasar a la historia de Eurovisión tróspida, en 2016 reapareció por el programa para anunciar el reparto de puntos de Ucrania.

2008 fue año para el recuerdo: Letonia se tomó demasiado en serio la fama de Piratas del Caribe y de la peor manera, Bosnia y Herzegovina tenía cuatro mujeres en vestidos de boda tejiendo, Georgia aún no ha dado explicaciones de su performance con danza contemporánea, gafas de sol noventeras, fuego y cambios de vestuario, Francia le puso barbas a todos y todas las integrantes del coro y entró al escenario con un carrito de golf, Azerbaiyán lo intentó con ángeles y góticos gritando muy agudo en una performance digna del Cirque du Soleil, Rusia plantó un violinista y a un tío patinando sobre hielo en el escenario, e Irlanda directamente envió a un pavo DJ. Por si todo esto no fuera suficientemente abrumador, 2008 fue el año del Chiki Chiki. Definitivamente, es la edición que debería ver alguien para entender por qué Eurovisión se ha convertido en una obra de culto de los amantes de lo tróspido:

Podríamos decir que después de 2008 lo tróspido murió de éxito. Es cierto que cada año algún país alegra la velada con actuaciones que se convierten en memes instantáneamente, como los gnomos punk de Moldavia en 2011, las abuelitas rusas cociendo galletas sobre el escenario en 2012 o el vampiro rumano con angustia existencial de 2013. Quizás lo tróspido se está redefiniendo, destilándose como simplemente polémico, como muestra el caso de Conchita Wurst en 2014. Sea como fuere, Eurovisión nos ha dado mucho material para el recuerdo, y también para la confusión de futuros historiadores que intenten significar todo este despropósito. Con perdón para los eurofans que defienden el espíritu puro del festival, espero que como todo en la vida la trospidez sea cíclica y vuelva pronto a Eurovisión.

Agradecimiento necesario a  Jana y sus oscuros conocimientos de historia eurovisiva. 

Imagen principal: Escxtra.com

Irina Cruz

Irina Cruz

Comunicadora audiovisual, doctoranda en cine contemporáneo con visión de género.

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