Cine tróspido|'El fantasma de la ópera' (2004)

Empecemos con una pequeña advertencia: El Fantasma de la Ópera (2004) no es exactamente tróspida, ya que es demasiado correcta formalmente.

Sin embargo, los efectos que produce en el espectador -un festín para los sentidos, un cuestionamiento de la realidad del tipo “¿qué ven mis ojos?”- y los detalles como las máquinas de humo y la presencia de un “lote 666” pertenecen a lo mejorcito del género. De hecho, el director es Joel Schumacher, que ya nos deleitó con Batman y Robin hace un par de décadas.

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DUUUUUUN DUN DUN DUN DUN DUUUUUUUN

Pongámonos en situación. La película El Fantasma de la Ópera está basada en el musical de 1986 de Andrew Lloyd Webber (Jesucristo Superstar, Evita, Cats), que produjo la película. A su vez, el musical está basado en la novela de 1910 del mismo nombre de Gaston Leroux, que inspiró muchas otras adaptaciones. Además de este sedimento textual, también es producto de su contexto; el principio de milenio fue una época de épicas grandilocuentes de más o menos calidad, desde la trilogía de El Señor de los Anillos a las precuelas de Star Wars, pasando por películas históricas como Troya o Alejandro Magno, y del renacer del cine musical con éxitos como Moulin Rouge! o Chicago.

El Fantasma de la Ópera tuvo presupuesto y grandilocuencia para dar y vender, y lo demuestra a cada plano. Por si fuera poco, lo envolvió en el terciopelo, el humo y el drama del género gótico -pero en más de dos horas de película, los momentos más tensos son aquellos en los que aparece un mono tocando los platillos, dando la impresión de que seguirá tocando cuando todos hayamos muerto.

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El verdadero villano.

En el año 1870, la Opéra Populaire está preparando una gran producción, pero la diva Carlotta (Minnie Driver, abriendo camino a Sharpay Evans) se niega a actuar, ya que se siente maltratada; los empleados del teatro, y especialmente Madame Giry (Miranda Richardson) insisten en que todo es cosa del Fantasma. Por suerte, Christine Daaé, una jovencita de ojos como platos y pelo, vestuario y cintura de princesa Disney (Emmy Rossum), puede sustituirla, ya que es la alumna de un excelente pero misterioso profesor. La actuación de Christine es un gran éxito y la lleva a reencontrarse con su amor de infancia, Raoul de Chagny (Patrick Wilson). No obstante, también llama la atención de su maestro -el Fantasma (Gerald Butler), que decide felicitarla y, ya que está, llevársela a su hogar bajo el teatro.

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El Fantasma es el verdadero epicentro tróspido del musical. Ocultando algo tras su media máscara, el hombre vive por las aesthetics (™); se nos dice que es arquitecto además de compositor, y efectivamente su kely incluye pasillos iluminados por brazos, una góndola tétrica, velas que salen del agua y se encienden solas, y, por supuesto, el mono tocando los platillos. Para ahorrarse un trecho de camino y para demostrar lo Extra (™) que es tiene a mano un caballo. Todo el montaje es logística y metereológicamente improbable, y en ningún momento se explica cómo funciona (¿quién cuida al caballo? ¿quién trae velas? ¿de dónde saca las naranjas para que no le dé escorbuto? ¿y las rosas?); aunque cabe suponer que Madame Giry le ayuda, imaginar que el Fantasma tiene un huertecillo urbano es mucho mejor.

Por una vez, la actriz protagonista tiene la misma edad que su personaje -dieciocho años- y la obsesión del Fantasma por ella resulta tan perturbadora como debería ser. Mientras Christine está convencida de que el Fantasma es un ángel de la música enviado por su padre, el Fantasma se pone en el lugar del genio torturado que sólo quiere que le amen. Así, la historia comparte elementos tanto con La Bella y la Bestia como con Nuestra Señora de París -y también, hasta cierto punto, con el tropo del maestro obsesionado por su alumna que terminará por traicionarlo, una narrativa que ya encontramos en la materia artúrica. El romance -por así decirlo- del Fantasma por Christine se presenta como inquietante y opresivo, algo que convenientemente se olvidó en la secuela del musical, Love Never Dies.

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Cuando haces un maniquí que se parece a bae.

Las cosas empiezan a torcerse (más) cuando Christine desenmascara al Fantasma, lo que lleva a la HORRIBLE REVELACIÓN de un rostro… algo quemado. Vale, sí, Gerald Butler es guapo y es una lástima desfigurarle, pero el resultado es uno de los mayores anti-clímax del siglo XXI. Para ayudar, Butler no llega al nivel vocal que su papel requiere -y tampoco se molesta en actuar demasiado.

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Cuando bae no quiere ser tu maniquí.

Lo que sigue es más brillo, más muertes, más canciones, más drama y más vestidos bonitos; igual que la música es excelente pero las letras dejan que desear, El Fantasma de la Ópera demuestra un excelente sentido del espectáculo con un guión que no está a la altura, especialmente en los diálogos medio cantados que riman como por obligación. Las referencias metatextuales son al teatro y a la ópera, y los momentos de pastiche escénico son los más ingeniosos; sin embargo, no tienen el mismo efecto en una adaptación cinematográfica. Tal vez un mockumentary habría sido mejor.

Es difícil encontrar por dónde interpretar esta película, ya que el montaje es demasiado profesional y entusiasta como para verla irónicamente, y a la vez es demasiado hueco emocionalmente para sentir alguna conexión real con los personajes. Odiar El Fantasma de la Ópera es muy de hace quince años, así que proponemos algo más sencillo: disfrutar del viaje.

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Imagen principal: Warner Bros. / Imágenes: El Fantasma de la Ópera (Warner Bros).


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Jana Baró

Jana Baró

Doctoranda en literatura inglesa de entreguerras. Investigando sobre historia, moda, fandom y comunidades lectoras.

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